Durante la II Guerra Mundial, los soldados tuvieron su propio Bugs Bunny que solo duró dos años antes de desaparecer para siempre

La II Guerra Mundial cambió la historia para siempre. No solo por lo obvio (la geopolítica nunca volvió a ser la misma, sus consecuencias aún se notan hoy en día), sino incluso en el audiovisual. Hay que tener en cuenta que había un buen puñado de productoras que iban viento en popa en Estados Unidos y, al parar en seco, nunca volvieron a ser las mismas, y lo mismo pasó con industrias como la del cómic, que se renovó por completo tras la contienda. En estos años, se desayunaba, comía y cenaba guerra. Y, por supuesto, afectó incluso a los dibujos animados.

El soldado metió la pata

Ya en 1938, Disney y Warner empezaron a realizar cortometrajes sobre la guerra donde, por ejemplo, podíamos ver a Porky movilizando a sus tropas contra un malvado “ducktator”, pero lo gordo llegó a partir del año siguiente, cuando todo comenzó de manera oficial. Todo el mundo utilizó los dibujos animados a su favor, desde Alemania hasta la URSS pasando, por supuesto, por los Estados Unidos. El Pato Donald llegó a convertirse en nazi por un día en el magnífico Der Fuehrer’s Face, Bugs Bunny bombardeó a los japoneses y el Pato Lucas fue a Berlín para luchar contra el mismísimo Hitler. Pero no es esto lo que nos interesa.

El 28 de junio de 1943, en lo más duro de la contienda, se estrenó el primer cortometraje de un personaje creado ad hoc por el mismísimo Frank Capra, y donde también colaboraron leyendas como el Dr. Seuss, Munro Leaf o Mel Blanc, que le dio voz. Se trataba del Soldado Snafu, un nombre que parece puesto al azar, pero se trataba realmente de un acrónimo utilizado por los americanos durante la guerra: “Situation normal: all fucked up” (“Situación normal: todo está jodido”). Estos cortos se proyectaron exclusivamente para los soldados y su idea era mostrar a los analfabetos cómo debían proceder en diversas situaciones.

Snafu era torpe, idiota y muy, muy popular entre los soldados rasos. Y en cada episodio metía la pata de mil maneras distintas, desde no ponerse una vacuna necesaria hasta contarle planes secretos a desconocidos. Obviamente, no estaban dirigidos a niños, por lo que a día de hoy puede chocar mucho el lenguaje que se utiliza y algunas de las situaciones que le vemos protagonizar. ¡Ni siquiera nadie sabía si se llegarían a ver fuera del ejército!

En total, Warner hizo 24 cortometrajes, con cameos del Pato Lucas o Bugs Bunny, que duraban algo más de cuatro minutos y mostraba las vicisitudes de Snafu ante problemas como la malaria, las bombas o las máscaras de gas. Son impresionantes de ver (al fin y al cabo, se hicieron durante la Edad Dorada de Warner), tienen gags fascinantes y, por suerte, todos pueden conseguirse fácilmente tras desclasificarse por parte del gobierno americano. Porque sí, claro, se consideraron material sensible durante años.

Snafu fue el más famoso, pero no fue el único personaje de dibujos animados que proyectaron a los soldados durante aquella época. De hecho, hubo otros como Mr. Hook (que incitaba a comprar bonos de guerra) o el Soldado McGillicuddy (que también estaba doblado por Mel Blanc). Todos ellos desaparecieron al final de la guerra, aunque Snafu, que ha llegado incluso a proyectarse en museos, sí ha hecho cameos en series meta como Animaniacs. Bueno, de hecho estuvo incluso a punto de tener familia: Tarfu (acrónimo de “Things Are Really Fucked Up”) hizo un solo cortometraje cuando la guerra estaba a punto de terminar. Las matanzas indiscriminadas con dibujos animados duelen menos, parece ser.

La increíble historia de cómo el Monopoly se convirtió en el mayor enemigo de los nazis

No querían presentar un nuevo juego de mesa que entretuviera a los niños durante la guerra, sino… sacar a los suyos de prisión.

Año 1941: la II Guerra Mundial asola Europa, y los prisioneros británicos caen en manos de los nazis a puñados. Sin embargo, un buen puñado de ellos parecen estar fugándose con éxito de las cárceles alemanas. ¿Cómo es posible? ¿Qué se les estaba pasando por alto a los carceleros? Se habían asegurado de que no recibieran nada más allá de lo estrictamente necesario: ropa, comida y un juego de ‘Monopoly’ para mantenerles entretenidos.

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Salga de la cárcel

“Vaya a la cárcel. Vaya directamente sin pasar por la casilla de Salida y sin cobrar las 20.000 pesetas”. Si tuviste un ‘Monopoly’ en los años 90 sabes perfectamente el caladero de horas que podía durar hasta que alguien decidiera retirarse de la partida o se arruinara comprando hoteles. Es el juego capitalista por excelencia (aunque naciera con la idea contraria en 1903) y es difícil contar algo sobre él que no se sepa.

Pero hay un periodo en el que quizá lo que menos importaba en el mundo era el ‘Monopoly’: obviamente, durante la II Guerra Mundial. Y sin embargo, se convirtió en un aliado indispensable para que los soldados apresados se libraran de la cárcel. Pero, ¿cómo? Todo empieza con un hombre, Christopher Clayton Hutton: soldado, escapista, empleado del servicio secreto, inventor al estilo Q de las películas de James Bond. Fue a él al que se le ocurrió la gran idea de juntarse con Waddington’s, la empresa de juegos de mesa que, entre otros, publicó ‘Cluedo’ por primera vez. Pero no para presentar un nuevo juego de mesa que entretuviera a los niños durante la guerra, sino para… sacar a los suyos de prisión.

El kit de escape que pasó por delante de los nazis como si fuera ayuda humanitaria contenía un mapa de seda de diferentes países europeos en el que se marcaban los pisos francos, los lugares a los que ir, cuchillos, brújulas en miniatura, trozos de metal (todos ellos haciéndose pasar por piezas reales), cuerda y, lo que es aún mejor, dinero real… situado exactamente bajo el dinero del juego. Pero, ¿cómo es posible que nadie se diera cuenta?

Oculto a plena vista

Como si de una película se tratara (y raro es que nadie haya hecho el biopic todavía), Waddington’s y Hutton escondieron los mapas y los utensilios dentro de los tableros de Monopoly: al ser de seda y no de papel, los mapas aguantaban bien el agua y podían esconderse fácilmente en un lugar pequeño. Además, como no hacían ruido, no llamaban la atención de los guardias. No es que tuvieran que averiguar todo esto ellos solos: antes de ir a una misión, los británicos ya sabían que los falsos Monopolys existían.

Es posible que estés pensando que no tiene ningún sentido que los enemigos permitieran que sus encarcelados jueguen a juegos de mesa, pero lo cierto es que la Convención de Ginebra permitía que las ONGs los enviaran para mantener la mente activa. Además, los alemanes pensaron que, mientras jugaran, no harían planes de escape. Spoiler: sale mal.

Estos juegos se podían confundir fácilmente con Monopolys reales, y la única forma en la que los presos podían saber que se trataba de su llave hacia la libertad era por un punto rojo en la casilla del Parking Gratuito. Obviamente, después de usarlos, los soldados debían destruir los juegos para que los alemanes no supieran cómo habían conseguido escapar. Puede parecer sacado de una película de ‘Misión Imposible’, pero lo cierto es que miles de soldados capturaron se escaparon así. Se puede decir, sí, que consiguieron una carta para salir de la cárcel.