El sistema penitenciario no funciona demasiado bien. La cantidad de criminales reincidentes es altísima y todos los estudios afirman que cualquier clase de combinación de terapia y seguimiento a medio-largo plazo, junto con medidas sociopolíticas que atajen los problemas que llevan a la delincuencia, funcionan mejor. Eso no impide que las cárceles sean una de nuestras tristes realidades diarias. Y que no parece que vaya a cambiar pronto. Por eso Netflix se preguntó, ¿qué ocurriría si existiera una cárcel que no encerrara a sus presos? El resultado fue el documental Sin cerrojos, un experimento carcelario.
El sheriff de Arkansas, Eric Higgins, consciente de las condiciones infrahumanas en las que vivían los presos de la Pulaski County Regional Detention Facility, decidió probar un experimento. Durante seis semanas, las celdas de determinados sectores de la cárcel no se cerrarían y permitirían a los prisioneros tener mayor control sobre su día a día. Para asegurarse de que hubiera una motivación para la cooperación, Higgins añadió un sistema de recompensas basado en el buen comportamiento basándose en las ideas de la terapia cognitiva conductual.
¿Significa eso que abrieran las puertas de un día para otro y les dejaran hacer lo que quisieran? No. Lo hablaron previamente con los presos, les explicaron las condiciones y cómo se realizaría y, a partir de ahí, les dieron manga ancha para hacer su vida diaria. Eso sí, con cámaras de televisión filmándoles las 24 horas del día.
Un experimento con resultados imprevistos
El resultado de esto fue que, aunque no hubo un cambio radical, si hubo una cierta mejora. La limpieza era mucho mejor, el comportamiento de los presos mejoró notablemente y, en términos generales, consiguió un lugar más seguro.
Todo esto es lo que se muestra en Sin cerrojos, un experimento carcelario. Cómo dadas las condiciones adecuadas, los presos se comportan de forma más adecuada. Algo que llevó a que el propio Higgins decidiera expandir a más partes de la cárcel, y con más privilegios, este acercamiento. Haciendo más sencilla y humana la vida de los presos, incluso si estuvo cerca de ponerle en problemas con el condado de Pulaski para el que trabaja: los representantes del estado consideraron que Higgins no tenía responsabilidad sobre la cárcel como para permitir que se grabara en el interior de la misma, poniendo en peligro no solo la producción de la serie documental, sino del experimento.
Además, es un experimento que no ha sucedido sin controversia. Muchas personas han visto en esto un modo de hacer sentir más cómodos a personas que deberían ser castigados de la forma más brutal posible. Una perspectiva que no coincide con lo que se supone es la función de la cárcel: rehabilitar y castigar. Del mismo modo, activistas anticarcelarios han criticado la vulneración de la privacidad de los presos que implica poner cámaras para grabar sus vidas sin que puedan decidir al respecto y cómo, aunque se acomodan a sus vidas, esto apenas sí hace nada para abordar los verdaderos problemas del sistema carcelario.
Esta crítica, legítima, se ha respondido afirmando que tampoco disponen de presupuesto o la autoridad de hacer cambios más significativos en la cárcel. Siendo este el modo en que han podido hacer este experimento: con la voluntad de todos los involucrados y poco más.
Ahora llega a Netflix esta serie documental para demostrar que la cárcel no tiene porqué ser un agujero infecto donde encerrar a la gente y tirar la llave. Porque incluso si esto no es suficiente para mejorar el fallido sistema penitenciario, es un primer paso para demostrar que es posible hacerlo mejor de lo que lo estamos haciendo. Aunque para eso se necesitará, además de la voluntad de todos los involucrados, los recursos de los estados para cambiar un sistema injusto.