Los wearables, desde relojes hasta pulseras inteligentes, no paran de crecer. Están por todas partes. Pero su entrada real en la práctica médica sigue siendo pequeña. Millones de personas ya los usan para registrar el sueño, el pulso o la actividad física, así que la duda ya no pasa por saber si hay mercado. La pregunta es otra: si el sistema sanitario está en condiciones de absorber e incorporar ese aluvión de datos a la consulta diaria.
Por ahora, más bien no.
Muchos médicos les ven valor clínico, sí, pero en la consulta su adopción sigue siendo baja por motivos bastante concretos: quién paga, quién se ocupa de revisar los datos, qué responsabilidad legal recae sobre el profesional y cuáles de estos dispositivos son lo bastante fiables como para pesar de verdad en una decisión médica.
Las previsiones apuntan a un mercado de 109.000 millones en 2026, con 614 millones de unidades repartidas por todo el mundo.
En Estados Unidos, según los datos disponibles, el 46 % de los adultos ya tiene uno de estos dispositivos. Y entre quienes lo usan, el 59 % ya ha comentado esa información con un profesional sanitario.
Los pacientes, en otras palabras, ya están llevando esos datos al médico, aunque el sistema todavía no los haya incorporado de manera formal.
Aun así, esa integración sigue siendo extraordinariamente baja.
De hecho, según una encuesta reciente hecha a médicos, ningún país pasó de una tasa de integración clínica del 6 %. Estados Unidos también se quedó en ese 6 %. Interés hay, desde luego, pero implantación real, muy poca.
El cuello de botella principal está en la economía y en la regulación.
Hoy, en muchos casos, no hay un mecanismo claro de financiación para revisar datos generados por wearables. Tampoco está resuelto quién paga el tiempo que un médico dedica a interpretarlos o a actuar a partir de ellos.
Y luego está el frente médico-legal: si un dispositivo detecta una anomalía y el profesional no la revisa a tiempo, todavía no está claro quién responde, si el fabricante, el médico, el hospital o la aseguradora.
Otro problema tiene que ver con la confianza en la calidad del dato.
Los expertos coinciden en algo bastante básico: para que la adopción médica escale de verdad hace falta más validación clínica, mejor evidencia sobre la precisión de las mediciones y una frontera más clara entre los gadgets de bienestar y las herramientas médicas con autorización regulatoria, como las funciones aprobadas por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos, la FDA.
No todos los sensores sirven para lo mismo. Un reloj puede ser útil para empujar hábitos saludables y, aun así, no alcanzar el nivel que hace falta para respaldar diagnósticos o seguimiento clínico.
Incluso cuando el dato aporta valor, meterlo en la historia clínica electrónica sigue siendo complicado. Cada fabricante trabaja con métricas, formatos y plataformas distintas, y de ahí salen silos de información.
Hay algunos movimientos en la dirección contraria. Además del aumento de funciones médicas aprobadas en wearables de consumo, Estados Unidos ha puesto en marcha ACCESS, un nuevo programa piloto de Medicare, el programa público de seguros del país, con una duración de 10 años para reembolsar wearables y aplicaciones destinadas al control de enfermedades crónicas.
Eso podría aliviar una parte de estos obstáculos.
Lo que nadie sabe todavía es cuándo quedarán resueltos de forma generalizada el pago, la responsabilidad y la validación clínica.
Hasta que eso pase, los wearables seguirán siendo muy buenos para recopilar datos, y bastante menos eficaces cuando toca dar el salto y convertirse en medicina.