Puede que sea el devenir de los tiempos o mera casualidad, pero años después de la polémica porque los Emmys solo habían premiado a personas blancas, este año la Academia ha vuelto a repetir la jugada en lo que se ha llamado Emmys So White 2. Había posibilidades para votar a intérpretes de otras razas, pero los 12 ganadores a mejor interpretación son todos blancos, algo que va acorde con quien está en el poder en la Casa Blanca pero debería hacer sonar sirenas de alarma por todo Hollywood.
So, so white
Es cierto, en honor a la verdad, que en la ceremonia de ayer sí que vimos un hecho inédito: Hiro Murai ganó el premio a mejor director por La maldición de Widow’s Bay, el primer director asiático en ganar en dirección de drama (y el tercer director asiático, en general, que se lleva algo en los Emmy tras Bronca y El juego del calamar). Pero no es suficiente.
En 2021 hubo 49 nominados de otras razas, y en 2026 ha bajado a 17. Es el clima político, son las ganas de molestar, nunca se sabe. Pero es bastante sintomático que de 60 nominados, 43 sean de la misma raza. Ojo, se lo merecen: nadie está cuestionando que Gary Oldman, Harrison Ford o Noah Wyle merezcan estar ahí, pero es sintomático que, por ejemplo, Ayo Edebiri se marchara a casa con las manos vacías.
Fue una pena que Oscar Isaac no pudiera llevarse su merecido premio por Bronca, aunque nos hubiera quitado el momentazo de Matthew Rhys subiendo dos veces a recoger el galardón (por actor en miniserie y en comedia), pero la pregunta no es si lo merecía más o menos: la que deberíamos hacernos es si esto es normal, va a ser el nuevo estándar y hasta cuándo va a durar antes de que las minorías puedan volver a alzar la voz. Porque los Emmy, como todos los premios, son un reflejo de la calle (o de lo que se supone que es la calle). Si es así, hemos dado mil pasos hacia atrás. Y no está claro que podamos volver hacia delante.