Una nueva revisión académica sobre software médico autónomo puso hoy sobre la mesa una idea incómoda: si la trayectoria actual se mantiene, estas herramientas podrían superar a los médicos en varias tareas clave antes de 2030. Hasta hace poco sonaba a pronóstico futurista. Ya no tanto. Ahora empieza a inquietar de verdad al sector sanitario, en parte porque la plantean figuras muy conocidas de la medicina estadounidense y en parte porque el propio artículo reconoce que sus conclusiones siguen abiertas a discusión.
El trabajo, explican sus autores, repasa investigaciones publicadas desde el 1 de enero de 2024 y llega a una conclusión fuerte: una “inteligencia artificial autónoma superior” probablemente rendirá por encima de los profesionales humanos y también por encima de los equipos mixtos formados por médicos y software, todo ello en un plazo cercano.
Entre las cinco tareas que el artículo ve más expuestas están la recogida de historiales clínicos, el diagnóstico, la decisión sobre qué pruebas pedir, la prescripción de tratamientos y el seguimiento de enfermedades crónicas. La parte más controvertida va todavía más lejos. El texto sostiene que “la intervención humana perjudica el rendimiento”, de modo que, en ciertos casos, la participación del clínico no mejoraría el resultado, sino que incluso podría empeorarlo al corregir o frenar recomendaciones acertadas del sistema.
Ezekiel Emanuel, uno de los autores principales, admitió que durante años descartó la posibilidad de que estas herramientas sustituyeran una parte sustancial del trabajo médico. Según contó, cambió de opinión después de revisar la literatura científica más reciente y de discutir el asunto con Robert Wachter y Vinod Khosla. El matiz importa, y bastante, porque retrata un cambio más amplio dentro del liderazgo médico: la discusión ya no gira tanto en torno a si estas herramientas serán útiles, sino a cuánto espacio pueden acabar quitándole al profesional humano en consulta.
No todo el mundo compra esa conclusión. John Whyte, de la Asociación Médica Estadounidense, puso en duda la solidez del trabajo y recordó que parte de la evidencia procede de simulaciones, no de ensayos a ciegas en entornos reales. Tampoco todos los estudios revisados respaldan afirmaciones tan rotundas. A eso se añaden las dudas por posibles conflictos de interés: en la colaboración participó Neal Khosla, consejero delegado de Curai Health, y el artículo informó de inversiones, subvenciones y consultorías vinculadas a varios de sus autores.
Mientras la discusión gana temperatura, la adopción ya se ha disparado. En 2026, el 81% de los médicos de Estados Unidos afirmó usar estas herramientas, frente al 38% registrado en 2023, siempre según los datos citados en el artículo. Por ahora, eso sí, su uso se concentra sobre todo en resumir investigaciones, redactar notas clínicas o quitar carga administrativa, bastante más que en diagnosticar y tratar de forma completamente autónoma.
La escala económica empuja en la misma dirección: este mercado pasaría de 36.700 millones en 2025 a 505.600 millones en 2033, de acuerdo con las previsiones recogidas en el artículo. Y la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos, la FDA, ya había autorizado más de 1.357 dispositivos médicos que incorporan estos sistemas a comienzos de 2026.
Algunos estudios citados en el artículo muestran además que el software ya supera a médicos en tareas diagnósticas muy concretas. Aun así, casi el 80% de los encuestados desconfía de sus recomendaciones y el 78% de los pacientes sigue esperando que un profesional revise el resultado, según las encuestas mencionadas en el texto. Falta ver si esa superioridad termina trasladándose a la práctica clínica real en torno a 2030.