La industria del anime en Japón cerró 2025 con el mejor resultado de toda su historia. Los datos presentados en TIFFCOM sitúan el mercado entre 4,45 y 4,49 billones de yenes, unos 28.200 y 28.500 millones de dólares, después de crecer un 15,8% interanual. Con eso, el sector rebasó por primera vez la barrera de los 4 billones.
El impulso no vino solo de Japón. Siempre según las cifras mostradas en TIFFCOM, los ingresos procedentes del exterior llegaron a unos 2,54 billones de yenes, cerca de 16.100 millones de dólares, tras avanzar alrededor de un 17%. Eso representa, más o menos, el 57% de toda la facturación de la industria.
Y no fue algo aislado. Es el tercer año seguido en el que el mercado internacional queda por encima del doméstico, de acuerdo con esos mismos datos. La tendencia ya tiene poco de pasajera: el anime se ha convertido, de lleno, en una exportación cultural de masas.
Ahí han pesado plataformas como Netflix, Crunchyroll o Disney+, que han ensanchado la llegada global de las series y películas japonesas. También ha influido la debilidad del yen, que ha vuelto más atractivos los acuerdos de licencia para los compradores extranjeros.
La Association of Japanese Animations (AJA) da ese salto por hecho. Su lectura es que el “despegue internacional” del anime ya ocurrió, y que las compañías japonesas miran cada vez más fuera de su mercado de origen en busca de negocio.
Dentro de Japón, además, el año también fue mucho mejor. En 2024, el negocio local se había quedado casi plano; en 2025, en cambio, los ingresos domésticos subieron algo más de un 14% hasta rondar los 1,9 billones de yenes, cerca de 12.000 millones de dólares. En términos de peso sobre el total, eso equivale a alrededor del 43%, según la información presentada en TIFFCOM.
La mezcla de ambas cosas, tirón exterior y recuperación interna, ayuda a entender por qué 2025 fue tan excepcional para el conjunto de la industria.
Pero hay un matiz que cambia bastante la foto: el dinero no se reparte por igual entre quienes hacen el anime. Según esos mismos datos, los ingresos que acabaron específicamente en las compañías de producción crecieron entre un 8% y un 8,4%, hasta unos 505.000 millones de yenes. Es una subida clara, sí, aunque bastante más lenta que la del mercado total. Y hay otro dato revelador: solo el 27,9% de lo que llega directamente a los estudios procede del extranjero.
Dicho de forma más directa, el negocio internacional avanza a gran velocidad, pero una parte importante del retorno sigue quedándose en los comités de producción, los distribuidores y otros titulares de derechos.
Por eso cobra importancia otra tendencia. Masahiro Hasegawa, de la Association of Japanese Animations (AJA), ha señalado que cada vez más productoras están tomando participaciones en sus propias obras y reservándose la propiedad intelectual, con la idea de quedarse con una porción mayor de los ingresos globales.
El año, además, dejó fenómenos claros en taquilla. Demon Slayer: Kimetsu no Yaiba – Infinity Castle recaudó alrededor de 800 millones en todo el mundo durante 2025 y terminó convertida en la película japonesa más taquillera de la historia. Y ya en 2026, Chiikawa The Movie: The Secret Of Mermaid Island lleva cerca de 159 millones a escala global.
Los récords, de todos modos, no borran los problemas de fondo. Siguen ahí los salarios bajos, las jornadas largas, la precariedad y la falta de talento entre los animadores. Tampoco está claro hasta qué punto ese giro hacia un mayor control de la propiedad intelectual servirá, al menos a corto plazo, para corregir un reparto tan desigual.