Christopher Nolan ya tiene en marcha su ambiciosa adaptación cinematográfica de La Odisea, el poema atribuido a Homero, y todo indica, al menos de momento, que la película no va a limitarse a trasladar el texto original tal cual.
El cambio de formato obliga a cortar, condensar y reinterpretar. Por eso la conversación ya se ha encendido entre los aficionados al cine épico, los lectores de literatura clásica y también el público más amplio, el que quizá no tenga el poema fresco pero sí reconoce el peso del mito.
La gran cuestión, en realidad, no es si habrá cambios, sino cuántos habrá y hasta dónde llegarán a la hora de modificar la historia de Odiseo para una audiencia de hoy.
La Odisea no funciona como una aventura lineal al uso.
Homero arma el regreso de Odiseo a Ítaca con saltos en el tiempo, relatos metidos dentro de otros relatos y una carga poética enorme. Nolan, por su parte, suele moverse bien en estructuras complejas, sí, pero siempre muy enfocadas en la tensión narrativa y en el golpe visual. Ahí asoma ya una primera diferencia importante: el ritmo.
En una película comercial, además, cuesta imaginar que episodios como los feacios, las digresiones largas sobre linajes o parte del contexto político conserven el mismo peso que tienen en el poema. Lo más lógico es pensar que varios pasajes se comprimirán o directamente desaparecerán para dejar sitio a los momentos más reconocibles del viaje: el cíclope Polifemo, las sirenas, Circe, Escila y Caribdis, o el regreso final al hogar.
Hay otro cambio que casi se da por hecho y tiene que ver con el reparto de personajes. La Odisea está llena de dioses, monstruos, reyes, criados, guerreros y familiares; muchos aparecen poco, pero cumplen una función que importa dentro del conjunto. En cine, eso suele acabar en fusiones de personajes o, sin más, en eliminaciones.
Y luego están los dioses.
Todavía está por ver cuánto espacio les dará la película. En el poema, Atenea, Poseidón y Hermes intervienen de forma decisiva, pero una adaptación moderna puede optar por reducir su presencia o llevarla a un terreno más simbólico, más pegado a una lectura terrenal del viaje. Si ocurre así, cambia algo central del texto de Homero: el equilibrio entre el destino impuesto por los dioses y la capacidad humana para resistir, decidir y sobrevivir.
La espera de Penélope y la evolución de Telémaco también son piezas fundamentales en el original, aunque muchas versiones audiovisuales han tendido a cargar el peso casi por completo sobre la aventura de Odiseo.
Si Nolan va por ahí, la película podría recortar parte del desarrollo doméstico y político en Ítaca para no apartarse del viaje. Y el desenlace también es delicado: la venganza contra los pretendientes, en el poema, es brutal, larga y casi ceremonial; en pantalla podría resolverse como una secuencia más directa o como un final con otro tono, menos ritual y más emocional.
Conviene partir de una idea sencilla: adaptar no es copiar.
Nolan no parece interesado en ilustrar el poema verso a verso, sino en convertirlo en un gran espectáculo cinematográfico con identidad propia. Eso puede entusiasmar a una parte del público y, claro, sacar de quicio a los más purpuristas.
Quien llegue esperando fidelidad absoluta a Homero se va a encontrar con diferencias inevitables. Quien solo quiera una epopeya con sello blockbuster quizá vea en esos cambios justo lo más atractivo del proyecto. De momento, todavía no se sabe qué episodios y qué personajes acabará conservando la película.