Acaban de descubrir un pedazo de hielo con 6 millones de años en la Antártida

Un equipo de científicos ha logrado extraer muestras de hielo de 6 millones de años de antigüedad en las heladas colinas Allan, al este de la Antártida, marcando un hito en la historia de la investigación climática.

Este descubrimiento, el más antiguo jamás datado directamente, fue liderado por Sarah Shackleton del Instituto Oceanográfico Woods Hole y John Higgins de la Universidad de Princeton, y se publicó en la revista PNAS el 28 de octubre.

Las burbujas de aire atrapadas en el hielo, que provienen de una época en la que la Tierra era notablemente más cálida, han servido como cápsula del tiempo, proporcionando una visión única del clima terrestre durante el Mioceno.

Una investigación que abre muchas posibilidades

Los investigadores determinaron la edad del hielo utilizando la datación de isótopos de argón en estas burbujas, un método que permite una datación directa sin la necesidad de analizar el suelo o rocas circundantes.

Los análisis han revelado que la región de Allan Hills se ha enfriado en aproximadamente 12 °C durante los últimos 6 millones de años, ofreciendo así la primera evidencia cuantificada del enfriamiento en la Antártida desde ese periodo cálido antiguo.

Ed Brook, director de COLDEX y paleoclimatólogo de la Universidad Estatal de Oregón, destacó la importancia de estos núcleos de hielo, ya que actuarán como ‘instantáneas climáticas’, duplicando la antigüedad de los registros anteriores.

Este hallazgo se presenta en un momento crítico, ya que el calentamiento global, impulsado por las emisiones humanas de gases de efecto invernadero, está alterando rápidamente el clima terrestre.

Los científicos esperan que el estudio de estas burbujas de aire antiguas les ayude a reconstruir las concentraciones de gases de efecto invernadero del pasado y a identificar los factores naturales detrás del cambio climático a lo largo de la historia del planeta.

Con el exitoso descubrimiento, el equipo de COLDEX planea regresar a Allan Hills entre 2026 y 2031 para realizar más perforaciones y recuperar muestras aún más antiguas, ampliando así nuestro entendimiento sobre el clima de la Tierra en épocas remotas.

¿Sabes qué es el calor absoluto? La temperatura de Planck y sus implicaciones

La temperatura mínima, también conocida como cero absoluto, se define como -273,15 °C o 0 Kelvin, donde se alcanza la total quietud y no existe movimiento molecular.

En el otro extremo del espectro, se encuentra la temperatura de Planck, considerada el “calor absoluto”, la cual se estima en alrededor de 142 quintillones Kelvin (1,42·1032 grados Celsius), un umbral donde las leyes de la física tal como las conocemos dejan de ser aplicables.

Para poner esto en perspectiva, la temperatura del núcleo del Sol es de aproximadamente 15 millones Kelvin, mientras que en algunos remanentes de supernovas se pueden registrar temperaturas cercanas a un billón de grados.

Explorando el cero absoluto y los límites de la temperatura

Experimentos realizados en el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) del CERN han logrado alcanzar temperaturas superiores a los 5 billones Kelvin, pero la temperatura de Planck sigue siendo teóricamente inalcanzable con nuestras actuales capacidades tecnológicas.

El concepto de “calor” implica una transferencia de energía, y comprender la temperatura de Planck requiere adentrarse en el ámbito de la física cuántica. En este contexto, el calor se relaciona con las emisiones en el espectro electromagnético.

Sin embargo, el límite superior de este espectro está definido por la distancia de Planck, lo que impide que se transfiera más energía térmica de manera efectiva.

Dada la naturaleza extrema de la temperatura de Planck, esta cifra nos lleva a considerar fenómenos como el Big Bang y los agujeros negros, donde las leyes físicas contemporáneas no se aplican adecuadamente.

La búsqueda de una teoría unificadora que integre la relatividad con la física cuántica continúa, ya que podría ofrecer nuevas perspectivas sobre la naturaleza del calor y el universo en su conjunto.

