Monster Hunter Wilds ha dejado una huella notable no solo en el mundo de los videojuegos, sino también en la gastronomía real, despertando anhelos culinarios entre sus jugadores. Tras el lanzamiento del videojuego, un restaurante nepalés en Tokio, Salam Namaste, casi se quedó sin queso debido a un aumento en la demanda de su famoso naan con queso. La cuenta oficial del restaurante agradeció a Monster Hunter por el inesperado aumento en clientes, reflejando cómo el título de Capcom ha influido significativamente en los apetitos de los fanáticos.
Un juego que pone muchísimo atención en los detalles
Las redes sociales en Japón han sido testigo de un fenómeno donde los anhelos por la comida del juego se han vuelto virales, con numerosos jugadores compartiendo sus ganas de probar los exquisitos platos que adornan las pantallas de Monster Hunter Wilds. Durante un evento previo al lanzamiento, el director artístico y ejecutivo Kaname Fujioka destacó el esfuerzo técnico que se exigió para presentar las comidas de forma tan deliciosa, subrayando la importancia del diseño gráfico en la experiencia del jugador.
A pesar del éxito rotundo de Wilds, ha habido repercusiones en la industria de los videojuegos en Japón. Algunas desarrolladoras han reportado una disminución en sus ventas en Steam, similares a lo que se vivió tras lanzamientos anteriores como Dragon Quest. Un equipo de desarrollo incluso expresó que “no han vendido un solo juego” desde que Monster Hunter Wilds salió al mercado, un indicativo del impacto que tiene esta franquicia en el sector.
Además, la comunidad de jugadores ha comenzado a adoptar modificaciones, como un nuevo mod que permite cambiar la apariencia de sus personajes gratuitamente, desafiando el contenido adicional de pago que ofrece Capcom. Este tipo de iniciativas no solo demuestra la creatividad de la comunidad, sino que también refleja el deseo de los jugadores de personalizar su experiencia de juego sin restricciones financieras.
Una lista de esos platos anti-gourmet con los que llevamos viviendo más de 40 años
Todo empieza con Pac-man. Siempre, así, en general, cada vez que vas a hablar de la historia de los videojuegos, siempre hay un nexo de unión con la bola amarilla comiendo pastillas y perseguida por fantasmas. En este caso, es el primer juego de la historia en el que la gastronomía tiene algún tipo de importancia. Vale, sí, comer círculos amarillos puede no ser la cosa más foodie del mundo, pero en aquella época era lo que había. De hecho, no es tan diferente de los caramelos de Candy Crush, que aún se juega ahora.
Pero los videojuegos también han mostrado comida de dudosa calidad a la que, francamente, no te recomendamos acercarte. Vamos a hacer una lista de esos platos anti-gourmet con los que llevamos viviendo más de 40 años. Preparaos para que se os cierre el apetito.
5-Comida para perro (‘Wolfenstein: the new order’)
Lo entendemos. Estás en la guerra, tu salud está baja y cualquier cosa puede regenerarte, pero, por mucha hambre que tengas, la comida para perro quizá no es la mejor solución. ¡O quizá sí! Todo sea que David Muñoz y compañía decidan que es una idea buenísima para abaratar costes con un producto proteico de alto standing…
4-Harina (‘Fire Emblem Echoes: Shadows of Valentia’)
Será por posibilidades a la hora de comer, desde fruta hasta chocolate pasando por carne, cocido o arroz con curry. Bueno, pues algunos miembros de tu equipo en esta entrega de ‘Fire Emblem’ han marcado como su comida favorita… la harina. No, no el pan ni la pizza: la harina cruda. ¿Alguna vez la has probado por curiosidad? Spoiler: es asqueroso.
3-Yogur con sabor a trucha (‘Earthbound’)
Es un chiste, sí, pero eso no nos hace dejar de tener arcadas ante la idea de alguien deseando que en Danone se vayan poniendo las pilas con el sabor a trucha dentro de tu yogur de confianza. No es menos cierto que también ofrecen deliciosa gelatina con sabor a cerdo a lo largo de tu partida. Por favor, que alguien vaya a hacer un lavado de estómago a los desarrolladores.
