Nadie habla de esta serie, pero es la cosa más rara que he visto en mi vida

¿Cuál es la serie más rara de la que has oído hablar jamás? Puede ser un extraño concepto como Heil Honey, I’m Home!, una sitcom en la que Adolf Hitler y Eva Barun resultan estar vivos y son vecinos de una pareja de judíos. O quizá My Mother, The Car, en el que una mujer, al morir, se convierte en el coche familiar de su hijo, un poco al estilo El Coche Fantástico pero con humor (y amor). ¿O, por ejemplo, has oído hablar de Manimal, la serie sobre un profesor que se convertía en animal para ayudar a la policía a resolver crímenes? Pues todas ellas palidecen ante la rareza que os vamos a enseñar hoy.

¡Vienen de otro mundo!

La lista de bizarradas es inevitable, desde Mr. Smith, en la que un orangután parlanchín se convierte en un genio, hasta Teen Angel, en la que un adolescente muere por comer una hamburguesa que llevaba seis meses caducada y vuelve a la Tierra como ángel para proteger a su mejor amigo. Pues ninguna de ellas se te va a hacer tan rara como Aliens in the Family, una comedia que parece venida de la televisión intergaláctica de Rick y Morty y que, pese a todo, tenía un equipo increíble detrás que podrían haberla convertido en una serie de culto si se hubiera estrenado hoy.

Fiel a su título, Aliens in the Family nos presenta a un padre soltero, Doug, que conoce a una madre soltera, Cookie. ¿Cuál es el problema? Que ella es una extraterrestre con hijos alienígenas, y ahora tienen que tratar de vivir una vida normal en la Tierra después de que sus padres se casen. Por supuesto, la familia consta de un niño y dos adolescentes humanas y tres aliens a los que no les queda otra que convivir. Puede parecer una bizarrada y no entender quién dio luz verde a semejante dislate… hasta que ves quién está detrás.

Aliens in the Family es una creación de la empresa de Jim Henson, que vendió en un paquete junto con la más interesante Muppets Tonight, que sí llegó a durar dos temporadas. ¿El problema? Que en ABC querían a los Muppets, pero no esta otra serie extraña, y no le dieron ni una oportunidad: después de emitir dos episodios en su formato TGIF (un par de horas de comedia todos los viernes por la noche), la quitaron rápidamente y la dejaron morir cuatro meses después los sábados por la mañana. Y claro, nunca más se supo.

Eso sí, los que la vieron en su momento como adultos la recuerdan ahora como poco menos que una aberración y un sinsentido tan original como fallido, con un humor similar al de Padre de Familia (que empezaría tres años después). De hecho, aunque no lo estuviera buscando, ya en esa época se le comparaba con Cosas de Marcianos, que se había estrenado tan solo un par de meses antes y que sí pasó a la historia (con nada menos que 6 temporadas y 139 episodios).

La serie estaría absolutamente desaparecida de no ser por la labor del Internet Archive, que la tiene a buen recaudo. Y es que apenas se ha vuelto a emitir, no hay edición en formato físico ni los streamings parecen tener el más mínimo interés por ella. ¿Quien sabe? ¿Y si estamos ante una serie de culto? Spoiler: solo hace falta ver un par de vídeos para darse cuenta de que, por mucho Jim Henson que esté detrás, esto es un horror.

Antes del móvil y el streaming, todo el mundo quería una televisión portátil. Poco imaginábamos lo horrorosas que eran

Nos hemos acostumbrado totalmente a ver series en nuestro trayecto en el metro o en el transporte público que nos toque: es tan fácil como sacar el móvil, ponerlo enfrente de nosotros, abrir la app que nos toque y disfrutar. Sin embargo, hace no tantos años no era tan fácil, y solo unos pocos podían permitirse un aparato tan grotesco como absolutamente monstruoso: la televisión portátil. Solo para un público muy selecto, que no quería escuchar la radio ni su walkman, y para el que perderse un solo minuto de lo que pasaba en su telenovela favorita era poco menos que un pecado. Si las recuerdas, es posible que las hayas idealizado. Si no, prepárate a sorprenderte con uno de los aparatos menos útiles y más olvidados de la historia de la tecnología.

Yo, la novela, me la llevo a todas partes

La historia de las televisiones portátiles empieza en 1963, cuando la revista Mechianix Illustrated dejó ver el futuro de la televisión y la informática en general, como grabadores de cintas en miniatura, ordenadores del tamaño de un libro o televisiones enanas, en las que, se supone, estaba trabajando RCA. Sin embargo, muchos creen que era mentira, porque, apenas tras unos pocos prototipos, la industria no empezó hasta 1971.

