Uno de los argumentos más pesados de los fans a ultranza de la Inteligencia Artificial es que en unos años podrá hacer realidad tus mayores sueños: te convertirás en Luke Skywalker, creará secuelas sin parar de Vengadores, tendrás tu final de serie personalizado, exclusivo, solo para ti, adaptado a los parámetros que más disfrutas. ¿Quieres que en Juego de Tronos aparezcan Phineas y Ferb y que tú les ayudes a coronarse? Por supuesto que sí. Podrás ver todo eso y más marcando un prompt. Y ni siquiera voy a negar que sea posible, porque al fin y al cabo el mundo ha adoptado la IA generativa, con todos sus errores, su purria y su blandiblú, con un fuerte abrazo que viene a decir “Gracias, por fin podremos no pagar a esos molestos creativos”. Pero, ¿es eso lo que realmente queremos? ¿De verdad?
Una IA para gobernarlos a todos
Lo audiovisual, y más desde los tiempos del streaming, es una actividad individual que se vuelve colectiva al hablar de ella. No vemos series solo para disfrutar nosotros, sino para discutir a la hora del café y recomendar a nuestros amigos. Lo mismo pasa con las películas: gozar con ellas (o no) es solo una pequeña parte del proceso, pero normalmente no se queda ahí. Después llega el momento de dar tu opinión en plataformas como Letterboxd y redes sociales, ver lo que han pensado otros, modificar tu punto de vista, evolucionar como espectador.
¿Nunca has hablado sobre una película que no te gustaba y has acabado apreciando por qué otra gente la valora positivamente tras una conversación o leer críticas en Internet? Forma parte de nuestro entrenamiento audiovisual que ayuda a que construyamos una opinión propia, que puede variar según tu experiencia y gustos. Nuestro criterio crece y evoluciona porque forma parte de una experiencia compartida, porque puedes leer lo que otros opinan de lo que acabas de ver, porque puedes modificar tu opinión en base a otras.

Por eso no termino de comprender -ni comprenderé jamás- la emoción de algunos por tener una experiencia absolutamente personalizada, más allá del gimmick, de la atracción de feria, de la mera curiosidad. ¿Mejoraría el final de Perdidos si fueras tú el guionista? ¿Disfrutarías -de verdad- si no hubiera lugar para la sorpresa porque todo está ajustado a tus intereses? Y sobre todo, ¿de verdad quieres ver algo que después no puedes comentar con nadie porque te pertenece tan solo a ti? No lo creo.
La fábrica de churros
La función principal de la IA es agradarte siempre. Literalmente, tienes razón de manera constante, incluso aunque eso suponga mentirte o darte datos erróneos. Por supuesto que no se va a atrever a decir que esa idea fantástica que has tenido no tiene sentido o que la progresión dramática se rompería por completo: en un mundo donde nos han acostumbrado, cada vez más, a series y películas donde se repite una y otra vez el argumento para que la gente que mira el móvil no se sienta excluida, es probable que un guion escrito en el momento por la IA pudiera satisfacer a un porcentaje de la población.

Pero, al final, este tipo de ideas forman parte tan solo del circo, de la atracción de feria, de compartir en redes sociales “lo que te ha salido”. Si ya estamos agobiados con las miles de series y películas que salen cada año y que nos interesan, ¿de verdad vamos a gastar tiempo en una experiencia individualizada de la que después no podemos hablar con nadie porque ni nos van a entender, ni les va a interesar? Imagina por un momento que el final de Perdidos fuera distinto y modificado para cada persona: no habría habido polémica ni se seguiría hablando de él 15 años después.
Demonios, ni siquiera hubiéramos tenido perdidos, centrados en nuestro propio ombliguismo individual, en el que nadie nos reta, nadie nos mira a los ojos y nos pone un espejo delante, solo viven para complacernos. El arte debe enfrentarte contigo mismo, con tus propios miedos, con personajes grises, con cosas que nunca creerías que fueras a disfrutar. Y para eso necesita la mano humana, no la de una máquina que, en el mejor de los casos, puede hacer una historia básica coherente. Si tu sueño es que Spider-man se quite la máscara y salir tú en la película, lo que quieres no es ver una película, sino el típico vídeo navideño que le mandabas a tu familia en el proto-Internet en el que unos elfos bailaban y tenían tu cara.
Si normalizamos que la IA se ocupe de nuestro ocio, han ganado. Si deseamos que así sea, hemos perdido. En el fondo, es así de básico. Es así de triste.