2-Pastel de tomate (‘Final Fantasy XV’)
Una cosa es el pa amb tomàquet catalán que todos amamos, respetamos y degustamos (y que en el resto de España se conoce como “pan tumaca” para enfadar a quienes vayan de visita desde Barcelona)… Y otra este pastel hecho de tomate fresco y servido con dos tomates cherry al lado. De hecho, los fans que han probado a hacerla en la vida real han dicho que sabe absolutamente asquerosa. No hacía falta la prueba empírica, sinceramente.
1-La comida de Marguerite Baker (‘Resident Evil 7’)
Lógicamente, comer restos humanos tenía que estar en el top 1. Pero es que, además, no están preparados con nada de gusto ni parecen medianamente apetecibles: la comida de Marguerite Baker en ‘Resident Evil 7’ es simplemente asquerosa a todos los niveles, uno de estos momentos en los que solo quieres que todo se acabe lo antes posible para ir a la cama, llorar y no volver a probar bocado en veinte días.
El resultado fue que cualquier persona pudiera usar esos códigos tantas veces como quisiera. Compra una pizza, consigue doscientas gratis
Las dos palabras más bonitas que alguien te puede decir no son “Te quiero”, sino “Pizza gratis”. Cero dudas, muchas pruebas. No en vano es la comida perfecta, esa que gusta a absolutamente todo el mundo y que solo trae peleas por la piña o las anchoas como topping (algo que, todo sea dicho, te define como persona). ¿Qué pasaría, entonces, si de pronto todo un país tan grande como Estados Unidos descubriese al mismo tiempo que puede tener todas las pizzas que quiera sin pagar un solo dólar? Ya os lo digo yo: el caos.
Todo empezó a inicios de octubre, cuando Domino’s Pizza lanzó una típica promoción sin mayor importancia: “Pizza de Emergencia”. Se trataba de algo muy simple: todo el mundo que pidiera una pizza determinada de entre una variedad de opciones recibiría un código que podía canjearse por otra pizza mediana más adelante. Un 2×1 de toda la vida, solo que con un giro. Bueno, nada del otro mundo, ¿verdad?
Pero alguien en el equipo de márketing, de testeo o de programación metió la pata y el resultado fue que cualquier persona pudiera usar esos códigos tantas veces como quisiera. Compra una pizza, consigue doscientas gratis. El jueves, la gente compartiendo códigos ya era tendencia en redes sociales y, por supuesto, en la calle: las colas empezaban a llenar las calles, los comensales pedían las pizzas por decenas desde casa y nadie daba abasto dentro de las tiendas. El colapso, vaya.
Mientras tanto, en las oficinas de Domino’s sonaron todas las alarmas y se empezó a investigar de boca de quién había salido por primera vez (aparentemente, fue un empleado en Reddit cansado de la empresa). Según fueron contando, hubo gente que pidió 58 pizzas, tiendas que sirvieron 170 en hora y media… Os podéis imaginar el caos interno sin unas pautas claras que seguir. En unos pocos días podrían haber llegado a la bancarrota más absoluta por un fallo de márketing tan delicioso como brutal.
Los jefes empezaron a mandar mensajes a los empleados prohibiéndoles servir pizzas gratis (unos lo hicieron, otros no) antes de que un informático, metiendo horas extras, consiguiera arreglar el problema. El colapso de la civilización moderna podría haber llegado por culpa de un montón de pizza gratuita. La verdad, no lo esperaba de otra manera.
Debería añadir una nueva prueba a sus locuras algo estomagantes: sobrevivir comiendo en una de sus cadenas de comida rápida.
Seguro que en un momento u otro has dado con un vídeo de Mr. Beast, el youtuber que cura la vista a ciegos, da dinero a los pobres y regala coches a cambio de hacer pruebas muy concretas, al estilo ‘Danzad, danzad, malditos’. Quédate mucho tiempo en un círculo muy pequeño, sobrevive a las pruebas de ‘El juego del calamar’… Y, por lo visto, debería añadir una nueva prueba a sus locuras algo estomagantes: sobrevivir comiendo en una de sus cadenas de comida rápida.