El microscopio más rápido del mundo congela el tiempo en una quintillonésima de segundo

El mundo subatómico es difícil de captar, no solo porque es increíblemente diminuto, sino también porque es superrápido. Ahora, físicos de la Universidad de Arizona han desarrollado el microscopio electrónico más rápido del mundo, capaz de captar fenómenos que duran tan solo una quintillonésima de segundo.

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Una buena cámara, con una velocidad de obturación medida en milisegundos, podría tomar una foto nítida de una persona corriendo. Pero las cámaras más rápidas del mundo, los microscopios electrónicos de transmisión, pueden captar sucesos a escala de attosegundos, como fotos de electrones corriendo.

Por cierto, un attosegundo es la quintillonésima parte de un segundo, lo que hace que un milisegundo (la milésima parte de un segundo) parezca una eternidad.

Un hito en la física y que podría aportar en física cuántica, química y biología

Si ampliamos la escala, hay tantos attosegundos en un segundo como segundos en 31.700 millones de años, es decir, más del doble del tiempo que ha existido el universo. Son cifras realmente insondables.

En cualquier caso, como leemos en New Atlas, los esfuerzos anteriores para capturar eventos en ese tipo de escala de tiempo han llegado hasta los 43 attosegundos, que los investigadores calificaron en su momento como “el evento controlado más corto jamás creado por la humanidad”. Ahora, el equipo de la Universidad de Arizona ha reducido aún más el tiempo, congelándolo en un solo attosegundo.

El nuevo trabajo se basa en las investigaciones de Pierre Agostini, Ferenc Krausz y Anne L’Huilliere, que generaron los primeros pulsos de luz lo bastante cortos como para medirlos en attosegundos. Esto les valió el Premio Nobel de Física en 2023.

Para el nuevo estudio, los investigadores desarrollaron lo que llaman un «attomicroscopio». En primer lugar, se dispara un pulso de luz ultravioleta en un fotocátodo, que libera electrones ultrarrápidos en el interior del attomicroscopio.

A continuación, un pulso de láser se divide en dos haces, que se envían a los electrones que se mueven por el microscopio. Uno de esos haces está polarizado y llega en momentos ligeramente distintos, lo que genera un pulso de electrones “en compuerta” que permite obtener imágenes de una muestra, en este caso, de grafeno.

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Gracias a esta técnica, el equipo pudo generar pulsos de electrones de un solo attosegundo de duración, lo que les permitió observar movimientos ultrarrápidos de electrones que normalmente no pueden verse. Los investigadores afirman que este avance podría tener aplicaciones en física cuántica, química y biología.

Tienes a Sonic en tu interior, y no es una metáfora: es ciencia

Muchos médicos se han quejado de que no le pueden decir a las familias que sus allegados tienen “una mutación en un gen sonic hedgehog”

Puede que tú y yo hablemos de Sonic siempre refiriéndonos al erizo azul que corre muchísimo, se hace bola y nos regaló dos películas majísimas, pero en el mundo de la ciencia es una cosa muy distinta: se trata de la proteína que, entre otras cosas, hace que nos crezcan los dientes, se desarrollen los pulmones y se regenere el pelo. Vamos, que literalmente sin Sonic no podríamos vivir. Y de verdad: no es una metáfora.

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The need for speed

Curiosamente, este gen está unido a una enfermedad que causa defectos en el cerebro y la cara conocida como holoprosencefalia. Y, por lo que sea, muchos médicos se han quejado de que no le pueden decir a las familias que sus allegados tienen “una mutación en un gen sonic hedgehog”. La solución durante un tiempo fue tratar de cambiarle el nombre, pero finalmente decidieron llamarle por sus iniciales: el gen SH.

El nombre, por cierto, no tiene nada que ver con el juego en sí ni el científico que lo descubrió es un gran fan de Knuckles y compañía: Robert Riddle estaba en su casa después del trabajo cuando su mujer, Betsy Wilder, llegó a casa con una revista que tenía un anuncio de ‘Sonic’. Se le iluminó la bombilla: ya tenía nombre, aunque no supiera que en 2023 aún iba a seguir en pie.

