Hideo Kojima, el renombrado creador detrás de icónicas franquicias como Metal Gear Solid y Death Stranding, ha compartido sus reflexiones sobre sus inicios en la industria de los videojuegos y sus profundas influencias cinematográficas. En una reciente entrevista, Kojima reveló que su pasión por el desarrollo de videojuegos fue desencadenada por un clásico inesperado: Super Mario Bros. El famoso juego de plataformas, lanzado hace más de cuatro décadas, se convirtió en una experiencia definitoria durante sus años universitarios, donde llegó a jugarlo de manera obsesiva, incluso dejando de asistir a clases.
Si se dedica a los videojuegos es gracias a Nintendo
A pesar de que el primer Super Mario carecía prácticamente de una narrativa compleja, Kojima sintió que el medio de los videojuegos poseía un potencial narrativo capaz de superar al cine. “Sin Super Mario, probablemente no estaría en esta industria,” afirmó, subrayando cómo el juego, a pesar de su simpleza, lo hizo sentir que estaba viviendo una aventura. Este convencimiento inicial fue fundamental para su decisión de ingresar al desarrollo de juegos.
Kojima también habló sobre las influencias cinematográficas que han moldeado su estilo único como creador. Nombró a directores de renombre como Martin Scorsese, Stanley Kubrick, Alfred Hitchcock y Akira Kurosawa, pero destacó especialmente a John Carpenter, a quien considera un maestro en desafiar los géneros cinematográficos con obras como Halloween y The Thing.
En cuanto a su obra más emblemática, Metal Gear Solid 2, Kojima aclaró un malentendido común: muchos la interpretan como una historia centrada en la inteligencia artificial, cuando en realidad abarca temas más amplios sobre “lo que la vida humana podría convertirse en la era digital”. Estas declaraciones nos recuerdan el enfoque innovador y filosófico que Kojima ha traído al arte del videojuego, consolidándolo como una figura clave en la evolución de la narrativa interactiva.
El interés por los asesinos en serie ha experimentado un notable aumento en la población, gracias a la popularidad de los documentales de true crime y a las series de ficción que han sabido capturar esta temática oscura. En este contexto, la nueva entrega de la serie Monstruo, producida por Ryan Murphy, ha centrado su narrativa en la figura de Ed Gein, un infame criminal cuya historia inspiró el clásico Psicosis. Interpretada por Tom Hollander como Alfred Hitchcock y Joey Pollari como Anthony Perkins, la serie ha logrado posicionarse durante tres semanas en el primer puesto global de Netflix, alcanzando más de 40 millones de visualizaciones.
¿Hemos llevado demasiado lejos el true crime?
A pesar de su éxito en audiencia, Monstruo: la historia de Ed Gein ha desatado críticas, especialmente por la representación de Anthony Perkins. Osgood Perkins, hijo del actor, ha expresado su descontento con la forma en que su padre es retratado, sugiriendo que el público debería realizar una reflexión más profunda sobre el arte innovador que se presenta en la serie. “No me voy a acercar a ella ni con un palo”, mencionó en una entrevista reciente, apuntando a la necesidad de mirar más allá de la ficción hacia una comprensión más compleja de la humanidad.
En la actualidad, los asesinos en serie son vistos con mayor aceptación, lo que ha llevado a un consumo masivo de este tipo de contenido. Sin embargo, Osgood Perkins advierte que, a pesar de la popularidad de figuras criminales reconocidas, el público debería considerar el impacto de esta representación en su percepción de la verdad. La narrativa del true crime permite explorar los rincones oscuros de la psique humana, lo que a menudo provoca que algunos espectadores se sientan atraídos por relatos de violencia e incertidumbre.
Seguro que has escuchado alguna vez el dato curioso de que Alfred Hitchcock fue el primer director en atreverse a mostrar un váter funcional en Hollywood porque, antes, el código Hays lo consideraba desagradable e insistía en que no se mostrara en pantalla. Se da por hecho que la mayoría de las películas lo aceptaron a su pesar, en un mundo donde el cine underground apenas existía: durante aquellos años se hicieron obras maestras, sí, pero no había rebelión, o al menos no se hacía visible. ¿O quizá sí? Vamos a hacer un pequeño viaje por la historia del retrete en la Meca del Cine. Acuérdate de tirar después de usar, eso sí.
Seamos sinceros desde el principio, porque hay un error a la hora de calificar a Hitchcock como el precursor del uso del retrete en la industria del cine: tenemos que irnos hasta 1928, con el estreno de Y el mundo marcha, dirigida por el gran King Vidor, una película muda en la que su protagonista estaba al lado de uno mientras tocaba el ukelele. Es más: dos años después, en 1930, Going Wild mostraba a un fontanero desatascando uno y tirando de la cisterna (aunque, eso sí, sin centrar la cámara en él en ese momento). Vamos, que ni eso se quedaba el pobre Hitch.