Es habitual que los creadores de contenido de cierto éxito se lancen a montar sus propios restaurantes. Luisito Comunica, por ejemplo, incluso tiene uno en España (Fasfú) y Mr. Beast tiene una auténtica cadena de comida rápida mundial con más de 1000 establecimientos, 600 de ellos en Estados Unidos. Ahí es nada. Vende bien, sus 137 millones de seguidores son un público cautivo y la comida está ric… Bueno. No exactamente
El 19 de diciembre de 2020, MrBeast Burger abrió su primer local en Carolina del Norte y no ha parado de expandirse. Para ello, el youtuber se alió con la empresa Virtual Dining Concept para crear un menú que estuviera a la altura de las circunstancias y de, al fin y al cabo, su nombre. El problema es que de un tiempo a esta parte la calidad, que ya no era muy alta, ha bajado aún más.
Hay, por ejemplo, quien ha recibido solo un trozo de carne cruda entre pan y pan y en Internet califican las hamburguesas con adjetivos como “desagradable”, “repugnante” o “incomestible”. Claro, a los hermanos McDonald’s poco les importará ahora lo que digan de ellos (pasaron a mejor vida hace años), pero Mr. Beast lo está sufriendo en, literalmente, sus carnes. Por eso ha decidido denunciar a Virtual Dining Concept. Mr. Beast contra las hamburguesas de Mr. Beast: ojo, Ibai, que aquí hay combate para la Velada del Año.
Mientras el juicio empieza a desarrollarse, Virtual Dining Concept ha usado el ejemplo del influencer para engañar a otras marcas y ofrecerles sus propias cadenas de restaurantes de comida de bajo nivel. Hasta ahora Mariah Carey o el NASCAR han picado, y parecen los primeros de muchos. Ojalá la película de este juicio muy, muy pronto.
Te traemos esas diez chuches que no pueden faltar en una tarde azucarada como es debido.
No importa la edad que tengas: más de una vez has sentido la necesidad imperiosa de bajar a la tienda de Alimentación de tu barrio y hacerte una bolsa de gominolas, pinzas en mano, como es debido. Y, ante la enorme variedad, siempre entran las dudas: ¿Regalices o fresitas? ¿Corazones o arañas? Para que la próxima vez que decidas disfrutar comiendo una gochada deliciosa no te sientas culpable por haber comprado ese asqueroso regaliz negro te traemos esas diez chuches que no pueden faltar en una tarde azucarada como es debido.
Siempre te olvidas de ellos hasta que de repente vuelves a meterte uno en la boca y te vuelve a sorprender: el sabor refrescante del melón se mezcla con el pica-pica que tiene dentro y el resultado, que acaba convertido en un chicle delicioso, es increíble. Puede que en verano no tenga rival comparado con un melón de verdad, pero por diez céntimos tampoco puedes ponerte tiquismiquis.
9-Dientes
Una golosina definitivamente diferente en textura y sabor, pero que inevitablemente cae siempre, no solo por lo gracioso que es comerte una dentadura con tus propios dientes, sino por todo lo que le rodea. Firme, hiper-azucarada, de esas que se deshacen en tu boca a cada mordisco. También hay una especie de “dientes de Drácula” blanditos, pero hazte un favor: no caigas en cutres imitaciones.
8-Cerezas
Otro clásico básico que no puede faltar. Blanditas, deliciosas, muy ricas y sabrosas. ¿Pecan de típicas? Sí. ¿Es eso algo malo? En absoluto, en ocasiones hay que rechazar la modernidad a cambio de tener una sonrisa gominolística dibujada en la boca.
7-Nubes
Llámalo como quieras: nube, esponjita, jamoncito… el clásico marshmallow yanqui aquí convertido en un cilindro blandito de color rosa, relleno blanco y sabor a puro cielo. Sí, puede que si no estás acostumbrado el primer mordisco te parezca como mascar un terrón de azúcar, pero después serás capaz de captar sus muchos sabores. En Estados Unidos las queman en la hoguera, pero no sé yo si eso va a mejorar su sabor con la receta hispana.
6-Hamburguesas
Es la gran novedad de los últimos años, más cara de lo normal pero con tal cantidad de detalles, sabores y miniaturas que merece la pena hacerse con una de vez en cuando solo para probar lo más parecido a la Venus de Milo de ‘Los Simpson’ que jamás tendremos en nuestro paladar. Una auténtica corredora de fondo que no se suele tener en cuenta, pero que merece, como poco, nuestro delicioso respeto.