Allí fue cuando Panasonic crea la innovadora pero con nombre imposible IC TV MODEL TR-001. Por supuesto, funcionaba con una batería recargable y permitía ver los programas en su increíble pantalla de tres centímetros y medio (a lo diagonal). No se veía nada, claro, así que con la compra del mamotreto también te regalaban una lupa. Además, tenía un altavoz enano justo debajo de la pantalla. Es digna de ver: se trata de un aparato rectangular enorme que tenía una pequeñísima pantalla y cuyo único punto de venta en los anuncios era “Es pequeña y puedes llevarla a cualquier sitio”. No importaba si era buena o no, claro.

Incluso llegó a haber anuncios referenciando la llegada a la Luna el año anterior, con el eslogan “Ahora puedes ver a los rusos llegando aunque estés a 402000 kilómetros de la Tierra”. La Guerra Fría, en su máximo esplendor. Salieron más modelos que evolucionaron el concepto de “televisión portátil”, pero los años 80 es donde tuvo un boom: Sony, que venía del éxito del Walkman, intentó imitarlo con el “Watchman”, una especie de radios portátiles con pantalla que duraron desde 1982 hasta 2002: con el paso al digital, ya no pudo recibir más señales vía satélite (a no ser que utilizaras un adaptador), y acabó perdiendo todo el interés.

Con el tiempo, la pantalla en blanco y negro de cinco centímetros acabó volviéndose de color en 1988 (más tarde que sus competidores), y llegó a tener un un modelo de tamaño “Mega”. O sea, una televisión con un asa que te podías llevar a cualquier sitio y que hizo estragos en los campings y las garitas de los 90. Puede que nunca compitiera con otros aparatos de la época, pero sí que era reconocible. Tanto, que incluso acabó saliendo en la película Rain Man, que llegó a ganar el Óscar a mejor película. Casi nada.

Al final, las televisiones portátiles de cierta calidad y con pantalla LCD acabaron costando 100 euros, pero pronto incluso los más fanáticos dejaron de necesitarlas tras la salida del iPhone, que permitía tener todo un universo, ahora sí, en el bolsillo de tu pantalón. Puedes seguir comprando, eso sí, pero la mayoría es mero vintage que no te va a aportar nada… A no ser que estés tan harto de Netflix y del resto de servicios de streaming que hayas decidido ir hacia atrás. Siguiente paso: abrir un videoclub. Nunca se sabe.

Antes de ser un referente, HBO estuvo a punto de irse a la quiebra por culpa de un festival de polka

Nadie entendería la televisión sin HBO. Y eso que su primer eslogan famoso fue precisamente rebelándose contra ella, con aquel famoso “No es televisión, es HBO”. Suyas son series míticas que han marcado la historia de la caja tonta, como Los Soprano, Succession, El Ala Oeste de la Casa Blanca o Hermanos de Sangre. Cada serie que lanzan tiene interés, como poco, para cientos de miles de personas… pero no siempre fue así. Al fin y al cabo, en sus inicios, solo cinco meses antes de crear el canal, ya estuvieron a punto de cerrar para siempre.

Everybody Polkamon!

Aunque en Europa (donde en la mayoría de países pasamos directamente de la televisión normal a que se emitía por satélite) no la conocimos demasiado, estamos más que acostumbrados, gracias a las series y películas americanas, a la televisión por cable. En Estados Unidos nació en 1966 exclusivamente en Nueva York, en la conocida como Manhattan Cable, que en su día revolucionó lo que se podía emitir en antena gracias a Channel J, que montó una programación que aún ahora sería revolucionaria.

Puedes creer que al fundador de este servicio, Charles Dolan, le debía ir bien en la vida, pero lo cierto es que pasaba muchísimos apuros económicos constantes… Hasta que pensó en la idea de un nuevo canal de televisión llamado The Green Channel, que, bajo suscripción, daría las mejores películas de Hollywood sin anuncios, eventos deportivos y todo tipo de programas a cambio de una tarifa plana mensual. Sorprendentemente (para él) consiguió la aprobación y 150.000 dólares para intentar sacar adelante su “Green Channel”.

El 8 de noviembre de 1972 a las 19.30 nació, después de un rebranding, Home Box Office, llamada así porque era el “ticket” que los usuarios tenían que comprar para poder “entrar” al canal y ver las últimas novedades. El primer programa que emitió fue un partido de la Liga Nacional de Hockey, que pudieron ver los 365 suscriptores que había en ese momento. Después, la primera película de su historia, Casta Invencible. Había nacido un canal, pero igual no duraba mucho más.

Polka-thon

Cinco meses después de crearse, en HBO decidieron que ya era hora de dar cabida a otro tipo de programas más allá del deporte y el cine. Y así decidieron que el 23 de marzo de 1973 era el momento de emitir, desde Pensilvania, el Festival de Polka Anual, que durante tres horas mostraba a los mejores intérpretes de polka de los Estados Unidos. Si estabas entre sus suscriptores y esperabas un concierto increíble, es probable que te sintieras decepcionado.

