Amazon planea dar gafas inteligentes a más de 20.000 repartidores antes de que acabe 2027. La propia compañía dice que llega a este punto después de 18 meses de pruebas con más de 500 conductores y más de 275.000 entregas. Amazon lo vende como una manera de hacer que sus repartidores miren menos el móvil y tengan la información delante de los ojos. A la vez, el plan vuelve a poner sobre la mesa preguntas incómodas sobre privacidad y sobre hasta dónde llega la supervisión algorítmica en el trabajo.
La idea, sobre el papel, es fácil de entender: menos tiempo pendiente de la pantalla del teléfono y más datos visibles en el momento justo.
Amazon explica que las gafas se activan una vez que el conductor ha aparcado. A partir de ahí muestran indicaciones de navegación, datos del paquete y avisos sobre posibles riesgos en el entorno. La meta es recortar interrupciones y acelerar los últimos metros de cada entrega, que suelen ser una de las partes más lentas y repetitivas de todo el recorrido.
La empresa insiste en que usarlas será opcional y que el diseño se ha ido afinando a partir de lo que comentaron los propios conductores.
Pero la discusión no va solo de comodidad o de eficiencia.
Uno de los puntos más delicados es este: las gafas toman imágenes fijas a intervalos frecuentes mientras el repartidor va andando.
Amazon sostiene que ese material sirve para alimentar su sistema interno de mapas. Aun así, para los clientes queda una duda bastante incómoda: no está claro de qué manera podrían evitar que su casa, su jardín o lo que hay alrededor termine fotografiado durante una entrega.
Las gafas son lo más visible de todo esto, sí, pero no lo que más pesa.
Cuando un paquete llega a la puerta, una parte importante del trabajo ya la decidieron antes programas predictivos, herramientas de visión por ordenador, robots de almacén y sistemas de rutas que organizan inventario, movimiento y reparto.
Amazon ya usa modelos avanzados para anticipar la demanda y situar productos más cerca de posibles compradores.
La compañía afirma que uno de esos sistemas mejoró un 20% la previsión regional de millones de artículos populares. Eso le permite ajustar mejor el stock incluso antes de que alguien haga el pedido.
A todo eso, según Amazon, se suma una red de alrededor de 1 millón de robots y una capacidad para procesar en torno a 600.000 pedidos por hora.
También está DeepFleet, la plataforma con la que Amazon coordina el movimiento de robots dentro de sus centros.
Visto así, las gafas no son una rareza. Son el siguiente paso dentro de una operación que ya funciona con un grado altísimo de automatización.
Los repartidores de Amazon ya trabajan con cámaras dentro de las furgonetas, seguimiento de ubicación en tiempo real y métricas sobre el ritmo de trabajo. Por eso, varios expertos y conductores temen que las gafas sumen otra capa de supervisión algorítmica, con posibles efectos sobre el estrés, el salario o la seguridad laboral.
En Europa, este tipo de herramientas aplicadas al empleo está bajo una vigilancia cada vez mayor. Y la normativa comunitaria sobre sistemas algorítmicos de alto riesgo va justo en esa dirección: más exigencias de transparencia, más supervisión humana y más protección de datos.
Sigue sin saberse cómo podrán los clientes evitar que su vivienda, su jardín o los alrededores queden fotografiados durante una entrega.