5-Llaves inglesas
Vale, yo sé que esta es una opinión muy personal y solo para los amantes del pica-pica. Al final, las llaves inglesas son simples caramelos duros bañados en pica-pica hasta la extenuación: un festival de sabor ácido en tu boca solo para los amantes de las emociones fuertes que, reconozco, no es para todo el mundo.
4-Lenguas
Más pica-pica, pero en este caso en el formato de una tira blanda y deliciosa, mucho menos agresiva que las llaves inglesas. Las lenguas son la típica chuche de la que no puedes comer solo una, y que el tiempo convierte en un imprescindible de cualquier bolsa de cumpleaños que se precie. Como el café: un vicio heredado.
3- Ositos
Ya escucho las voces opinando que me he pasado de clásico y que los ositos de Haribo pertenecen al pasado de las gominolas. Pero si formaran parte del pasado, ¿por qué entonces siempre aprovechas para comerte unos cuantos cuando los ves a tu lado en una fiesta? Es la gominola de las gominolas, el purismo exacerbado, el molde por el que se hicieron todas las demás. 101 años de deliciosidad no pueden estar equivocados.
2-Troncos de pica-pica
Una última incursión en el pica-pica para una golosina que puedes probar en muchas -demasiadas- versiones: recubierta de regaliz rojo, de pasta blanca o, como alcanza la perfección, con pica-pica por encima del regaliz. El relleno dulce pero suave hace el resto, consiguiendo una textura y un sabor únicos que podrían llevarse perfectamente el número 1, si no fuera por la golosina que puede con todas las demás golosinas.
1-Fresas (gordas)
¡Ojo! No estoy hablando de las fresas aplastadas que, estando ricas, no llegan a alcanzar la majestuosidad de sus hermanas rellenas de fresa que explotan al mascarlas. Es la epítome de la golosina: sabor afrutado, mucho azúcar, diferentes texturas, puro sabor. Si en tu bolsa de chuches falta una fresa gorda, no te molestes en invitar a nadie. Lo estás haciendo fatal.
Un plato sencillo (aunque requiere su técnica, eh, no os creáis) que todos hemos dado por hecho que viene del mismo país. Pero, oh, sorpresa. Hay truco.
Por si no te habías dado cuenta al poder freír un huevo frito en la acera, ha llegado el verano de golpe y sin avisar. Y con él, tradiciones tan bellas como las de dormir sin sábanas, hacer maratones de series mientras tratamos de sobrevivir a las temperaturas extremas y, claro, abandonar el potaje y dar la bienvenida al plato estrella de todo verano que se precie: la macedonia. Un plato sencillo (aunque requiere su técnica, eh, no os creáis) que todos hemos dado por hecho que viene del mismo país. Pero, oh, sorpresa. Hay truco.
Ojo al tema, porque tiene guasa: la mezcla de frutas que en otros países se llama “tutti frutti”, “tizana” o un sosísimo “ensalada de frutas” viene del siglo IV antes de Cristo, cuando Alejandro Magno consolidó un imperio Macedónico plagado de pequeños países, culturas e idiomas que de alguna manera funcionaron como mezcolanza. Algo así como una reunión de vecinos condenados a entenderse.
No es que por aquel entonces el rey se entretuviera mezclando frutas: la invención del plato viene del siglo XVIII, cuando en Francia empezaron a llamar “Macedonia” a absolutamente cualquier mezcla, culinaria o no. Por entendernos: una clase de niños sería una macedonia y un potaje también. Al final, lo que pasó a la historia fue esta mezcla de frutas. Ahora bien, por favor: sin azúcar ni mantequilla. Ya, ya sé que estáis pensando “¿Quién le echa mantequilla a la macedonia?”. Pues quién va a ser: Francia.
No es el único alimento que no tiene nada que ver con su país de origen: es difícil que te encuentres napolitanas artesanas, probablemente el mejor desayuno de la historia de la bollería, en Nápoles. Allí pizza la que quieras, pero pain au chocolat no demasiado. Entonces, ¿qué? ¿A qué se debe el nombrecito de marras? Pues, aunque quizá sorprenda, era una manera de reírse de la reina en el siglo XVI.