¿Y cómo llamamos a inhibidor de esta proteína? Pues está claro, ¿no? Robotnikinin, en honor a Robotnik. No es el único caso de una proteína con nombre friki: ahí tenemos el Pikachurin, cuyo nombre se puso basándose en los movimientos rápidos y eléctricos de Pikachu, o el producto proteínico Zb7b7, que a priori no te va a sonar a nada, pero quizá sí cuando sepas que originalmente se llamó, simplemente, “Pokémon”. Cuando The Pokémon Company amenazó con tomar acciones legales por asociar el cáncer con su juego, se echaron hacia atrás. La ciencia, vencida una vez más por Nintendo.

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Rolls-Royce acaba de enseñar el reactor lunar: así será el motor de las próximas naves espaciales

Rolls-Royce nos dio una idea del futuro nuclear de la próxima generación de naves espaciales y bases lunares al enseñar una maqueta.

Un día conquistaremos las estrellas. Si bien hemos dado muchos pasos ya en esa dirección. No estamos en el comienzo de la carrera especial, diría que más bien estamos llegando a la mitad del camino. Pero nos queda trecho, no nos engañemos.

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Y en ese camino espacial, Rolls-Royce tiene un papel muy relevante. La empresa de motores nos dio una idea del futuro nuclear de la próxima generación de naves espaciales y bases lunares al desvelar una maqueta de su modelo conceptual de microrreactor espacial en la Conferencia Espacial del Reino Unido.

Dado que numerosos países y empresas privadas se han comprometido a lanzar un número cada vez mayor de misiones tripuladas y no tripuladas a la Luna, así como a ampliar sus actividades al espacio profundo, encontrar una fuente de energía fiable más allá de los paneles solares se ha convertido en un imperativo.

Un reactor para conquistar las estrellas

Los cohetes químicos han estado funcionando cerca de sus límites teóricos desde las primeras pruebas de las V2 durante la Segunda Guerra Mundial. A medida que la humanidad se adentra en el espacio profundo y con la creciente necesidad de vigilar y mantener los satélites en órbita terrestre, se hace necesario un sistema de propulsión más eficiente.

En el marco de un programa financiado por la Agencia Espacial Británica con 3,6 millones de dólares, Rolls-Royce ha estado trabajando en un nuevo microrreactor para dar respuesta a estas necesidades.

Este pequeño y avanzado reactor, cuya demostración en la Luna está prevista para principios de la próxima década, está diseñado para proporcionar a las futuras bases la energía necesaria no solo para acometer tareas muy ambiciosas, sino también para calentar las bases de modo que puedan sobrevivir a la extremadamente fría noche lunar.

Además, el nuevo reactor está diseñado para actuar como fuente de energía para los sistemas de propulsión eléctrica y de otro tipo que ampliarán el alcance de las misiones al sistema solar exterior y más allá, y para permitir que las naves espaciales de mantenimiento y patrulla se desplacen entre las órbitas terrestres con mucha mayor velocidad y flexibilidad de lo que es posible hoy en día.

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Todo esto está muy bien, pero hasta ahora el público y la industria solo disponían del arte conceptual del microrreactor. Hasta que Rolls-Royce desveló su maqueta del reactor de demostración que buscará respuestas a cómo generar calor, cómo transferirlo y cómo convertirlo en electricidad.

Hemos vuelto a 1997 y el agujero de la capa de ozono no deja de crecer

Los investigadores encontraron que el agujero de ozono tiene significativamente menos ozono que hace 19 años, con los niveles disminuyendo…

En los 90 se pasaron la década asustándonos con el agujero de la capa de ozono. Este agujero iba a terminar con la vida en la Tierra si no lo frenábamos. Por suerte, este se fue cerrando solo… o eso creíamos.

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Un gran agujero en la capa de ozono de la Antártida, que se creía que se estaba cerrando, podría estar ampliándose, según un nuevo estudio, lo que pone en duda que los esfuerzos mundiales por sanar la capa de ozono hayan tenido éxito después de todo.

