Hay películas tan increíbles que uno tiene que pedir vacaciones solo para recuperarse de lo que ha visto. No me refiero a cosas espectaculares como Avatar: Fuego y ceniza o Zootrópolis 2, sino a cine cutre, hecho con dos duros y sin ningún tipo de amor al séptimo arte. Barbaridades como Birdemic, Troll 2 o incluso The Room palidecen ante lo que os traigo hoy: una película de 1972 que no tiene sentido en ningún momento y cuyo presupuesto era tan bajo que tuvieron que meter en su interior otra película previamente rodada para poder alargar el metraje hasta la hora y pico. Si siempre estáis en búsqueda de emociones fuertes, os doy la bienvenida a una de las cintas que os cambiará la vida: Santa and the Ice Cream Bunny.
¡Niños y conejos, venid a mí!
Normalmente, las películas navideñas con Santa Claus como protagonista le muestran surcando los cielos, repartiendo regalos y acariciando a Rudolph, su reno de la nariz roja. Sin embargo, en Santa and the Ice Cream Bunny le vemos varado en una playa de Florida, muerto de calor. En los cinco primeros minutos de película ya hay dos canciones grabadas, posiblemente en un walkman (o al menos ese es el sonido que deja). Esta es la mejor parte de la película, porque a partir de aquí es un sinsentido que va a más.
Los renos se van al Polo Norte, al taller de juguetes de nuestro protagonista y, mientras, este llama telepáticamente a un grupo de niños cercano (nada sospechoso, nada criminal, en absoluto) para que le ayuden a encontrar el sustituto de un reno. Le traen todo tipo de animales en una secuencia larguísima que culmina con -ah, el humor- un niño poniendo en las riendas a un hombre vestido de gorila. En los 70 se conformaban con poco. Como los niños se dan cuenta de que la cosa está fallando, Santa decide contarles una historia, y aquí es donde se complica la cosa.
Resulta que el productor de la película (por llamarla de alguna manera), Barry Mahon, había rodado con anterioridad, en 1970, dos películas que adaptaban cuentos de hadas: Pulgarcita y Jack y las habichuelas mágicas. Eran mediometrajes que no tuvieron mayor trascendencia, hasta que Mahon vio la oportunidad de reutilizarlos: cuando Santa se ponía a contar una historia, directamente copiaba y pegaba (¡con títulos de crédito incluidos!) una de las dos películas. Dependiendo de la versión, te podía tocar la de Pulgarcita o la de Jack y las habichuelas mágicas, y no cambiaba absolutamente nada. De hecho, este metraje es el mayoritario en la película, dejando la desventura de Santa con el trineo a un lado. Vamos, que era una manera de venderte una película ya revenida. Ho, ho, ho.
Al final, ¿quién salva a Santa literalmente en los últimos cinco minutos de la película? Pues el conejo del helado, que es un disfraz ridículo y terrible, una auténtica abominación que termina llevando a nuestro protagonista hasta el Polo Norte. No, no se trata de una promoción encubierta, ni de un personaje del folklore americano (bueno, quizá una versión del Conejo de Pascua): los productores tenían un disfraz de conejo y un carrito de helado, así que… Bueno, ¿por qué no ponerle en el mismo título de la película? Se lo ha ganado por no hacer absolutamente nada.
Aunque a la hora de hablar de películas navideñas malas todo el mundo se acuerda de Santa Claus Conquista a los Marcianos (que no es, ni de lejos, tan mala), nadie parece recordar al bueno del Ice Cream Bunny. Es una de las peores películas de la historia, un auténtico bodrio, una barbaridad imposible que solo unos pocos podrán disfrutar como se merece. O sea, riéndose de cada uno de sus planos. ¿No es acaso ese el verdadero significado de la Navidad?