Bombazo: el CEO de Intel se retira tras llevar a la empresa al borde la quiebra

Pat Gelsinger pasó la mayor parte de su carrera en Intel y regresó en 2021 para dar un giro a la empresa. Ahora dice que se jubila, con efecto inmediato, tras llevar a Intel a abandonar el Índice Down Jones y caer más de un 60% de valoración bursátil en tres años.

El consejero delegado de Intel, Pat Gelsinger, se ha retirado tras más de cuatro décadas en la compañía y ha dejado el consejo de administración con efecto a partir del 1 de diciembre de 2024.

Había vuelto a la compañía como CEO en febrero de 2021, tomando el relevo de Bob Swan para dar un giro al ya de por sí difícil fabricante de chips, un esfuerzo que no ha salido como estaba previsto.

Los errores imperdonables de un CEO que no ha podido liderar su empresa

En su espalda descansan errores como desaprovechar el auge de la inteligencia artificial que impulsó el ascenso de Nvidia, no lanzar nuevas tecnologías a tiempo y ha tenido problemas recientes de inestabilidad de la CPU.

La situación de Intel es tan crítica en los últimos meses que incluso empresas históricamente menores, como Qualcomm, han intentado comprar al gigante de los chips americano.

Por ahora, el director financiero de Intel, David Zinsner, y la directora general de Intel Products, Michelle Johnston Holthaus, ejercerán de codirectores generales mientras la junta busca un nuevo líder. Frank Yeary, presidente independiente del consejo de Intel, asumirá el papel de presidente ejecutivo interino.

“Dirigir Intel ha sido el honor de mi vida – este grupo de personas está entre los mejores y más brillantes del negocio, y me siento honrado de llamar a todos y cada uno colegas”, ha escrito hoy Gelsinger en el comunicado de prensa.

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“Hoy es, por supuesto, un día agridulce, ya que esta empresa ha sido mi vida durante la mayor parte de mi carrera profesional. Puedo mirar atrás con orgullo por todo lo que hemos logrado juntos. Ha sido un año difícil para todos nosotros, ya que hemos tomado decisiones difíciles, pero necesarias para posicionar a Intel en la dinámica actual del mercado”, continúa el ahora exCEO de Intel en su carta. ¿Veremos el resurgir de Intel con la llegada de un nuevo CEO?

Este precioso vídeo de la Tierra desde la Estación Espacial Internacional es tu momento relax del día

En su cuarto viaje a la órbita, el astronauta de la NASA Don Pettit ha compartido algunas imágenes maravillosas captadas desde la Estación Espacial Internacional (ISS) desde su llegada allí en septiembre de 2024.

Su último trabajo muestra estrellas lejanas, las luces de la ciudad en la Tierra a unos 250 kilómetros por debajo, y lo que él describe como luciérnagas cósmicas, pero que en realidad son satélites de Internet Starlink desplegados por la compañía SpaceX de Elon Musk.

Como señala Pettit en Twitter, los destellos de luz son luz solar que se refleja en los pequeños satélites Starlink mientras orbitan la Tierra a más de 160 kilómetros por encima de la estación espacial.

Casi 7.000 satélites de Starlink en cinco años

Tras el despliegue de los primeros satélites Starlink en 2019, SpaceX ya ha enviado más de 6.700 a la órbita terrestre baja. Actualmente tiene permiso para desplegar hasta 12.000 de los satélites, pero su objetivo es enviar hasta 42.000 a órbita.

Esto significa que el número de avistamientos de satélites desde la ISS no hará, sino aumentar en los próximos años, a un ritmo incluso mayor que el actual si se tiene en cuenta que otras empresas como Amazon también quieren enviar pequeños satélites a órbita como parte de sus propias iniciativas de Internet desde el espacio.

Y no solo los astronautas pueden ver los satélites de SpaceX. Los astrónomos llevan tiempo quejándose de que la luz solar que destella en los satélites Starlink, interfiere con su capacidad de utilizar telescopios terrestres para ver el espacio profundo.

De hecho, el problema parece haber empeorado desde que SpaceX comenzó a desplegar la nueva versión V2 del satélite Starlink en febrero del año pasado, y también se ha informado de perturbaciones en las observaciones radioastronómicas debidas a la radiación electromagnética emitida por los satélites.

Con SpaceX lanzando unos 40 satélites Starlink de segunda generación cada semana, los astrónomos han advertido de que el problema es cada vez más grave.

SpaceX ha estado trabajando para abordar las preocupaciones de los astrónomos, pero a pesar de los esfuerzos, algunos astrónomos siguen siendo escépticos sobre la eficacia de estas medidas, en particular para la radioastronomía.

Este avión de la NASA no triunfó por un motivo: tenía las alas hacia atrás

El Grumman X-29 parece un avión que un niño que montó una maqueta de avión sin leer las instrucciones, de ahí que las alas del avión estuvieran, por primera vez, puestas en el sentido contrario. Querido lector, no siempre hay que innovar.

