La Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (NSA), junto con otros organismos públicos, hospitales y aseguradoras, ya está comprobando algo muy concreto: poner en marcha esta nueva generación de herramientas de automatización y análisis cuesta bastante más de lo que se había calculado.
La idea de hacer más con menos se está topando con una realidad mucho más cara. Y esto ya no es un problema reservado a las grandes tecnológicas.
En sectores donde la precisión, la trazabilidad y la seguridad no son opcionales, estos sistemas de automatización y análisis están empujando al alza tanto los costes operativos como las inversiones de capital.
En algunos casos, los contratos y los planes de gasto ya se mueven en cifras de 5.700 millones, y esas facturas incluyen de todo: centros de datos, servicios en la nube, auditorías, protección de datos y la contratación de talento escaso.
Porque aquí no basta con comprar software. Para que estas herramientas de automatización y análisis funcionen a gran escala hacen falta servidores más potentes, más capacidad de almacenamiento, redes más rápidas y un consumo eléctrico mucho mayor. A eso se suman más licencias, más servicios externos, pruebas de fiabilidad y equipos legales y de cumplimiento normativo.
La eficiencia prometida, al final, llega con una factura de entrada muy alta. Y en muchos casos también trae costes recurrentes que no se evaporan con el tiempo.
Cada nueva función pide más datos, más supervisión y más controles para evitar errores, sesgos o fallos de seguridad.
En la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (NSA), la presión todavía es mayor. Los sistemas que manejan información sensible no pueden trasladarse sin más a plataformas comerciales, así que hay que levantar entornos protegidos, con requisitos de seguridad extremos y personal con acreditaciones específicas. Y no hablamos solo de potencia de cálculo: también hacen falta auditorías, segmentación de redes, protección frente a intrusiones y cadenas de suministro verificadas.
En los hospitales pasa algo parecido, aunque por motivos distintos. Ven margen para automatizar documentación clínica, apoyar diagnósticos o gestionar citas, pero integrar esas funciones con historiales médicos y sistemas heredados resulta caro y lento.
Además, cualquier herramienta tiene que pasar validaciones adicionales para no poner en riesgo la seguridad del paciente. A eso hay que añadir costes menos visibles, pero muy reales, como la formación de médicos y personal administrativo, el almacenamiento de grandes volúmenes de datos y el refuerzo de la ciberseguridad.
Las aseguradoras, por su lado, quieren acelerar la gestión de siniestros, detectar fraude y mejorar la atención al cliente.
Pero el retorno no siempre llega enseguida. Los nuevos sistemas exigen supervisión humana, revisiones periódicas y mecanismos para justificar decisiones ante reguladores y clientes, así que una tecnología pensada para recortar costes puede, al menos en una primera fase, hacerlos subir. Y cuando eso pasa en sanidad, seguros o seguridad nacional, la factura termina cayendo sobre las primas, los presupuestos públicos o nuevas rondas de inversión. la próxima gran batalla tecnológica no va a ser solo por innovar, sino por ver quién puede pagarla.