“Clayface” llega al nuevo DCU sin poner a Batman en pantalla, pero le da ese lugar a John Borrelli, un policía de Gotham que termina siguiendo una serie de asesinatos y un rastro de pistas que lo llevan directo al submundo criminal de la ciudad.
Esa elección hace que la película funcione en dos frentes al mismo tiempo: por un lado, como tragedia alrededor de Matt Hagen; por otro, como una pieza que empieza a armar el tablero del DCU. Y la idea que deja es bastante directa: en esta Gotham, la ley por sí sola no alcanza.
Que John Borrelli sea el centro de la investigación termina siendo una de las decisiones más sólidas de la película.
Con Batman todavía fuera de escena, Borrelli pasa a ser la mirada del espectador dentro de una Gotham corrupta, violenta y muy venida abajo. Es él quien va uniendo los crímenes, quien sigue las pistas y quien se mete en lugares donde las instituciones, sencillamente, ya no pueden imponer orden. Aun así, la película no lo vende como una respuesta definitiva, sino como un reemplazo momentáneo cuyas limitaciones refuerzan la idea central: un agente común, incluso uno con determinación, no tiene cómo contener amenazas de este tamaño.
Más que señalar una ausencia sin más, “Clayface” levanta una razón dramática para la futura aparición del Caballero Oscuro en “The Brave and the Bold“.
La corrupción metida hasta el fondo, la debilidad de la policía y la violencia del entramado criminal van preparando el terreno. Mientras tanto, DC Studios esquiva convertir a Batman en un cameo o en una distracción, incluso después de dejar claro que el personaje existe en este universo. Hay otro acierto ahí: Gotham ya se siente viva antes del debut formal del héroe. La película fija la atmósfera de la ciudad, marca a sus facciones criminales y deja en pie varios espacios clave, de modo que abre conexiones para historias futuras y encaja con la estrategia más amplia del DCU, que busca sumar capas a su universo compartido sin recostarse siempre en los mismos personajes.
Dirigida por James Watkins, la película se plantea, ante todo, como una historia independiente sobre la caída de Matt Hagen, un actor cuya vida se viene abajo después de someterse a un tratamiento experimental que lo convierte en un monstruo.
Su tono R y la apuesta por el body horror la han puesto, dentro de la conversación crítica, cerca de referentes como “The Fly” y “Darkman”. Eso también refuerza la idea de que DC quiere abrir el abanico de géneros dentro de “Gods and Monsters”. En la prensa especializada, la respuesta ha sido mixta, aunque en líneas generales favorable: se ha destacado la interpretación de Tom Rhys Harries y el trabajo con efectos prácticos, aunque una parte de la crítica también ha apuntado a un guion predecible o poco profundo en lo temático. Entre el público, en cambio, la recepción ha sido más cálida, con una nota de A- según CinemaScore.
En taquilla, además, el arranque también deja buenas señales.
Con un presupuesto estimado de entre 30 y 44 millones de dólares, de acuerdo con cálculos de la industria, “Clayface” abrió con unos 43 millones en todo el mundo, según los primeros datos de taquilla, incluidos 24 millones en Norteamérica y 19 millones en mercados internacionales. Para un spin-off centrado en un villano y con una escala más contenida, es un punto de partida más que respetable. Además, al convertir a Matt Hagen en una figura deformada por la pérdida de identidad, la película deja asomar una posible resonancia temática con Bruce Wayne. Si el DCU decide meterse en ese espejo oscuro, la futura llegada de Batman podría sentirse no solo inevitable, sino también bastante más poderosa.