Tesla presentó hoy unos resultados trimestrales con luces y sombras. Le alcanzaron para batir las previsiones de beneficio, pero el dato que acabó tapando buena parte de las cifras fue otro: la compañía ya estudia de forma formal una posible fusión con SpaceX, la empresa espacial que también está bajo el control de Elon Musk.
Ahí estuvo el verdadero titular.
Musk, consejero delegado de Tesla, dijo que unir ambas compañías tiene “mucho sentido” y contó que tanto Tesla como SpaceX ya han puesto en marcha comités especiales formados por consejeros independientes para examinar la operación. También admitió que su conflicto de interés le impide involucrarse de lleno en el proceso.
La tesis estratégica que defendió pasa por un solapamiento cada vez mayor entre las dos empresas en áreas como la robótica, la arquitectura de chips y la fabricación avanzada.
Ese cruce ya existe en algunos frentes. Entre las colaboraciones en marcha aparece Terafab, una iniciativa vinculada a la producción de semiconductores, y varios analistas señalan también posibles sinergias en procesos industriales y en conectividad satelital para los vehículos de Tesla. Aun así, el propio Musk evitó entrar demasiado al detalle durante la conferencia con analistas. Dijo que ya había contado todo lo que debía contar y reconoció que estaba “pisando un campo de minas”.
El camino, en cualquier caso, sería cualquier cosa menos simple. La operación necesitaría el respaldo de 50 % de todos los accionistas de Tesla y, aparte, tendría que sortear dudas regulatorias en Estados Unidos por cuestiones de seguridad nacional, dado el peso de los contratos de defensa de SpaceX. A eso se suman las complicaciones derivadas de la presencia de Tesla en China, incluidas las exigencias locales sobre gestión y localización de datos.
Y luego está la objeción de siempre en Wall Street: una gran compra puede terminar destruyendo valor para el accionista si las sinergias prometidas se quedan en promesas. Algunos expertos añaden otra inquietud, una concentración todavía mayor de poder alrededor de Musk.
En el frente puramente financiero, Tesla registró en el tercer trimestre unos ingresos de 28.050 millones y un beneficio por acción ajustado de 0,48. El beneficio quedó por encima de lo que esperaba el mercado, mientras que la facturación se movió prácticamente en línea con las previsiones y ligeramente por debajo de los 28.230 millones del trimestre anterior.
La parte menos favorable volvió a ser el automóvil. Los ingresos del negocio cayeron un 3 % frente a hace un año y las entregas se situaron en 486.532 vehículos, un 2 % menos interanual, según los datos de la propia Tesla. La compañía, eso sí, puso el foco en otras cifras: la mayor cartera de pedidos de los últimos cuatro años, una adopción de Full Self-Driving (Supervised) por encima del 75 % en los coches nuevos vendidos en Norteamérica y 1.530 millones de flujo de caja libre, muy por encima de lo que calculaban muchos analistas.
La idea de una integración también gana fuerza por el momento que atraviesa SpaceX. Según las cifras citadas durante la conferencia, la compañía habría firmado su primer beneficio trimestral: 4.400 millones netos sobre ingresos de 14.600 millones, con un salto interanual del 161 % impulsado por la conectividad y los servicios espaciales.
Con Tesla intentando recuperar tracción en automoción y SpaceX llegando desde una posición de fortaleza, hablar de una fusión ya no suena a simple provocación. Lo que nadie sabe todavía es cuándo, si es que ocurre, esa posibilidad pasará a una fase formal.