Este modelo solo se puede ver en el Museo Nacional de las Fuerzas Aéreas de Dayton (Ohio) o el Centro de Investigación de Vuelo Armstrong de la NASA en Edwards (California), donde hay prototipos de uno de los aviones más extraños que nunca han salido de la mesa de dibujo.

Para quien no lo conozca, este avión (el Grumman X-29 de las Fuerzas Aéreas estadounidenses) nació durante la década de los 80 y es un caza que su mayor atractivo es que tiene las alas al revés. Vamos a contar su historia.

¿Cuándo surgió la idea de las alas invertidas?

En los años 30, los ingenieros aeronáuticos jugaban con todo tipo de alas. Había alas de caja, alas de tubo, alas en voladizo, alas giratorias y alas que parecían persianas venecianas. Si podías imaginar un ala, alguien la estaba construyendo. Esto, de forma general, es la mejor forma de romper con lo establecido.

Una propuesta era barrer las alas hacia delante en lugar de hacia atrás. La idea era que un ala de este tipo invertiría el flujo habitual sobre ella. Mientras que en un ala con barrido hacia atrás el aire fluye de la raíz a las puntas, en un ala con barrido hacia delante el aire fluye de las puntas a las raíces. Esto reduce la resistencia, aumenta la maniobrabilidad y permite volar con un ángulo de ataque más pronunciado.

Como explican en New Atlas, el concepto fue puesto en práctica por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial con el bombardero táctico a reacción Junkers Ju 287. Más tarde se incorporó al avión civil Hansa Jet HFB-320 en la década de 1960, pero en ambos casos las alas estuvieron lejos de ser un éxito debido a la tendencia de las alas a ser inestables debido a la excesiva flexión del ala.

Cómo en 1970 se consiguió la tecnología para el diseño final del X-29

En la década de 1970, DARPA, las Fuerzas Aéreas de EE.UU. y la NASA decidieron volver a estudiar el concepto gracias al desarrollo de nuevos compuestos de carbono que prometían hacer más rígidas las alas inclinadas hacia delante sin añadir demasiado peso.

El resultado fue el X-29, que voló por primera vez en 1984 y sirvió de banco de pruebas hasta 1992. Se construyeron dos prototipos y desde el principio tenían un perfil extraño pero familiar.

Las extrañas alas estaban situadas muy atrás en el fuselaje y, en lugar de estabilizadores de cola, tenían alerones situados delante de las alas. La familiaridad se debía al hecho de que los diseñadores ahorraron dinero basando el diseño en el fuselaje de un F-5 Freedom Fighter con el tren de aterrizaje de un F-15.

El X-29 tenía unas prestaciones muy decentes. Su motor General Electric F404-GE-400 producía un máximo de 16.000 libras de empuje, lo que le daba una velocidad máxima de Mach 1,5, un techo operativo de 50.000 pies (15.000 m) y una autonomía de alrededor de una hora de vuelo.

Sin embargo, como era de esperar, era muy inestable. Y esta inestabilidad lo hacía muy difícil de pilotar.

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La respuesta de Grumman al antisocial grado de inestabilidad aerodinámica del X-29 consistió en instalar un sistema de última generación que corregía el vuelo de la nave 40 veces por segundo.

En muchos sentidos, el X-29 fue un gran éxito, ya que proporcionó a los ingenieros estadounidenses montones de datos que se utilizarían en posteriores diseños de aviones. Sin embargo, el diseño del ala no triunfó y murió con el X-29.

Nos toca ir despidiéndonos de las Voyager de la NASA tras casi 50 años de vuelo espacial

Para quienes no las conozcan, son las sondas más antiguas y distantes construidas por el ser humano que siguen activas. También son las únicas sondas que han abandonado nuestro sistema solar y se han adentrado en las vastas extensiones del espacio.

Y a diferencia de muchas otras sondas, estas siguen funcionando no gracias a la energía solar, como el resto, sino por la energía nuclear. Pero en algún momento, su misión terminará. Y justo ahora es buen momento para recordarlo.

Las Voyager comenzaron como misiones planetarias. Su objetivo era llevar a cabo el llamado Gran Viaje Planetario, es decir, visitar los cuatro planetas exteriores del sistema solar mediante una serie de sobrevuelos. Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno conocieron una nueva cara gracias a las cámaras robóticas de las sondas y a sus numerosos instrumentos científicos.

Todo lo que sabemos de Urano y Neptuno es gracias a las Voyager

Los gigantes helados Urano y Neptuno, en particular, fueron estudiados por primera y única vez en la historia por la Voyager 2, mientras que las exitosas observaciones de Júpiter y Saturno sirvieron de base para posteriores misiones interplanetarias a estos mundos, como Galileo, Juno y Cassini-Huygens. La Voyager 1, por su parte, tenía como objetivo principal Titán, la mayor luna de Saturno y uno de los satélites más intrigantes del sistema solar exterior.

