Hace ya tiempo que incluso los fans a ultranza de Los Simpson estamos cansados. Hemos visto los mismos episodios mil veces y seguimos encontrando nuevos gags, pero la serie se ha quedado encallada, en sus capítulos modernos, en un mar de mediocridad del que se solo se salvan episodios contados como Pixelados y temerosos o Un Flanders serio (si no los has visto, ya tienes deberes). La serie ha descubierto que es mejor cuando se referencia a sí misma o cuando rebusca en el pasado para sorprender a los únicos espectadores que quedan: los de toda la vida. Y en esta línea, el último especial exclusivo para Disney+ ha lanzado una pequeña historia que va a hacer las delicias de todos los seguidores que llevamos décadas con sus aventuras.
Así no fuimos
En medio de la temporada 2 de Los Simpson, en un 1991 recién comenzado, Homer y Marge contaron la historia de cómo se conocieron en el instituto en 1974. El episodio se llamó Así como éramos, fue un sólido éxito y sentó las bases de la historia de amor de los padres de la familia, que muchas personas no entendían. Han pasado 35 años desde su emisión, y Los Simpson no solo sigue en pie, sino que ha vuelto a su estilo de animación clásico para contar un universo alternativo en el que Marge no existía, Homer nunca se casó y se hizo millonario a su pesar.
El episodio en cuestión se llama Yellow Mirror, y utiliza la excusa de Black Mirror para contar dos historias “extrañas” sobre la familia, al estilo de los especiales de Halloween. El segundo es una rebelión de las tablets contra el pueblo comandada por una Maggie Simpson que definitivamente no ha entendido que los niños deben estar sin pantallas y que, francamente, adolece de muchísimos problemas de la serie moderna. Pero el primero, ay el primero, es una absoluta gozada. En él tenemos un universo alternativo en el que Homer, harto de escuchar otra vez la historia de cómo se conocieron, se queda mirando muy de cerca una lámpara hasta descubrir, en pleno flashback, que se golpeó contra la pared (chiste que, efectivamente, está en el episodio original)… y al despertar, había imaginado toda su vida.
Todas las tramas de Los Simpson, incluyendo aquella en la que Bart tiene un elefante, habían ocurrido en su imaginación, y, cual Matt Groening enajenado, crea una serie con esa familia con la que convivió, en su mente, durante años: los Sadson. Es, al mismo tiempo, una celebración del legado de Los Simpson, una historia triste, una reflexión sobre la fama y un episodio repleto de gags como hace tiempo que no veíamos. Al final, Homer se convierte en una especie de creador absoluto, loco, enajenado, dispuesto a lo que sea por volver a su vida normal, esa que tan solo soñó. ¿O quizá no?
No es la primera vez que la serie juega consigo misma (ahí está el famoso “episodio final”, o aquella vez que Anonymous “hackeó” la señal), pero sí es cierto que, en el mar de mediocridades al que nos ha acostumbrado temporada tras temporada, es agradable ver que Los Simpson puede hacer algo más que episodios repetitivos con chistes mediocres. En su día fueron los reyes, y este capítulo demuestra que todavía podría seguir siendo así. Solo necesitan un poquito de esfuerzo y recordar que el corazón de la serie nunca fueron los chistes de violencia física, sino una familia que, pese a todo, se quiere. No hace falta darse un golpe en la cabeza y reescribir el pasado para saberlo, pero ojalá les sirva para darle una vuelta.