La mayoría de juegos de mundo abierto tienen una característica que pueden tirar para atrás a muchas personas: son infinitos. Esto que puede ser una virtud para los más jóvenes o para quienes solo juegan a uno o dos juegos al año, es una maldición para el resto. Tener cantidades ingentes de misiones secundarias, iconos que completar y que la historia principal no se acabe jamás, para una parte significativa del público no seduce. Se siente trabajo. Y eso hace que ciertos juegos decepcionen.
Este fue uno de los motivos por los que Dying Light 2: Stay Human no funcionó. Era un juego que se vendía como un survival horror de parkour, pero pasábamos tanto tiempo subiendo estadísticas, explorando el terreno, teniendo conversaciones con gente o peleando contra zombies como, de hecho, gestionando nuestros recursos o huyendo de las amenazas. Ya no digamos haciendo recados para gente que, realmente, no aportaban nada a la historia ni al mundo. Algo que han querido solucionar en Dying Light: The Beast de la manera más sencilla posible: haciéndolo mucho más directo.
Un juego de patear zombies y hacer parkour
Nacido como un DLC de Dying Light 2: Stay Human, Dying Light: The Beast empieza donde acababa aquel. Pero si no has jugado nunca a ningún Dying Light, no te preocupes, pues no hace falta. El juego se encarga de explicarte todo lo que necesitas saber y, incluso sin eso, se entiende perfectamente la historia que te quiere contar.
En el juego encarnamos a Kyle Crane, un hombre inmune a la extraña enfermedad que ha llegado al mundo al postapocalipsis. La mayor parte de la humanidad está muerta y, en vez de yacer eternamente, han decidido volver para asesinar y comerse a los que quedan vivos. Kyle no sólo es inmune, sino que han decidido experimentar con él para probar la posibilidad de convertirlo en un arma biológica, y de ahí nace una de las principales mecánicas del juego: el Modo Bestia. Un modo en que podemos convertirnos en un ente bestial con el que acabar con los enemigos de forma rápida y eficaz por un tiempo limitado.
Por lo demás, el juego es Dying Light. Todo el énfasis del juego está en hacer parkour de un lugar a otro, combatir con armas cuerpo a cuerpo contra zombies de toda clase y evitar en la medida de lo posible combatir contra más de un par de enemigos al mismo tiempo, o hacerlo de noche, ya que aumentan notablemente su fuerza. Pudiendo hacer uso ocasional de vehículos y armas de fuego, los necesitaremos para los encuentros más dramáticos, y especialmente para unos bosses con el punto justo de dificultad para obligarnos a pensar como necesitamos acercarnos a ellos para derrotarlos.
Ni 50 ni 100 horas por delante
Dicho todo eso, el gran punto de valor de Dying Light: The Beast es que es breve. Al menos, si quieres que lo sea. Con unas 12 o 15 horas de historia por delante, es perfectamente posible ignorar las misiones secundarias y ceñirte a la historia y quedarte satisfecho sin sentir que te has dejado nada. ¿Y si quieres más? Puedes doblar el tiempo de juego, o incluso añadir algunas horas más que eso, haciendo las misiones secundarias que ofrecen los personajes con los que te encuentras.
Si a eso se le suma la posibilidad de personalizar completamente la UI —te recomendamos jugar en Modo Inmersivo, incluso si el juego te dice que no lo hagas en una primera partida—, el juego se hace tremendamente disfrutable. Una delicia tan sencilla como directa.
Porque a veces todo lo que hace falta es un juego resultón, que sabe lo que quiere hacer, pero que no te exige todas las horas de ocio de tu vida. Y eso es lo que hace Dying Light: The Beast. Ser un juego divertido, que sabe ser exactamente lo que quiere ser, y que incluso podría pulirse en algunos aspectos, nunca es menos que un pozo de diversión.