Una vez finalizados los viajes planetarios de las Voyager, fue posible iniciar una nueva fase de la misión. Tras sus últimas paradas planetarias, ambas sondas alcanzaron la velocidad de escape para el sistema solar, lo que les permitió liberarse de la gravedad del sol.

Desde 2012, en el caso de la Voyager 1, y desde 2018, en el de la Voyager 2, han pasado a ser interestelares. Lo sabemos porque después de esas fechas, los sensores de las sondas mostraron que las partículas cargadas procedentes del sol se volvieron menos numerosas y energéticas que las detectadas en el entorno galáctico. Se trataba de una oportunidad de oro para estudiar los límites del sistema solar y el entorno fuera de él.

Un corazón atómico, su secreto de la longevidad

Alcanzar tal distancia solo es posible con la fuente de energía adecuada. Muchas sondas utilizan paneles solares, pero si se alejan demasiado del sol, se vuelven inútiles (la sonda más lejana que los utiliza es la Juno, que orbita alrededor de Júpiter).

El secreto de las Voyager reside en su corazón atómico: ambas están equipadas con tres generadores termoeléctricos de radioisótopos, o RTG, pequeños generadores de energía que pueden producir energía directamente a bordo. Cada RTG contiene 24 esferas de óxido de plutonio-238 con una masa total de 4,5 kilogramos.

El plutonio-238 es un isótopo inestable, lo que significa que sufre desintegración radiactiva. Los átomos de plutonio de los RTG liberan partículas alfa (compuestas por dos protones y dos neutrones) que chocan contra el contenedor del RTG y lo calientan. El calor se transforma en electricidad.

Pero con el paso del tiempo, el plutonio a bordo se agota y las RTG producen cada vez menos energía. Las Voyager se están muriendo lentamente. Las baterías nucleares tienen una vida útil máxima de 60 años.

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Con el fin de conservar la energía restante de las sondas, el equipo de la misión está apagando gradualmente los diversos instrumentos de las sondas que aún están activos.

Quedan cuatro instrumentos activos, incluyendo un magnetómetro, así como otros instrumentos utilizados para estudiar el entorno galáctico, con sus rayos cósmicos y su campo magnético interestelar. Pero estos están en sus últimos años. En la próxima década, los 2030, las baterías de ambas sondas se agotarán para siempre.

¿Pensando en unos AirPods estas navidades? Esto es todo lo que sabemos de los futuros AirPods Pro 3

Los AirPods se han convertido en uno de los regalos de Navidad preferidos. Con cada generación, Apple ha mejorado la calidad de sonido, el diseño y la conectividad, convirtiendo a estos auriculares en un estándar. Este año, aunque hemos visto la llegada de los nuevos AirPods 4 y una actualización para los AirPods Max, los esperados AirPods Pro 3 aún no están aquí. Así, sobre todo si estamos pensando en unos AirPods para estas navidades, veamos qué podemos esperar de esta próxima generación.

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Los AirPods Pro 3 llegarán en otoño de 2025

La primero y más importante es saber cuándo veremos los AirPods Pro 3. Según los rumores, el lanzamiento de esta nueva generación está previsto para el otoño de 2025. Si nos fijamos en las versiones anteriores, Apple parece preferir los meses de septiembre u octubre —junto a los iPhone— para este tipo de presentaciones. La espera es, por lo tanto, considerablemente larga.

El diseño de los AirPods Pro 3 promete ser el primero en cambiar de manera importante desde la presentación de los originales en 2019. Aquí esperamos mayor comodidad, así como un mejor ajuste. Este último se traduce en un mejor sellado del canal auditivo, con lo que la calidad del sonido y el aislamiento de ruidos mejorará.

El corazón de esta nueva generación será el chip H3, que mejorará en el sonido y en la cancelación de ruido. El salto del H1 al H2 trajo una cancelación que duplicó la efectividad y un rango de frecuencias mucho más rico. Con el H3, podemos esperar aún más refinamiento en el audio y novedades en funciones como el Modo Transparencia.

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Para terminar, los rumores apuntan a que los AirPods Pro 3 integrarán nuevas capacidades de salud. Apple está trabajando, hasta donde sabemos, en sensores para medir la temperatura corporal con precisión. Dato que puede apoyar a más funciones y monitorización de nuestra salud.

Con todo, si tenemos en mente renovar nuestros AirPods, quizá nos preguntemos si deberíamos esperar hasta el 2025. La respuesta dependerá de nuestras necesidades, pero lo que está claro es que los AirPods Pro 3 parecen estar diseñados para marcar un antes y un después.