Netflix ha tenido problemas para crear grandes series en los últimos años. No series que triunfen, sino series que de verdad se conviertan en enormes fenómenos sociales. Quizás sea porque la competencia se ha vuelto mucho más feroz, quizás porque en Netflix se han acomodado mucho, pero la realidad es que ya no tienen ese mismo toque. Lo cual no significa que no tengan algunas series que hayan conseguido un gran éxito.
Aunque es cierto que parte del problema de la ausencia de éxito se puede rastrear en un detalle importante: el haberse centrado menos en series regionales. Fijarse menos en lo que pueden aportar los países fuera de EEUU. Netflix demostró que países de habla no anglosajona podían hacer excelentes series que podían triunfar en todo el mundo, como por ejemplo con Dark o La Casa de Papel. O con una serie francesa que ahora vuelve con una cuarta temporada: Lupin.
Un personaje mítico de la literatura francesa
La serie toma el nombre, como es evidente, del mítico ladrón de guante blanco Arsène Lupin. Creado en 1905 por Maurice Leblanc, probablemente inspirado por Sherlock Holmes, su principal característica es que es un ladrón que nunca recurre a la violencia, sino a su privilegiado intelecto. Sumando un total de 24 libros, fue un gran éxito en la Francia de su tiempo y en toda Europa. Y fuera de ella. Tanto que en Japón se convirtió en un personaje celebre que acabaría teniendo su propio anime. O al menos, su nieto, ya que Lupin the Third, del mangaka Monkey Punch, seguiría durante años las vivencias de Lupin III, uno de sus descendientes directos.
Lupin no es una reinvención ni un remake ni un reboot de las historias de Leblanc. Es algo más sencillo y más interesante. Es la historia de un hombre, Assane Diop, un hombre que se ve inspirado por Lupin, el ladrón caballeroso, para convertirse en un maestro del robo, el subterfugio y la carisma para vengar a su padre.
Porque Diop tiene no pocos motivos para vengarse. De origen senegalés, su padre es acusado injustamente de robar un carísimo collar de su empleador, el poderoso Hubert Pellegrini, lo cual le lleva a suicidarse en la cárcel. Motivo por el que su hijo decide seguir este camino de elegante criminalidad para traer justicia al mundo. Incluso si eso va contra su propia vida.
Para un personaje que caracteriza al presente
Pero si por algo funciona Lupin es porque es a partes iguales Lupin y Diop. Quienes sean fans de Lupin encontrarán en la serie exactamente todo lo que se encuentra en las novelas y los relatos. Un protagonista seduciendo a mujeres, engañando a hombres, siendo siempre el más inteligente e ingenioso de la habitación y llevando siempre acabo unos planes aparentemente imposibles para conseguir hacerse con lo ajeno, pero de un modo nunca menos que elegante.
Con la diferencia que en el siglo XXI, ya no es Lupin. Es Diop. Y un francés de ascendencia senegalesa es lógico que tenga algunos nuevos trucos bajo la manga. Versado en tecnología, conociendo bien la calle y con contactos que un caballero de alta sociedad no tendría, sabe manejarse de un modo que resultaría completamente ajeno a Lupin, pero que resulta fresco e interesante en una serie de Netflix. Dando vida así a un clásico.
Aunque no deja de ser un ladrón. Uno inspirado por uno famoso. Algo que da una de las tramas más interesantes de Lupin: cómo Diop constantemente imita y sigue las formas de Lupin y uno de sus mayores rivales, el detective Gédira, le sigue de cerca por ser también un gran fan de Lupin. Y en ese amor por el mismo hombre, pero oposición por estar en diferentes lados de la ley, acaban encontrándose en una narrativa en la que juegan constantemente al ratón y al gato intentando cazarse y esquivarse en un juego, no siempre consciente, de su amor por la obra de de Leblanc.
Todo esto le ha valido un enorme entusiasmo por parte de la crítica, especialmente por las espectaculares actuaciones de Omar Sy como Diop. Pero también del público, que han encontrado en la serie una estupenda reinvención de un clásico. Ahora Netflix estrena su cuarta temporada prometiendo más Lupin tras tres años de espera, ¿y quienes somos nosotros para resistirnos?