La mayoría de los científicos no están de acuerdo. Los resultados, publicados en la revista Nature Communications, contradicen el consenso general de que el ozono se ha ido recuperando de forma constante en las últimas cuatro décadas.

Volviendo a finales de los 90

Mediante el análisis de los cambios mensuales y diarios en el ozono desde 2004 hasta 2022, los investigadores encontraron que el agujero de ozono tiene significativamente menos ozono que hace 19 años, con los niveles disminuyendo en un sorprendente 26%.

“Nuestro análisis terminó con los datos de 2022, pero a día de hoy el agujero de ozono de 2023 ya ha superado el tamaño de los tres años anteriores: a finales del mes pasado superaba los 26 millones de kilómetros cuadrados, casi el doble de la superficie de la Antártida”, dijo la autora principal del estudio, Hannah Kessenich, de la Universidad de Otago, en un comunicado sobre el trabajo.

El Protocolo de Montreal

Situada a varios kilómetros por encima de la superficie, en la estratosfera, la capa de ozono es esencial para la vida en la Tierra, ya que protege a nuestro planeta de la dura radiación ultravioleta del Sol.

Para protegerla, los líderes mundiales de las Naciones Unidas aprobaron en 1987 el Protocolo de Montreal, que marcó un hito al prohibir internacionalmente una sustancia química utilizada en los aerosoles, los clorofluorocarbonos (CFC), que los científicos habían descubierto años antes que estaba agotando la capa de ozono.

El tratado ha sido ampliamente aclamado como una gran victoria medioambiental. Este año, un informe de la ONU preveía que el ozono volvería a los niveles de los años 80 en 2040.

El frío es el culpable

Así pues, la prohibición de los CFC funcionó, pero puede que no sean los únicos culpables si queremos explicar este reciente ensanchamiento. En su lugar, los investigadores sugieren que el agotamiento del ozono también podría deberse al vórtice polar antártico, un remolino de baja presión de vientos fríos del oeste.

Hasta ahora, han observado una relación entre los cambios en el vórtice y la disminución del ozono, pero no pueden explicar por qué ocurriría esto.

Sin embargo, los colegas de los investigadores no están del todo convencidos. Martin Jucker, del Centro de Investigación del Cambio Climático de la Universidad de Nueva Gales del Sur, señala que la bibliografía existente ya ha descubierto que estos agujeros fueron causados por fenómenos climáticos como los incendios forestales de 2019 y una erupción volcánica masiva.

Aun así, acertados o no, los investigadores dicen que su trabajo resalta “la importancia del monitoreo continuo del estado de la capa de ozono”.

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¿Acabamos de encontrar un continente desaparecido hace 155 millones de años? Eso parece

Argolandia: millones de años de fisuras y rupturas, con los océanos ayudando continuamente a separar la tierra. Hemos descubierto algo que millones de años…

Pocas cosas nos despiertan más la curiosidad que encontrar vestigios de nuestro pasado. Un primo primate, un ciudad enterrada… o un continente perdido bajo el mar. Y no, no hablamos de Atlantis.

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La separación de Australia y el continente perdido de Argolandia hace 155 millones de años fue un gran acontecimiento. De hecho, fue tan dramática que los investigadores han tardado hasta ahora en localizar Argolandia, que formó parte del antiguo supercontinente Gondwana.

Aunque muchas otras masas de tierra vinculadas a Gondwana habían resultado más fáciles de localizar, ésta parecía haber desaparecido.

Cómo se descubrió Argolandia

Para encontrarla, los investigadores de la Universidad de Utrecht utilizaron información geológica de una profunda cuenca oceánica frente a Australia occidental (la llanura abisal de Argo) para descubrir pistas sobre lo que pudo ocurrirle a este trozo de continente de 4.000 km de largo después de separarse de Australia y quedar a la deriva. Tenía que haber ido a alguna parte.

Según el estudio publicado, el equipo cree haber localizado Argolandia en el sudeste asiático. El continente perdido parece estar completamente fragmentado, pero sigue existiendo.

Es una buena noticia, además, ya que el equipo se estaba quedando sin teorías. “De lo contrario”, escribieron los autores en un comunicado, “nos habríamos enfrentado a un gran problema científico”.