En el año 1504, Isabel I de Castilla recibió el título de Reina de Nápoles, por lo que empezó a conocérsela así en términos populares: la forma y la gordura del postre hizo el resto. A ello hay que sumarle que en una copla del poema obsceno ‘Carajicomedia’ se habla de una tal “napolitana” en un tono, digamos, distendido: “La Napolitana fue ramera cortesana, muy nombrada persona y muy gruessa”. Ya sabéis: comerse una napolitana es ponerse del lado de la República. Arriba gordos de la tierra.
Para otro día, la “milanesa” de la que en Milán no saben nada, el “arroz a la cubana” que nadie come en La Habana y la “ensaladilla rusa” que Putin no ha probado en su vida. Si es que en tema de comida no cabe duda: hemos vivido engañados.
Hubo una pionera a todas estas personas anónimas que acabaron siendo la cara visible de un producto: la proto-influencer, la primera persona que decidió ser una especie de “mascota” de un producto, fue Nancy Green.
Vivimos en un mundo de influencers: la palabra entró en nuestra vida hace unos años y no se ha vuelto a despegar de nosotros. Influencers de moda, de cine, microinfluencers… Ahora mismo, los anuncios hechos con personas que nos parecen reales funcionan, y en las agencias de márketing lo saben perfectamente. Pero esto no es nuevo, ni viene de ahora: ¿No recordáis a los famosos poniendo su cara para anunciar productos de lo más variopinto? Pues empezó antes incluso de la televisión.
Hubo una pionera a todas estas personas anónimas que acabaron personificando un producto: la proto-influencer, la primera persona que decidió ser una especie de “mascota” de un producto, fue Nancy Green, que a la postre se convertiría en la primera cara que sería, al mismo tiempo, una marca. Ahora nos parece el día a día, pero en 1893 no era tan común. Y ojo, porque la historia está repleta de racismo, giros argumentales y tristeza: para no creérsela.
Nancy Hayes nació en 1834 como esclava en una granja de Kentucky, en una época donde las cosas estaban empezando a cambiar pero aún faltaban cuarenta años para que todo explotase (literalmente). Durante su infancia cultivó tabaco y cuidó del ganado de la familia Walker, que después la utilizó como sirvienta, cocinera y ama de llaves. Se casó, tuvo cuatro hijos, lo normal en la época. Y entonces llegó la Guerra Civil.
Nancy perdió a su marido y a sus hijos durante la guerra. Tan triste como suena: acabó trabajando como niñera y ama de llaves (ya no esclava) de los Walker en Chicago a inicios de 1870 tras vivir en una cabaña triste y sola. Uno de los hijos de la familia se convirtió en juez y, casi sin comerlo ni beberlo, dio un giro a su vida cuando una marca de tortitas y productos para el desayuno que nació en 1889 le preguntó si conocía a alguien para el papel de una tal Tía Jemima.
La tía Jimena
Aunt Jemima se fundó de la pura casualidad: Chris L. Rutt y su amigo Charles G. Underwood compraron un molino de harina en Missouri y, ante un mercado que en aquel momento estaba sobrecargado, vendieron el excedente en pequeñas bolsas para hacer tortitas. Fueron los pioneros, y triunfaron como nadie. Realmente, “Aunt Jemima” fue un nombre que se encontraron a las afueras de un vodevil y del que decidieron apropiarse. Pero les faltaba, claro, una cara. ¿Quién podía ser?
Nancy Green tenía 59 años y se había vuelto a vestir como una esclava con el propósito del márketing. En 1893, en la Exposición Mundial de Chicago, nuestra protagonista cantaba canciones, contaba historias inventadas sobre la igualdad de razas y la alegría de todos durante la esclavitud en el sur y hacía desayunos con el preparado de Aunt Jemima. En la publicidad de la exposición de podía leer “I’se in town, honey!”, que era una manera racista de imitar la manera de hablar de los esclavos.
Nada más acabar la feria, los propietarios de Aunt Jemima le propusieron un contrato vitalicio para interpretar al personaje. Sin embargo, es más posible que lo que quisieran fuera más los derechos de caricaturizarla que a ella misma. Viajó por todo Estados Unidos durante años hasta que, a los 66, en el 1900, se negó a cruzar el charco para ir a la Expo de París y fue sustituida por otra mujer negra, señal de que ella no les importaba tanto como el personaje en sí mismo.
