Junto con “IA” es una de las palabras de moda que nos van a acompañar durante décadas: el streaming es la gran novedad, algo que ha roto con todo lo que conocíamos. Ya no hace falta comprar películas ni ir al cine a verlas o descargarlas: ahora basta con encender la televisión, elegir lo que quieres y ver y, simplemente, disfrutar. El concepto hundió a miles de videoclubs y lleva camino de hacer daño también a la industria de las salas de cine, pero lo cierto es que la idea de pagar mensualmente por recibir un servicio en streaming no es nueva ni la inventó Netflix. De hecho, antes de Internet y del propio cine, en París, ya existía algo muy similar: el Theatrophone.
¡Óperas en directo por cuatro francos!
Pongámonos en contexto: año 1881. Los hermanos Lumiére, de 19 años, asistían a la escuela técnica La Martiniere y en Francia pocos soñaban con tal cosa como las imágenes en movimiento. En aquel momento, la gran novedad eran la electricidad y el teléfono, que, tras la patente de Graham Bell cinco años antes, se estaba poniendo de moda entre las clases altas de París. Las posibilidades eran infinitas: si podías escuchar la voz de un amigo que estuviera a kilómetros de distancia como si estuviera a tu lado, ¿qué no podría hacer este magnífico aparato? Y hubo una persona que lo vio muy claro: se podía sacar tajada del invento.
El teléfono y la electricidad, juntos en uno, dieron lugar al Theatrophone, o sea, un sistema mediante el que se podía transmitir ópera y música en directo hasta tu casa con un sistema de doble canal. De hecho, este fue el primer streaming en audio estéreo de la historia, y el lugar para debutar, claro, era la Exposición Eléctrica de París, que se unió con la Ópera de París: si querías escucharlo era tan sencillo como descolgar uno de los 80 teléfonos que se mostraban en la feria e inmediatamente dejarse inundar por la voz de la soprano y los tenores.

Claro está, algo tan caro solo podía funcionar mediante suscripción, y no solo en Francia. Por ejemplo, en Portugal, el Rey Dom Luis, fanático de la ópera, pidió que se lo instalaran en palacio debido a que no podía ir a ver Laureana al teatro en persona. ¿El precio? 90 actuaciones por 180.000 reales (que, si te lo estás preguntando, no era especialmente barato). Los bares del Reino Unido empezaron a contratarlo y cobrar dinero (50 céntimos por diez minutos) a los clientes que quisieran utilizarlo, y, por supuesto, en París supieron capitalizarlo a tiempo: en 1890, el theatrophone ofrecía ópera, obras de teatro y boletines informativos. Y si crees que fue flor de un día, no estás en lo cierto.
El theatrophone duró hasta 1932, teniendo la hegemonía del mercado durante 42 años y se sabía que gente famosa como Marcel Proust o la Reina Victoria. Pero claro, la radio acabó llegando y arrasó con todo: un sistema gratuito, mucho más cómodo y con mayor variedad: ¡Obviamente, a nadie le interesaba ya el teléfono! A algunos les costó dejarlo ir, porque el theatrophone daba mucho dinero, ya que funcionaba no solo desde casa: había aparatos dedicados tan solo a tal efecto en todo tipo de lugares.

Así que ya sabes: la próxima vez que te pongas una película en HBO Max o un podcast en Spotify, recuerda que quizá dentro de 150 años alguien hable de ti como una simple curiosidad al pie de la historia, igual que el theatrophone: el primer streaming (y el más olvidado) de la historia.