Emitida entre 2008 y 2013, Fringe no ha dejado de crecer en prestigio con los años, tanto entre los fans como entre buena parte de la crítica. Para muchos, sigue siendo la otra gran serie asociada al nombre de J.J. Abrams junto a Lost. En 2008 parecía, por momentos, la posible respuesta de Fox al fenómeno que ABC tenía entre manos con Lost. Al final fue otra cosa: una ficción con personalidad propia, más concentrada en su manera de contar y, para bastante gente, también más satisfactoria cuando llegó el desenlace.
A lo largo de esas cinco temporadas, Fringe alcanzó los 100 episodios y hoy aparece con frecuencia cuando se habla de los mejores dramas de ciencia ficción de los años 2000. Nunca llegó al nivel de popularidad masiva de Lost, emitida entre 2004 y 2010 y convertida en una serie con una huella inmensa pese a lo divisivo de su final. Aun así, Fringe se fue ganando una reputación mucho más duradera de lo que indicaban sus cifras, hasta quedar instalada como una de las grandes series de culto del género.
Creada por J.J. Abrams, Alex Kurtzman y Roberto Orci, Fringe fue leída desde el principio como una heredera espiritual de Lost. Tenía misterio, ciencia imposible, conspiraciones y ese tipo de historia que empuja a teorizar semana a semana. Pero con el tiempo encontró su propio punto de equilibrio entre el caso autoconclusivo y una mitología central cada vez más enrevesada. Justamente por eso hoy se la reivindica tanto: por la cohesión que terminó construyendo.
La serie sigue a la agente del FBI Olivia Dunham, al brillante y excéntrico doctor Walter Bishop y a Peter Bishop, el hijo de Walter. Los tres integran la Fringe Division, una unidad apoyada por el FBI que se encarga de investigar fenómenos inexplicables relacionados con la llamada “ciencia marginal”.
Todo arranca con casos extraños, desde experimentos biológicos hasta tecnologías anómalas y sucesos que parecen imposibles. Luego la serie va abriendo el foco: universos paralelos, líneas temporales alternativas, crisis de identidad y amenazas tecnológicas de gran escala.
Uno de sus mayores aciertos fue cómo logró pasar del procedimental de ciencia ficción con “monstruo de la semana” a una narración serializada mucho más ambiciosa y emocional. Esa mezcla permitía que entraran nuevos espectadores sin perder profundidad por el camino. Y luego estaba el reparto: Anna Torv, Joshua Jackson y, por encima de todos, John Noble sostuvieron la serie con interpretaciones muy celebradas. Noble, en particular, terminó convertido en el corazón de Fringe gracias a Walter Bishop.
Los datos de audiencia dibujan bien esa trayectoria. El piloto arrancó con 9,13 millones de espectadores; la segunda temporada promedió 6,252 millones; la tercera, 5,83 millones; y el episodio final reunió a 3,2 millones. Aun así, el consumo en diferido y una base de fans especialmente fiel fueron clave para que Fringe se mantuviera viva hasta cerrar en sus propios términos.
Con los años, esa fidelidad se convirtió en legado: siete premios Saturn, dos nominaciones a los Emmy y la condición de serie a la que mucha gente vuelve una y otra vez. Si en algún momento fue vista como la sustituta de Lost, a estas alturas Fringe ya no necesita esa comparación para defender su sitio en la historia de la ciencia ficción televisiva. Lo que no se sabe todavía es si todo ese prestigio acabará desembocando en un reboot o en un revival oficial.