Gondwana tiene el potencial de convertirse en toda una zona de descubrimientos científicos. Según las principales teorías, este antiguo megacontinente fue lo bastante grande como para albergar Sudamérica, África, India, la Antártida y Australia. Al fragmentarse, los continentes se desplazaron y otras partes -como la recientemente cartografiada Zealandia, denominada el octavo continente del mundo- se separaron en el proceso.

Aunque muchas masas de tierra siguen flotando por encima de la superficie del océano, otras cayeron bajo las olas, ya fuera parcialmente, como en el caso de Zealandia, o totalmente, como en el caso de la Gran Adria. Y las que se sumergieron en el manto terrestre, como la Gran Adria, se plegaron en él para formar montañas.

Argolandia no se encontraba ni por encima ni por debajo del océano. “Si los continentes pueden sumergirse en el manto y desaparecer por completo, sin dejar rastro geológico en la superficie terrestre, entonces no tendríamos mucha idea de cómo podría haber sido la Tierra en el pasado geológico”, afirma Douwe van Hinsbergen, coautor del estudio. “Sería casi imposible crear reconstrucciones fiables de los antiguos supercontinentes y de la geografía de la Tierra en épocas pasadas”.

Pero van Hinsbergen y su colega Eldert Advokaat no renunciaron a la búsqueda de Argolandia; al fin y al cabo, sabían que existía, gracias a la cuenca oculta en las profundidades del oeste de Australia. “La estructura del fondo marino muestra que este continente debió de desplazarse hacia el noroeste”, escribieron los investigadores, “y debió de acabar donde hoy se encuentran las islas del sudeste asiático”.

Aun así, con tantas islas, Advokaat dijo que el equipo estaba teniendo problemas para encajar el rompecabezas. “La situación en el Sudeste Asiático es muy diferente a la de lugares como África y Sudamérica, donde un continente se partió en dos”, explica. “Argolandia se astilló en muchos fragmentos diferentes. Eso obstruyó nuestra visión del viaje del continente”.

Así que volvieron sobre los pasos de Argolandia: millones de años de fisuras y rupturas, con los océanos ayudando continuamente a separar la tierra.

Al final, el equipo se dio cuenta de que el redescubrimiento de Argolandia no iba a consistir en reconstruir una masa de tierra gigante, porque probablemente Argolandia nunca fue una masa de tierra.

En su lugar, es probable que fuera originalmente un “argopiélago” de fragmentos microcontinentales separados por antiguas cuencas oceánicas.

Se asemejaría más a la Gran Adria o Zealandia que a una India perfectamente formada, con la que limitó en su día como parte de Gondwana.

Y cuando Argolandia empezó a separarse de Australia y a desplazarse hacia el norte, la separación se hizo aún más complicada. La ya dispersa tierra parece haberse fragmentado en finas astillas que ahora descansan cerca de los sistemas geológicos del Himalaya y Filipinas.

“Argolandia está oculta”, dicen los autores, “bajo las verdes selvas de grandes zonas de Indonesia y Myanmar”. Parece que ahí es adonde va a parar un continente en medio de rupturas desordenadas.

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La solución para acabar con el absentismo escolar… es usar robots en la aulas: o eso creen en Japón

Una escuela japonesa recurre a los robots para combatir el absentismo escolar. Esta medida lo que intenta es animar a todos aquellos alumnos que…

La escuela de Kumamoto, en el suroeste de Japón, permitirá a los alumnos que no van a la escuela controlar robots de telepresencia en el aula. Esto es realmente curioso debido a que en Japón la escolarización de los menores roza el 100%… pero muchos han dejado de ir a la escuela tras la pandemia.

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Los responsables de la iniciativa confían en que la instalación anime a los alumnos a volver a clase, aunque la efectividad de la medida está por verse.

A partir de los dos próximos meses, se utilizarán dos robots para el programa piloto, cada uno de ellos con micrófonos, altavoces, cámaras y una tableta para permitir la comunicación bidireccional. El robot, de un metro de altura, será controlado desde casa por el alumno a través de un ordenador.

