El 19 de abril de 1930, los cines norteamericanos conocieron por primera vez a Bosko, un joven personaje (y un estereotipo racista, todo sea dicho) con el que Warner, una de las grandes majors, quería lanzarse al lucrativo negocio de los cortos de animación que tan bien le estaba funcionando a Walt Disney. Para el nombre eligieron hacer una parodia y homenaje al magnate, cambiando sus “Silly Symphonies” por “Looney Tunes”. Nadie imaginaba que unos años después Bosko estaría totalmente olvidado y su lugar lo habrían tomado Bugs Bunny, el Pato Lucas, Porky y decenas de secundarios que formaron la infancia cómica de varias generaciones entre topetazos, golpes, slapstick y mucho, muchísimo dolor.
¡Eso es to-eso es to-eso es todo, amigos!
Los cortos de los Looney Tunes ganaron cinco Óscar, fueron más famosos que el mismísimo Mickey Mouse y mostraron que, más allá de las ñoñadas fabulosamente animadas de Disney había todo un mundo. Primero en cine y después en televisión, millones y millones de niños se criaron entre el Coyote cayendo por un barranco, Lucas siendo disparado por Elmer y, por qué no, Michael Jordan aprendiendo también a ser un Looney en la inmortal -aunque no por ello buena- Space Jam. El problema es que parece que el grifo se ha secado de golpe.
En 2025, Bugs Bunny y compañía siguen siendo iconos, pero eso es todo. Su iconicidad es lo único que queda en un mundo que les ha dado la espalda por culpa de un puñado de malas decisiones tomadas en despachos que no han sabido mantener su rutilante estrella en la cultura pop. Alguien en Warner creyó que era una idea fabulosa hacer una segunda parte de Space Jam mezclando todas sus IPs e ignorando la diversión que hizo famosa a la primera parte, y, como castigo por sus malas cifras, condenó al olvido la ya tristemente célebre Coyote vs ACME (que finalmente se estrenará en cines, ya veremos con qué repercusión).
Para añadir más ignominia, Max -futura HBO Max… otra vez- ha decidido quitar sin previo aviso de su plataforma varios cortos del grupo, utilizando la excusa de que a nadie le interesa la animación. En Estados Unidos, claro, ¡en España ni siquiera llegaron a subirlos! Dicho de otra manera: quieren que los Looney Tunes pasen a la niebla de la nostalgia a base de golpes, a ignorarlos para quitarles su puesto en la cultura popular, a olvidarse de su existencia para sustituirles por monigotes a su elección. Molestan, porque su humor se basa simplemente en un tempo perfectamente cuidado y basado en golpes casi sincrónicos, demostrando que la violencia animada, digan lo que digan los psicólogos y educadores, es divertidísima. Y en nuestra mano está cuidarles.
El día que lo Looney explotó
Lo peor es que el público, cada vez más pendiente del FOMO y haciendo caso al márketing, ha ignorado cada intento de traerles a la vida de nuevo. En un mundo cinematográfico controlado por banqueros y economistas, si El día que la tierra explotó, la película protagonizada por Lucas y Porky, hubiera sido un exitazo, en 2026 estaríamos inundados de Looney Tunes, hasta cansarnos. Sin embargo, fue un pequeño fracaso. No lo suficiente como para enterrar la franquicia para siempre, pero sí para justificar de alguna manera los actos de Zaslav, el CEO de Warner, contra la animación.
Y sin embargo, si preguntas a cualquier persona por encima de 30 años te dirá que adora a los Looney Tunes. Los vimos en televisión durante años, cuando las televisiones los utilizaban para rellenar hueco, y los aprendimos a amar después, con obras maestras como What’s Opera, Doc?, Duck Amuck o cualquiera de los infalibles cortos del Correcaminos. Siempre imaginativos, siempre hilarantes, siempre con una imaginación visual que podría mover montañas. Sin embargo, con el paso al streaming, la tradición de ver cortos de los Looney se fue perdiendo hasta convertirse en “una cosa de viejos”.
Pero no importa que hayan pasado 70 años: cualquiera puede ver que siguen siendo inmortales. Porque los golpes, las palizas, los disparos y las caídas perfectamente coreografiados hacen gracia a cualquier edad, y en nuestra mano está enseñárselo a las nuevas generaciones. Que entre Skidibi Toilets y las horas de nada que llenan los streamers también puede haber un hueco para los Looney Tunes. Que lo bueno no conoce de generaciones ni de edades. Que la base del noventa por ciento del humor actual está ahí. Que, si alguien merece la salvación de la infalible máquina de destrucción del streaming, esos son Bugs Bunny y el Pato Lucas. En nuestra mano está que no acaben como una curiosidad de tiempos pasados. Por favor.