Historias de esclavitud
Para que os hagáis una idea de cómo era esto: Tía Jemima era presentada como una cocinera leal de la plantación de un coronel en Mississippi, y se inventaban historias sobre su sabor (“La receta es del sur, de antes de la Guerra Civil”), con añoranza por los tiempos de la esclavitud. Otra historia decía que había revivido a un grupo de naúfragos con su comida. Además, se hizo todo tipo de merchandising con su cara, desde muñecos que se podían recortar de la caja hasta ropa para dichos muñecos.
Aunt Jemima pronto tuvo una familia: Tío Rastus (después llamado “Tío Mose”) y cuatro hijos, en cuyo diseño Green no tuvo nada que decir. La influencer, que consiguió poner a la marca en el mapa, seguía trabajando con los Walker como si su cara no estuviese en todos los supermercados hasta que, a los 89 años, falleció en una casa de Chicago junto a sus sobrinos. Por aquel entonces, Aunt Jemima estaba lanzando muñecos de trapo de su personaje con bocas gigantes, sin dientes y con pantalones rotos.
La historia del “esclavo feliz” fue muy común entre las marcas creadas por hombres blancos después de la Guerra Civil, aunque la cosa añadiese aún más dolor al racismo de Estados Unidos: la última actriz en interpretar a Tía Jemima lo hizo en 1964, en Disneyland. ¡Fue incluso amiga de Walt Disney! En 2020, la marca quitó la caricatura racista de sus cajas y en 2021 se anunció que su nuevo nombre sería Pearl Milling Company, el de la empresa original que se fundó en aquel molino de harina. Solo tardaron casi 150 años en darse cuenta de que, por lo que sea, una narrativa basada en la esclavitud solo abría heridas. Qué cosas.
Paula Gonu, la influencer de 30 años que ha confesado que, como parte de la gastronomía mediterránea, una vez se comió su menisco. Con una boloñesa, eso sí. ¿Qué somos? ¿Monstruos?
Cada día aparecen en las redes sociales dietas milagro de esas que prometen que te van a rebajar veinte kilos en semana y medio comiendo pan, arroz y bollería. Suena imposible (porque lo es) pero siempre serán más saludables que la dieta que, parece, ha escogido Paula Gonu, la influencer de 30 años que ha confesado que, como parte de la gastronomía mediterránea, una vez se comió su menisco. Con una boloñesa, eso sí. ¿Qué somos? ¿Monstruos?
Todo empezó cuando tuvo que ir al médico a hacerse una operación porque tenía el menisco demasiado grande. Como era una intervención más o menos normal estuvo de cháchara con el médico y al final le incitó a llevárselo a casa en un tarrito y con formol. “Es tuyo”, le dijo. No es mentira, claro: unos tienen jarrones chinos, otros cubos de Rubik, Paula Gonu tiene meniscos en formol. Sobre gustos…
Una semana después, Gonu estaba con su pareja del momento y le confesó que se lo quería comer. “Con la coña”, dice, excusándose en que era suyo. Con la coña normalmente te pides una pizza con piña o comes más picante del que debes, pero Gonu se come un sandwich de rodilla. No del Rodilla, no, habéis leído bien.
Esperamos que la salsa boloñesa le saliera estupendamente, porque no siempre apetece zamparse partes de tu cuerpo. “Es mío y estaba limpio, era un trozo.Seguro que os habéis comido cosas peores”, dijo en el podcast Club 113, con todos sus contertulios siendo conscientes de haber comido en Taco Bell alguna vez. Total, que al igual que los protagonistas de ‘¡Viven!’ pero en su versión burguesía madrileña, la influencer ya puede decir que ha innovado como Daviz Muñoz. Él ha comido semen, ella meniscos. Lo que no se le ocurre a uno se le ocurre al otro.
Ninguno de los extraños experimentos de la hamburguesería más popular del mundo puede igualarse con el fracaso más grande de su historia. Tanto, que pocos han oído hablar de él: la Hula Burger.