Con sus ruedas incorporadas, los robots podrán incluso desplazarse por la escuela, aunque hay que admitir que necesitarán ayuda a la hora de sortear obstáculos complicados, como las escaleras. Y es que en Japón son muy de robots, sobre todo de Gundams.

El problema en las escuelas fue agravado por la pandemia

Kumamoto, al igual que otras partes de Japón, lleva cuatro años registrando un aumento del absentismo escolar, atribuido en parte a problemas mentales y físicos surgidos durante la pandemia.

Los últimos esfuerzos de la ciudad por mejorar la situación han incluido la retransmisión de clases a domicilio en un aula virtual.

Aunque el sistema ha ayudado a reducir la ansiedad de los estudiantes reacios a asistir a clases en persona, se espera que los robots de telepresencia ayuden a aumentar la interacción entre los estudiantes en casa y los que están en el aula para que la experiencia resulte más natural y ayude a crear confianza para una posible vuelta a la escuela.

“Además de permitirles ver las clases, los robots permiten a los alumnos moverse libremente en el espacio y comunicarse con los demás a su antojo”, explican en el periódico local Mainichi. “Esperemos que esto pueda ayudar a reducir los obstáculos mentales de los estudiantes que no se animan a venir”.

Se espera que la prueba dure hasta marzo y proporcione a las autoridades datos suficientes para ver si merece la pena extender el sistema.

Aunque los robots de telepresencia existen desde hace tiempo, aún no han despegado a gran escala. Pero eso no ha impedido que grandes empresas como Honda exploren la tecnología.

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¿Sabes esos vasos de papel que se han puesto de moda tan eco? También son malos para el medio ambiente

Los microplásticos están por todas partes. En las montañas, en la nieve de la Antártida e incluso en la sangre humana. Y los vasos de papel tienen la…

Muchísimas empresas han abrazado el movimiento ECO para reducir su huella de carbono. Algunas con más fe que ganas, pero todo suma. O eso creíamos, ya que una de las prácticas más habituales de los restaurantes y bares parece ser perjudicial para el planeta.

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En los últimos años, las cadenas de restauración han cambiado sus vasos de un solo uso de plástico a papel para evitar la contaminación por plásticos y su acumulación en los vertederos.

Pero, según investigaciones recientes, el vaso de plástico con el que nos sentimos bien al salir de una cafetería tampoco es bueno para el medio ambiente. No podemos tener nada bueno, está claro.

Los vasos nunca son solo de papel

Un estudio publicado el mes pasado en la revista Environmental Pollution explica que los vasos de papel pueden filtrar materiales tóxicos al medio ambiente. Esto se debe a que los vasos de papel suelen estar recubiertos de una capa de ácido poliláctico, también conocido como PLA.

Se trata de un bioplástico que se presenta como una alternativa biodegradable al plástico tradicional. Sin embargo, unos investigadores descubrieron que causaba efectos nocivos para la salud en larvas de jejenes acuáticos.

Investigadores de la Universidad de Gotemburgo probaron los efectos de los vasos de plástico y los vasos de papel en las larvas de jején. Ambos tipos de vasos se introdujeron en agua o sedimentos durante un máximo de cuatro semanas.

A continuación, las larvas se introdujeron en acuarios que contenían el sedimento y el agua que antes contenían los vasos de plástico y de papel. El sedimento y el agua contaminados se analizaron por separado.

Descubrieron que los problemas de crecimiento y los retrasos en el desarrollo se observaban en entornos en los que las tazas se filtraban durante sólo una semana.

Los efectos negativos de la exposición aumentaron en el agua y los sedimentos que retuvieron los vasos de papel y plástico durante periodos más largos. Esto cuestiona la creencia de que los bioplásticos son más seguros.

El papel no es el problema, lo es el PLA

El PLA sí se descompone más rápido que el material plástico tradicional basado en combustibles fósiles, pero los resultados del estudio demuestran que no son mucho más seguros.