Y, de hecho, no fueron pocos los que pensaron “Vaya nivel” y se dieron de baja: a inicios de ese año había 14.000 miembros. Al terminarlo, tan solo quedaron 8.000. No se sabe si la polka tuvo algo que ver, pero no sería tan descabellado. Pasarían años y años hasta que HBO encontrase su rumbo gracias a los especiales de stand-up y se atreviese a producir sus propias series. Aunque se suele decir que Oz fue la primera, en 1997, lo cierto es que ese honor, muchos años antes, pertenece a The Seekers, que se estrenó en 1979.

Y aún faltarían cuatro años más hasta que la cadena estrenase su primera película propia, basada en hechos reales: The Terry Fox Story. Fue un éxito y sirvió para seguir adelante hasta el momento actual, en el que cuenta con 103 millones de suscriptores en todo el mundo. Nada mal teniendo en cuenta que hace 52 años ni siquiera llegaba a 10.000 personas tremendamente digustadas por el festival de polka de Pensilvania.

¡Por cierto! Si tienes ganas de bailar polka, estás de suerte, porque hay un nuevo festival de polka en Pensilvania desde hace dos años: el Polkafest, patrocinado por la pasta pierogi de Mr. T. Aparentemente es necesario el patrocinio para solventar las cuatro horas de polka frenética. Eso sí, esta vez no se podrán ver por HBO. Ay, el paso del tiempo.

La serie de más éxito en Israel traspasa sus fronteras y está dispuesta a enganchar a todo el mundo

A veces, las mejores cosas vienen de donde menos las esperas. En este caso toca hablar de la serie El cadáver número 11, que ha capturado la atención del público en Israel y ahora llega a streaming, donde los fans del género de thriller policiaco podrán disfrutar de sus siete episodios. La trama sigue a la detective Iris Abramov, interpretada por Magi Azarzar, que investiga la aparición de un cadáver en un laboratorio de la Universidad de Tecnología de Haifa. Durante sus pesquisas encuentra un segundo cuerpo relacionado con un estudiante de medicina desaparecido, lo que complica aún más su ya desafiante vida personal, marcada por un divorcio complicado y el cuidado de su padre con demencia.

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Te vas a quedar muerto

Creada por Yaniv Iczkovits, un autor conocido por su postura crítica hacia el gobierno de Netanyahu y las operaciones en Palestina, la serie no solo engancha con su intrigante narrativa, sino que también plantea un debate sobre la moralidad de los artistas en el desempeño de su labor. Recientemente, un número significativo de usuarios en diversas redes sociales han empezado a boicotear la serie, alegando desacuerdo con las opiniones políticas del autor, lo que suscita interrogantes sobre la separación entre la obra y la ideología del creador.

A pesar de las controversias, El cadáver número 11 ha tenido un éxito notable en su país de origen, destacando por la mezcla de géneros que combina el thriller con una narrativa humana enfocada en el trasfondo emocional de su protagonista. La serie promete enganchar no solo a los amantes del misterio, sino también a aquellos interesados en historias complejas con personajes con varias capas.

Con su llegada al mercado internacional, El cadáver número 11 se presenta como una opción imprescindible para quienes buscan una trama absorbente en el formato de serie. Desde su enfoque en la investigación hasta las luchas personales de Iris, la producción ofrece una rica experiencia narrativa que no dejará indiferentes a los espectadores.

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Seamos sinceros: la Coronación de Carlos III ha sido tan histórica… como profundamente aburrida

La perfección medida al dedillo y el clasicismo casi propio de ‘Juego de Tronos’, hoy por hoy, es tan emocionante como ver pintura secándose.

Pues nada, ya lo tenemos. Carlos III es oficialmente el rey de Reino Unido, para emoción de unos pocos y desazón de todos los que hemos visto unas cuantas horas de absoluta anti-televisión: la ceremonia pretendía ser la Coronación más moderna de la historia pero, más allá de la importancia histórica (que la tiene) ha demostrado que la perfección medida al dedillo y el clasicismo casi propio de ‘Juego de Tronos’, hoy por hoy, es tan emocionante como ver pintura secándose.

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Ha salido todo bien

La Coronación de la reina Isabel II fue un evento recordado por todos los londinenses desde 1953. Está claro: no solo eran los años 50 y, en general, se creía mucho más en la Familia Real británica, sino que además Isabel II era querida entre la población. Tenía 26 años y suponía una revolución para la anquilosada monarquía inglesa. Sin embargo, en 2023 sabemos que, metidos en sus tradiciones arcaicas, todo fue más de lo mismo.

