Los fans de Dragon’s Dogma 2 quieren una cosa y una sola cosa: romancear a sus peones

Los jugadores de RPGs quieren la máxima libertad posible, y Dragon’s Dogma 2 ha establecido un límite que no gusta: romancear sus Peones.

Si algo no hace bien el videojuego son los romances. Para la mayoría de videojuegos, el amor es una especie de trámite comercial. Si pasamos suficiente tiempo con alguien, le damos regalos y hacemos cosas por ellos, se acabará enamorando de nosotros. Algo que no sólo no es como funciona el romance, sino que además resulta una visión un tanto problemática del mismo. Algo que no mejora el hecho de que rara vez nos permiten elegir a quien queremos romancear de verdad.

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A pesar de sus muchísimas virtudes, uno de los defectos de Dragon’s Dogma 2 es que no hace mejor que la mayoría de videojuegos el romance. Para conseguir enamorar a los personajes, tendremos que hablar con ellos, darles regalos y no hablar con otros personajes, creando una forma muy artificial de relacionarnos con ellos. Algo especialmente sangrante cuando además, los romances disponibles están muy limitados. Tanto, que es imposible entrar en una relación amorosa con los personajes con los que más tiempo pasaremos: nuestros Peones.

Esto ha sido una queja constante por parte de los jugadores, tanto que se han unido en Reddit para mostrarse solidaridad mutua. Ya que nos hacen crear un personaje al principio que nos acompañará a lo largo de toda la aventura, que además no es el personaje que controlamos, sería lógico que pudiéramos romancearlo. Algo que en Capcom parecen no haber tenido en cuenta. Excepto porque todo apunta a que sí lo hicieron.

Cuando por fin tenemos una casa, el único Peón que entra en nuestra casa cuando vamos a dormir es el principal. Si tu afinidad con ese Peón es lo suficientemente alta, empezará a sonrojarse cuando hablas con él, ella o elle, exactamente igual que ocurre con los personajes romanceables del juego. Y en los acertijos de la Esfinge, uno de ellos requiere que le presentemos a la persona que más queremos, dándonos la posibilidad de elegir a nuestro Peón principal. Algo que da a entender que la posibilidad de romancearlo estuvo en algún momento ahí, pero decidieron cambiarlo por algún motivo.

Es por eso que ahora muchos jugadores piden que hagan posible lo que, de todos modos, parece que desecharon en el pasado. Que podamos tener un romance con el personaje, que de hecho, hemos creado para ser nuestro fiel compañero a lo largo de toda la aventura. Algo que no sólo no estaría fuera de lugar en Dragon’s Dogma 2, sino que sería tremendamente apropiado tanto por cómo es el juego, como por su narrativa. Por eso, Capcom, si nos escuchas, haz caso a la buena gente de Reddit. Permíteles tener un bonito romance con esos personajes que tantas veces les han salvado la vida y sin los cuales nunca hubieran logrado completar el juego.

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Aquella época en la que había más cómics de amor y romance que de superhéroes

Joe Simon y Jack Kirby (creadores siete años antes del Capitán América) se pusieron a hacer algo muy distinto a lo que tenían acostumbrado: un cómic de amor titulado ‘Young Romance’

Todo son superhéroes hoy en día. Sí, no solo en el cine, también en las estanterías de las tiendas de cómics, desde Superman hasta Spiderman pasando por Gwenpool, el Escuadrón Suicida y hasta las Tortugas Ninja. Sin embargo, hubo un periodo, entre los años 40 y los 60, donde los hombres musculados y con lycra pasaron a un segundo plano: los cómics estaban dominados por mujeres enamoradizas, hombres bien plantados y terribles rivales amorosas. Esta es la historia del auge (y caída) del cómic romántico.

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Se acabó la guerra, a besarnos

Antes de que Marvel empezara a cambiar el mundo superheroico con ‘Los cuatro fantásticos’, DC ya dominaba el mercado con Superman, Batman, Linterna Verde y compañía, unos cómics que, en la II Guerra Mundial, se convirtieron en adalides de un bando, héroes que luchaban mano a mano con los soldados. Funcionaban bien, se vendían como un tiro… pero, llegado un momento, la guerra terminó, y los superhéroes empezaron a quedarse vetustos muy rápido.

Los soldados habían vuelto a casa, los suburbios estadounidenses se empezaron a llenar de gente y a nadie interesaba ya el recuerdo de la guerra. Por eso, en 1947, Joe Simon y Jack Kirby (creadores siete años antes del Capitán América) se pusieron a hacer algo muy distinto a lo que tenían acostumbrado: un cómic de amor titulado ‘Young Romance’ en cuya primera portada un hombre tenía una doble vida liado con la hermana de su prometida (“Pero, querido… ¡Jane es una niña! ¡No tiene el fuego para encender la llama de tu genialidad! ¡Me necesitas, John!”).

Fue un bombazo y en menos de lo que cualquiera podría pensar ya estaba vendiendo más de un millón de ejemplares mensuales. El éxito fue tal que todas las editoriales empezaron a copiar la idea: cuatro o cinco historias de seis páginas con una grapa, con un erotismo más o menos sutil, y ya estaba el negocio hecho. ‘My life’, ‘Girls’ Romances’, ‘I love you’, ‘Just married’, ‘Teen-age romances’… En total se llegaron a publicar 150 cómics al mismo tiempo en una América que pronto se iba a subyugar al código de conducta en los cómics, que los hundiría.

A mediados de los 60 las mujeres estadounidenses habían cambiado: nació el movimiento feminista, el erotismo y el cambio social hicieron obsoletos unos tebeos que siempre acababan con la chica besando al chico (aunque hubiera hecho mil y una tropelías), preferiblemente con un anillo de matrimonio por el medio. Marcaron época, claro: por ejemplo, el artista Roy Lichtenstein ha basado su obra en viñetas engrandecidas sacadas directamente de estos cómics y algunos de los personajes de aquella época, como Patsy Walker, acabaron reconvertidos en superheroínas (es más conocida como Gata Infernal).

Hoy por hoy no queda mucho de aquella época: ha habido intentos de resucitar los cómics de amor e incluso colecciones como ‘Strangers in paradise’ han jugado de manera maestra con la dualidad entre el romance y el misterio, pero aquella época kitsch ya pasó. Y si conseguís leer alguno de estos ejemplares, dejad que añada: por suerte.

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