En 1934 se puso en funcionamiento en Hollywood el Código Hays, una serie de reglas para la auto-censura que básicamente destrozaron cualquier atisbo de impureza o de rebeldía en la industria, igual que veinte años después haría en la industria de los cómics el Comics Code. Ahora nos suena a locura, pero es cierto que el cine se estaba convirtiendo en un negocio muy turbio, con los actores descontrolados en los locos años 20, y los políticos empezaron a exigir control, mesura y auto-censura, con varias leyes a tal efecto en los distintos Estados.
Will H. Hays no se inventó estas reglas (no todas, al menos), sino que solo fue el hombre que los unificó, al cargo del presidente estadounidense, con la idea de no tolerar lo impúdico. Cobró un pastizal por ello y mantuvo la mesura -aparentemente, al menos- en la Meca del Cine. Entre las cosas que prohibía hacer estaban cosas como nombrar a Dios o a Jesucristo (a no ser que fuera reverenciándoles), palabras obscenas, desnudos (¡incluso en silueta!), drogas, sexo, esclavismo blanco (ojo), higiene sexual, nacimientos, reírse del clero u ofender a cualquier nación, raza o credo. Vamos, que iban a salir unas películas divertidísimas.
Haysta aquí hemos llegado
Es más: el código pedía especial atención a la hora de mostrar otras cosas como el uso de la bandera, el uso de pistolas, robos, brutalidad, simpatía por los criminales, prostitución, hombres y mujeres juntos en la cama, seducción deliberada de chicas, uso de drogas, besos excesivos… En este ambiente, mostrar un retrete, no digamos ya en funcionamiento, era poco menos que asegurarte de que tu película acabaría sin encontrar distribución. A priori, al menos.
Durante más de 25 años, el código se fue rompiendo poco a poco, sobre todo en los 50, cuando algunas películas empezaron a lanzarse sin la aprobación de la asociación de productores, como Y Dios creó a la mujer o Con faldas y a lo loco, y demostraron que, en el fondo, a la taquilla le daba absolutamente igual. Así, el código empezó a aprobar películas que iban claramente contra sus mandamientos, tales como De repente, el último verano o, por supuesto, Psicosis.
Psicosis no solo es una obra maestra: también cambió la manera en la que se proyectan las películas ahora (antes en sesión continua donde podías entrar y salir cuando quisieras, tras ella a un horario determinado) y sorprendió al público con la muerte de su personaje principal a mitad de película, de una manera mucho más sanguinolenta de lo que ninguno esperaba. Pero, además, destaca porque, por primera vez en la historia del cine, no solo muestra el sonido del retrete funcionando, sino que pone la cámara encima, enseñando el agua dando vueltas y sirviendo, además, como parte fundamental de la trama. Un “fudge you” en toda regla al Código de las narices.
¡Retretes en todas partes!
De hecho, ¿alguna vez te has preguntado por qué Psicosis es en blanco y negro, cuando todas las películas de los 60 ya se hacían en color? El motivo no era meramente artístico: nadie quería darle el dinero a Hitchcock para financiarla por miedo a no recibir la aprobación del código de auto-censura, y se vio obligado a rodarla así, con muy pocos recursos, confiando en que el público fuera lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que unas normas de comportamiento de 1934 no tenían ya ningún sentido en 1960.
Hitchcock se enfrentó al código de cabeza en Psicosis, después de tontear con romperlo en varias de sus películas. Aquí, directamente, fue con todo: Marion aparece vestida solo con un sujetador, dos personajes se relajan después de tener sexo, la protagonista es moralmente gris, Norman Bates tenía un claro problema sexual, veíamos un cuerpo desnudo en la ducha… Visto así, lo del retrete es casi un simple guiño final para ver hasta dónde podía estirar su atrevimiento (por mucho que ahora nos parezca una tontería).
Ocho años después, cuando ya prácticamente nadie hacía caso a las exigencias del código gracias a películas como Psicosis, que ayudaron a derrocarlo. Años después, incluso Los Simpson dedicaron un episodio entero a ver cómo el agua corría de maneras inversas en los retretes alrededor del mundo, en South Park tuvieron un personaje salido de uno (el mítico Señor Mojón) y películas como El Gran Lebowski o Pulp Fiction lo utilizaron como partes fundamentales de sus tramas.
Puede que Alfred Hitchcock no inventara nada y que ya hubiera precursores de mostrar retretes en el cine pre-código (incluso el director grabó uno en El agente secreto, de 1936), pero, tras más de 25 años de frustración, moralidad estricta, villanos que recibían su merecido y parejas que se acostaban en camas separadas sin mostrar ningún tipo de lujuria, al final un retrete eliminando la prueba del delito acabó por completo con la indecente espiral de decencia en la que pretendían convertir el cine americano. Y es que, a veces, la historia viene de los lugares más insólitos.