A pesar de ser la reina de la comida rápida, McDonald’s no siempre ha acertado en los nuevos menús que ha propuesto a los clientes. Claro, no es lo mismo un trozo de pollo empanado que un sándwich de langosta (el horrible McLobster) o comer perritos calientes en un sitio donde no pintan nada (McHotDog). Pero ninguno de los extraños experimentos de la hamburguesería más popular del mundo puede igualarse con el fracaso más grande de su historia. Tanto, que pocos han oído hablar de él: la Hula Burger.
Vámonos hasta 1961. Si habéis visto la película ‘El fundador’ sabréis que Ray Kroc, un vendedor a domicilio, compró la franquicia McDonald’s de manos de sus verdaderos creadores, los hermanos Richard y Maurice, tras siete años ayudándoles a hacer crecer la franquicia. Así, este hombre se convirtió en el líder de la empresa y anunció que todas las decisiones tendrían que pasar por él. De hecho, aunque sus técnicas no eran éticas en absoluto, es al que se le debe la fama del restaurante.
Aunque no todas sus ideas fueron buenas, claro: dos años después de comprar McDonald’s, una tienda en Ohio empezó a mostrar una caída en ventas evidente. ¿El motivo? La temporada de Cuaresma en una población muy religiosa que, durante cuarenta días, no podía comer prácticamente ninguno de los menús que ofrecía la franquicia. El dueño del local, Lou Groen, no estaba dispuesto a quedarse en bancarrota sin luchar, y creó su propia hamburguesa, una que aún sobrevive hasta nuestros días.
Cogió un trozo de pescado, lo empanó y lo puso entre pan y pan: había nacido el Filet-o-fish (aunque aún sin su icónico nombre en inglés). El negocio se recuperó y a Groen le pareció tan buena idea que intentó llevarlo hasta las altas esferas. Sin embargo, cuando llegó la hora de que Kroc lo aprobara, lo que hizo en su lugar fue reírse de él diciendo “¡Siempre vienes con un montón de mierda! ¡No quiero que mis tiendas apesten con el olor del pescado!”
Somos una piña
¡Claro! ¿Quién iba a querer comprar un filete de pescado entre dos panes de hamburguesa? ¡Eso no tenía ningún sentido! Y para probarlo, lo batiría en duelo con el nuevo snack que había creado: la Hula Burger. La ganadora continuaría en el menú y la otra sería eliminada para siempre. Spoiler: si no véis la Hula Burger por ahí es por algo.
Poner piña en la pizza o no es un debate bastante habitual en Internet que no suele tener solución clara (la Hawaiana existe por algo), pero este parece más claro: una hamburguesa con queso en la que la carne se cambia por un trozo de piña a la parrilla. Apetece, ¿verdad? Por supuesto que no. Ni ahora, ni en 1963. En la tienda donde se hizo la prueba, 350 personas eligieron el filete de pescado, y muchas, muchísimas menos se decantaron por la otra aberración.
Tras la prueba, Roy Kovac se dio por vencido y puso el filete de pescado en el menú habitual, donde, para sorpresa de muchos, sigue. De hecho, el anuncio en 1965 lo nombraba “El pez que te atrapa a la gente”. Es verdad que en España no es popular, en el mundo se compran 300 millones a lo largo del año, así que algo tendrá el agua -o, más bien, la hamburguesa de pescado- cuando la bendicen.
En Japón, la tierra del anime, los Kit Kat son poco menos que una religión. Pero no siempre fue así…
Tómate un respiro, tómate un Kit Kat… ¿Sabor patata roja? ¿Sabor creme brulée? No temas: son sabores a los que ya están acostumbrados en Japón, la tierra del anime, donde los Kit Kat son poco menos que una religión. No siempre fue así. Sin embargo, uno de los ejercicios de márketing más increíbles de la historia mezclado con la buena suerte les convirtió en una más de las fabulosas rarezas del país nipón. ¿Quieres un sabor raro más allá del clásico chocolate o chocolate blanco? No te preocupes: hay más de trescientos (repetimos: trescientos) disponibles que no viste venir. Ahora bien, ¿cómo lo consiguieron?
Excelente gestor de recetas de cocina en su versión económica
Respiro tokiota
Año 1973. Japón sigue gobernada por Hirohito y se va abriendo poco a poco al mundo occidental: comidas y dulces de marcas internacionales entran en el país por la puerta de atrás, con miedo a ser echados por la fuerza (algunas, como KFC, se convertirían en iconos del país). Rowntree’s, la marca británica creadora de Smarties o After Eight (sí, hay gente fanática de After Eight, aquí no juzgamos), era muy consciente de la oportunidad que tenía enfrente.