“Los bioplásticos no se descomponen eficazmente cuando acaban en el medio ambiente, en el agua”, afirma en un comunicado de prensa Bethanie Carney Almroth, profesora de la Universidad de Gotemburgo y autora del estudio. “Puede existir el riesgo de que el plástico permanezca en la naturaleza y los microplásticos resultantes puedan ser ingeridos por animales y seres humanos, al igual que ocurre con otros plásticos”. Los bioplásticos contienen al menos tantas sustancias químicas como el plástico convencional”.

Otros estudios previos han encontrado que el revestimiento de plástico en vasos de papel también puede crear microplásticos que entran en el líquido del vaso.

En 2019, un grupo de investigación con sede en la India llenó vasos de papel con agua caliente y descubrió que había una cantidad alarmante de partículas microplásticas en un vaso de papel después de llenar los vasos con líquidos calientes, informó Wired. Los investigadores descubrieron que había unas 25.000 partículas por vaso de 100 ml al cabo de 15 minutos.

Por desgracia, los microplásticos están por todas partes. En las montañas, en la nieve de la Antártida e incluso en la sangre humana. El mundo no necesita más microplásticos ensuciando los cursos de agua y otros entornos naturales.

Los investigadores afirmaron que una de las mejores formas de evitar la propagación de toxinas plásticas y microplásticos sería eliminar por completo los artículos de un solo uso.

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¿Recuerdas el mar de otro color? No estás loco

Los océanos situados en torno al ecuador han cambiado a un tono más verde, una tendencia que no puede explicarse sin la aparición…

Más de la mitad de los océanos del mundo han cambiado significativamente de color en los últimos 20 años, obviamente la culpa es del cambio climático.

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Los océanos situados en torno al ecuador han cambiado a un tono más verde, una tendencia que no puede explicarse únicamente por la variabilidad natural interanual. Hay algo más… llamado calentamiento global.

“Estamos afectando al ecosistema de una forma que no habíamos visto antes”, explica Alexandra Witze oceanógrafa y climatóloga del Centro Nacional de Oceanografía de Inglaterra.

La respuesta es biológica y es el fitoplancton

El color del océano cambia en función de lo que se encuentra en sus capas superiores, explican en Nature. Los océanos más azules suelen tener poca vida, mientras que los más verdes tienen más fitoplancton, algas marinas que realizan la fotosíntesis.

El fitoplancton es la base de la red trófica marina, pues sirve de combustible al zooplancton y a los peces, que a su vez son devorados por peces más grandes, aves marinas y mamíferos marinos.

Pero el fitoplancton también es fundamental para combatir la crisis climática. Los investigadores estiman que los océanos absorben alrededor del 30% del dióxido de carbono producido por los seres humanos, en gran parte gracias a la fotosíntesis de estas algas.

Los distintos tipos de plancton reflejan y absorben la luz de manera diferente, lo que significa que un cambio en el color del océano equivale a un cambio en el ecosistema.

Estos cambios podrían tener un efecto dominó en toda la cadena alimentaria e incluso afectar a la capacidad del océano para almacenar carbono.

Cael y sus colegas examinaron los datos del espectrorradiómetro de imágenes de resolución moderada (MODIS) del satélite Aqua de la NASA, que lleva 21 años vigilando el color del océano.

El equipo analizó mediciones de siete longitudes de onda visibles y descubrió que entre 2002 y 2022 se habían producido cambios de color en el 56% de los océanos, principalmente en las zonas tropicales y subtropicales. Los resultados se publicaron el miércoles en la revista Nature.

Para determinar si la tendencia estaba relacionada con el cambio climático, el equipo recurrió a un modelo creado por Stephanie Dutkiewicz, coautora del estudio, en 2019, que simulaba cómo responderían los océanos de la Tierra en dos escenarios: uno con gases de efecto invernadero añadidos y otro sin ellos.

Los resultados predichos en el modelo de gases de efecto invernadero se alinearon casi exactamente con lo que los investigadores encontraron a partir de datos del mundo real: en 20 años, alrededor de la mitad de los océanos cambiaron significativamente de color, según el comunicado del MIT.

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