El 4 de octubre de 1957 la Unión Soviética lanzó al espacio la nave Sputnik 1, que marcaba, sin saberlo, el inicio de la era espacial. En Estados Unidos, que sentían que se estaban quedando muy atrás respecto al descubrimiento del espacio, aceleraron las máquinas para fundar, apenas ocho meses después, la NASA. Durante los años 60 no se hablaba de otra cosa en el país, especialmente desde que llegaron a la luna. Eso sí, Neil Armstrong y compañía lo hicieron con un logotipo pintado en el cohete que, siendo generosos, no gustaba a todo el mundo.
Los albóndigas se van al espacio
James Modarelli, uno de los trabajadores de la organización gubernamental, creó en 1959 la insignia con la que todos reconocemos la NASA y que allí conocieron, de manera muy poco ceremoniosa, como “la albóndiga”. Pero lo cierto es que, por mucho que no gustara en el momento, desde el punto de vista del márketing es perfecto porque lo tiene todo: las estrellas representan el espacio, la V roja las aeronáuticas, la órbita circular alrededor del nombre el viaje espacial, y su forma redonda un planeta. Pensada está, desde luego.
Pero en 1975, decidieron que ya era hora de acabar con “la albóndiga” y pasar a un logotipo más moderno: la agencia viró al llamado como “gusano”, un logotipo rojo en el que solo se leía la palabra “NASA” sin las barras horizontales de la A. Lo intentaron, sí, pero a nadie le gustó demasiado, pero la insistencia por no volver al logotipo original hizo que durara hasta 1992.

Tuvieron que aceptarlo: a la gente le gustaba la albóndiga, representaba los mejores días de la organización y, de hecho, se ha convertido en el logotipo oficial de la NASA desde entonces, a pesar de que tienen diferentes iconos para cada uno de sus proyectos. 65 años después, la obra de Modarelli continúa vigente. Por cierto, el autor se retiró en 1979 y vivió hasta 2002, suficiente para ver su icono donde debía estar: en primera plana.