La empresa ya vendía Kit Kat en Reino Unido desde el 29 de agosto de 1935, cuando se llamaba, simplemente, Rowntree’s Chocolate Crisp (tardaría dos años en cambiarse el nombre). “Kit Kat”, de hecho, viene del siglo XVIII: era el nombre que se le daba al pastel de carne creado por el chef Christopher Cat. No tiene nada que ver, pero ha perdurado el nombre del creador gastronómico a lo largo de la historia. Después de expandirse por todo el mundo, llegó el momento de intentar desembarcar en Japón.
Fue Fujiya, una cadena de tiendas y restaurantes similar a El Corte Inglés, quien la introdujo en sus restaurantes. La empresa es famosa por dos cosas diferentes: su mascota, Peko-chan, una niña con coletas lamiéndose el labio superior, y la creación de la tarta de fresa navideña que lleva vendiendo desde 1910. Sin embargo, es posible que su mayor legado sea la introducción de estas cuatro barritas de chocolate. Y es que nadie imaginaba en los 70 lo que Kit Kat estaba a punto de ser.
Amuleto de la suerte
Meiji Seika, nacida en 1916, era la marca de chocolatinas imposible de batir en Japón. Creación suya es Hello Panda, por ejemplo, que vende galletitas con forma de oso rellenas de chocolate alrededor de todo el mundo. Kit Kat lo tenía muy difícil para igualarla. Y sin embargo, un movimiento de pura suerte lo cambió todo.
Y es que ‘Kit Kat’ se parece mucho a “Kitto Katsu” o, lo que es lo mismo, una frase hecha en japón que viene a decir “Seguro que triunfarás”. De esta manera, los estudiantes empezaron a regalarse Kit Kat en 1999 como amuleto de la buena suerte antes de un examen y su fama se popularizó. No hubo ninguna campaña de marketing de por medio (más adelante sí, por supuesto): fue todo fruto de la buena suerte. Kitto Katsu puro.
En 2009, Nestlé decidió crear una campaña imbatible: Kit Kats enviados por correo a los estudiantes a punto de entrar en la universidad. De los 600.000 alumnos en época de exámenes, más de la mitad reciben hoy por hoy una de las chocolatinas de la marca. El sueño de cualquier empresa de marketing: hacer lo mínimo y recibir beneficios increíbles. A este éxito hay que sumarle que en 2004 crearon su primer sabor regional, a té verde. Desde entonces llegó una explosión de olores, colores e ingredientes que le hizo incluso quitarle el puesto a Meiji en 2012 y 2014. Había tardado cuarenta años desde su llegada, pero la espera mereció la pena.
Sabores a mil
A lo largo de los años, Kit Kat ha ido cambiando de sabores cada estación. Estos salen de manera muy limitada, normalmente para no volver. Por ejemplo, en 2010 el sabor a salsa de soja fue el número uno (por encima del chocolate): son toda una tradición japonesa abrazada no solo por ellos, sino por los turistas, especialmente chinos. Algunos van incluso a Japón exclusivamente para hacerse con los nuevos sabores. Tiene que haber de todo.
Algunos de los sabores más raros (y que nos morimos por probar) son manzana, cheesecake de arándano, patata asada, sirope de azúcar moreno, mantequilla, café con leche, helado de galleta Oreo, McFlurry de caramel macchiato, maíz, edamame, queso europeo (así, en general), guisantes verdes, melón de Hokkaido con queso mascarpone, chili picante, sopa de miso, sal gorda, zumo vegetal, sake o wasabi. Escoge tu favorito. Si puedes.
Para hacernos una idea del éxito de Kit Kat: La KitKat Chocolatory en Tokyo tiene un chef que crea exclusivamente recetas basadas en la chocolatina a precios, todo sea dicho, desorbitados, y siempre tiene cola. De hecho, ahora mismo, si vas a Japón, vas a poder encontrar sabores como plátano caramelizado, sandwich de pasta de alubias, tarta de chocolate y fresa y daifuku. Eso sí, para encontrarlos todos solo te podemos desear una cosa: ¡Kitto Katsu!