Es innegable el excelente trabajo que han hecho en Wizards of the Coast con los nuevos manuales de Dungeons & Dragons. Más accesibles, más bonitos y cuidados, tienen poco de lo que quejarse. Quizás puedan gustar más algunas clases más antes, pero salvo eso, hay pocos motivos de queja. Salvo quizás el tener que cambiar de libros. Y si exceptuamos eso, es innegable que la labor que están haciendo es tan interesante como para plantearse pasar por caja. Algo en lo que el Manual de Monstruos no es la excepción.
Cuando nos lo presentaron, nos prometieron un libro que iba a ser dos cosas: gargantuesco y mucho más usable de lo que lo ha sido en años. Algo que necesitaba. Porque con todas las bondades que pueda tener, no recordamos un Manual de Monstruos realmente usable de Dungeons & Dragons, quizás, desde 3.5E. Algo que sin duda han conseguido con nota.
Muchas más criaturas, además, mucho mejor integradas
Donde más se nota el cambio es en la pura cantidad. Ahora hay 85 criaturas nuevas, algunas de ellas muy singulares, poniendo énfasis en hacer más viables los encuentros de más alto nivel. Ya sean dragones con ahora aún más recursos para amenazar a nuestros jugadores, orbes de aniquilación dispuestos a demostrar que incluso los dioses pueden morir o clanes enteros de brujas y vampiros, las amenazas ahora pueden crecer tanto como nuestra imaginación. Un problema que el juego ha tenido, al menos, desde su tercera edición.
También han puesto un gran énfasis en que haya más variaciones de las criaturas que ya conocemos. Más vampiros, zombis o espíritus quizás no suene particularmente interesante sobre el papel, pero tener más variedad permite precisamente concebir diferentes ideas. Y el hecho de que ahora tengan líderes, sirvientes y que a veces estén asociados a lugares o estructuras concretas, hacen que sean mucho más amenazadoras. Además de facilitar el hecho de contar historias mucho más profundas e interesantes.
Porque lo mejor de este libro es cómo se encarga de hacer que cada criatura esté muy bien integrada en el mundo. No sólo en el ambiente, en los lugares donde vive o puede vivir, sino en la cultura y en las historias que se pueden contar a través de ellos. Dando un peso particular a lo narrativo.
Mejor organizado, perfecto para narrar
Aunque no ocurre con todas las criaturas, las variaciones de algunas de las criaturas permite personalizar estos encuentros e integrarlos de forma más natural en nuestras aventuras. También ofreciéndonos ideas y posibilidades diferentes. Ahora, también, hay más monstruos que tienen condiciones específicas, como existir en lugares o circunstancias muy concretas, lo cual favorece pensar en maneras de integrarlos en las aventuras de nuestros personajes. Dándonos posibilidades de cómo jugar nuestras campañas.
Pero como en todos estos nuevos libros básicos, lo mejor de todo es lo bien organizado que está. Lo buenas que son las nuevas tablas de referencia. Lo fácil que es seguir las listas de referencia para encontrar el monstruo que queremos, o que no queremos saber, en el calor de la partida o cuando simplemente tenemos algo germinando en la cabeza, pero aún no lo tenemos claro. Es ahí donde el Manual de Monstruos brilla con luz propia, demostrando que este cambio era necesario: cuando buscar un monstruo en particular ya no es un dolor de muelas.
El mismo libro, pero mejor
Incluso si la organización básica sigue siendo la misma. Todos los monstruos están divididos por orden alfabético, sin ninguna clase más de cambio al respecto. Pero las tablas de referencia, los índices y su propia organización está tan bien pensado que es fácil encontrarlo todo, prácticamente al instante, da igual que no estemos buscando un monstruo en concreto. Algo que ocurre más a menudo de lo que parece.
Esto hace que el Manual de Monstruos sea el libro menos espectacular de la nueva triada de libros básicos, pero no por eso menos interesante. Es excelente en su presentación, introduce muchas nuevas criaturas y además, hace viable encuentros que hasta ahora no lo eran. Básicamente, han tocado todas las teclas que necesitaban tocar: no intentar reinventar la rueda, sino pulir lo que no estaba roto. Y nosotros lo celebramos.