A poco que te des un paseo por TIkTok, te vas a encontrar con un grupo de gente abriendo sobres de cartas carísimos para, con suerte, encontrarse con criaturas que puedan revender por un dineral. Suena a estafa piramidal, y en parte lo es, pero el juego de cartas de Pokémon es mucho más: aunque en su origen nació como entretenimiento para niños, con el tiempo se ha ido convirtiendo en una inversión repleta de cartas únicas, colorines, torneos y ataques absolutamente inescrutable. ¡Vamos a echar un vistazo a su historia!
Hazte con todas. Spoiler: no puedes
Aunque nadie conoció Pokémon fuera de Japón hasta 1998, cuando Pokémon Rojo/Azul dio el salto a Estados Unidos (hasta el año siguiente no llegaría a Europa), en el país nipón nació directamente como franquicia, con sus versiones en Rojo y Verde, que después se modificarían para llegar al extranjero. Tan solo medio año después de que estas dos primeras versiones se lanzaran en Game Boy, y coincidiendo con la venta de su versión mejorada, Pokémon Azul, aparecieron las primeras cartas coleccionables.
Al principio, el 20 de octubre de 1996, solo se podía jugar con 102 cartas, con dibujos de Ken Sugimori, Mitsuhiro Arita y Keiji Kinebuchi, que tardaron dos años en salir del país y saltar el océano. Fue en esta época, donde el juego fue sumando cartas y haciéndose conocido entre los fans, cuando apareció la carta que a día de hoy se considera más valiosa de la historia (por más que algunos fans crean que simplemente es un intento de hinchar el precio para especular).

Se trata del Pikachu Ilustrador, una carta exclusiva que la revista CoroCoro dio a los ganadores de un concurso de arte y que, por aquel entonces, era una simple curiosidad (de hecho, no tiene ninguna habilidad en el juego real). Se cree que tan solo quedan 41 cartas, en distintas condiciones. La que está en mejor estado (un 10) fue comprada por el youtuber, influencer y, en general, millonario, Logan Paul. ¿El precio? Nada, se tuvo que rascar un poco la cartera para sacar de ella 5.275.000 dólares. Por ese precio seguro que crees que se debía incluir una pokéball con un Pikachu real dentro, pero lo cierto es que es una inversión: cuando Paul la revenda es posible que se saque uno o dos millones más, y la rueda del capitalismo agresivo vuelva a girar.
¡Te elijo a ti!
El funcionamiento de Pokémon TCG es similar al de Magic: hay mazos que puedes comprar, donde todo el mundo tendrá las mismas cartas de base, y después muchas -muchísimas- expansiones en sobres, en los que puede venir literalmente cualquier cosa -al fin y al cabo hay más de 200.000 modelos diferentes-, desde cartas normales y corrientes (un Rattata, por ejemplo) hasta otras con brillo, especiales, únicas, como un Charizard EX volando por el arte. Y luego tienes dos opciones: o bien meterlas en un álbum para que su calidad permanezca impoluta en el tiempo, o bien cometer el sacrilegio de jugar al juego.

El TCG de Pokémon, más allá de su temática, no es tan diferente a otros, aunque cada uno tenga sus diferencias en el gameplay, pero entre el tema, la variedad, el dinero que se puede ganar y la ludopatía generada por la adrenalina al abrir sobres (y la serotonina que liberas al encontrar esa carta que tanto deseabas), es normal que toda una generación esté enganchada, aunque ya ni siquiera juegue a los videojuegos ni tenga el más mínimo interés en la franquicia.
Para haceros una idea del éxito, a inicios de 1999, antes de que llegara toda la locura de redes sociales y de la inversión en cartas, Wizards of the Coast (a quien después Nintendo quitó la licencia) anunció que había vendido 400.000 sobres de cartas en solo mes y medio. En 2023, las cifras oficiales indicaron que en total se habían colocado 52.900 millones de cartas en todo el mundo. Volved a leer la cifra. Es como si cada persona del mundo tuviera 6 cartas y media. Cada. Persona. Del. Mundo.

Tú eliges tu camino, entrenador
Aunque en The Pokémon Company insisten una y otra vez que el juego se ha hecho exclusivamente para jugar y, efectivamente, hay campeonatos regionales, estatales y mundiales cada año (estos últimos cada año desde 2004), lo más que se puede llegar a ganar son 50.000 dólares, un número muy alejado del que ganan los que se dedican a hacer compraventa, enviando las cartas en perfecto estado a ser valoradas: cuantos menos desperfectos, más dinero costarán en el mercado.
Y la cifra de aficionados va en aumento. Si en el siglo pasado, en la entrada a los cines de Pokémon 2 regalaban un par de cartas, pretendiendo conseguir más adeptos al juego, lo de ahora es una auténtica locura. Por un lado tenemos el nivel de mera diversión, para el que se lanzan iniciativas como la versión para móvil, Pokémon TCG Pocket (donde, por supuesto, también hay especulación y se pueden gastar auténticos dinerales), o incluso regalos de cartas -ninguna espectacular- en cadenas de comida rápida. Pero, por otro, las redes sociales han creado una especie de NFT, de burbuja inversora absurda que aún no ha reventado.

Gente abriendo sobres sin parar (incluyendo algunos antiguos que cuestan un ojo de la cara), encontrando cartas que valen miles de dólares, comerciando con ellas… Puede que empezara como un juego infantil, pero se ha convertido en un síntoma más del capitalismo, una especie de colección de sellos moderna: invierte en cartas de Pokémon para inflar el precio, que unos pocos ganen mucho dinero y la gran mayoría solo tengan unas cartas muy bonitas a las que mirar.
Hay cientos de TCG donde elegir, pero ninguno tiene la experiencia, el nombre y, sobre todo, la publicidad, la inversión y la fama en redes sociales. El juego de cartas de Pokémon representa, al mismo tiempo, el lado más cuqui de la humanidad y el lado más capitalista y pérfido. Y, en el fondo, ¿acaso hay un retrato más preciso del mundo que nos rodea?