Y no parece que Carlos III vaya a mover ficha para modernizar la institución lo más mínimo: ver la Coronación ha sido como mirar por una rendija al pasado, ese en el que había señores, súbditos y vasallos, la Iglesia seguía teniendo poder mágico y los reyes eran ungidos con aceite divino por manos del obispo de Canterbury. En una época de redes sociales, inteligencia artificial y el futuro en el presente, comerse la ceremonia eclesiástica ha sido como aguantar la boda más larga (y lujosa) del mundo. Una de esas en las que te acabas preguntando “Bueno, ¿qué habrá de comer después del rollo este?”.

Al final, el anacronismo histórico es lo único que ha tenido algo de interés: la espada gigante, el orbe de oro, los cetros, los arrodillamientos, los “¡Salve al rey!”. Para un monarca que solo tiene un 49% de aprobación, esta ostentación de poder y riqueza, por más que se empeñe en decir que se trata de una ceremonia la mar de austera, no puede ser buena.

¿Y ahora qué?

No eran pocos los que, entre memes y noticias, han aprovechado para indicar una realidad: los reyes que verdaderamente habrían sido laureados eran otros. La única manera de convertir este desatino en una iniciativa realmente interesante para la ciudadanía habría sido ungiendo a William y Kate, la pareja de oro de la monarquía británica, mientras aún les quedan años por delante en los que puedan hacer evolucionar una institución que se ha quedado varada en el pasado.

Carlos y Camilla no son del agrado de una sociedad inglesa que ha tenido que verles pasar por numerosos escándalos, desde la famosa conversación del Tampax (si no sabéis a lo que nos referimos buscad en Google, no os arrepentiréis) hasta todo lo relacionado con una Lady Di que ha estado hoy más presente en las conversaciones que la mismísima reina. Ellos ni siquiera lo saben, y puede que solo Harry se haya dado cuenta: la monarquía británica actual es un show… que Carlos no ha sabido montar.

La Coronación de 2023 pasará a la historia por su importancia histórica, sí, pero no por la marca que deje en unos ciudadanos hastiados que aún están recuperándose del combo del Brexit, la pandemia, Boris Johnson, Liz Truss y el fallecimiento de la Reina Madre. El momento en el que el obispo ha pedido a la gente que desde casa grite vivas al rey y se arrodille para mostrar respeto y vasallaje, no he podido evitar una carcajada: el siglo XVI abriéndose paso en el siglo XXI a la fuerza. Pura vida moderna.

La sinvergonzonería de los 90: los libros de ‘Pesadillas’ que adaptaban la serie que adaptaba las novelas

RL Stine se hacía de oro con los libros, la serie, spin-offs como ‘En busca de tu propia pesadilla’, juegos de mesa y todo tipo de merchandising. Y mientras, en Scholastic no paraban de pensar en la manera más fácil de capitalizar aún más el éxito.

Puede que nada encapsule mejor lo que fueron los 90 que ‘Pesadillas’, tanto la saga original de 62 libros (de los que en España solo llegaron a publicarse 60) como la serie de televisión que trataba de aterrorizar a toda una generación en ‘Club Megatrix’ con su consabido “Temblad, muchachos, temblad, qué miedo váis a pasar”.

1995 y 1996 fueron una auténtica “Pesadillamanía”, especialmente en Estados Unidos (aunque ojo a la publicación de la revista ‘Pesadillas’ en España y otros actos de dudosa legalidad). RL Stine se hacía de oro con los libros, la serie, spin-offs como ‘En busca de tu propia pesadilla’, juegos de mesa y todo tipo de merchandising. Y mientras, en Scholastic no paraban de pensar en la manera más fácil de capitalizar aún más el éxito. Lo consiguieron, claro. Vaya que si lo consiguieron.

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La novela basada en el episodio basado en la novela

Antes de ‘Pesadillas’, Stine ya era conocido en el mundillo editorial: escribía rápido y de forma eficiente, y sus novelas de ‘La calle del terror’ eran todo un éxito. Quizá por eso le propusieron transformar el terror adolescente en miedos infantiles con una colección que dudó si escribir, pero acabó haciéndole mundialmente famoso: aún ahora siguen saliendo nuevas novelas de la saga, aunque ya sin repetir el éxito loco de antaño, claro. En julio de 1992, ‘Bienvenidos a la casa de la muerte’ y ‘¡No bajes al sótano!’ se publicaron ante la indiferencia general. Tres años después, se estrenaba una serie que llegaría a los 74 episodios.

‘Pesadillas’ no adaptó solo 48 libros de la saga original: también llevó a la televisión relatos cortos y un par de libros de la serie consecuente, ‘Pesadillas 2000’. Incluso hubo tres episodios, apodados ‘Chillogy’, que fueron historias completamente nuevas. De hecho, allí RL Stine ni siquiera estuvo acreditado como guionista. Y era extraño, porque su nombre estaba en todo, desde las novelas que claramente no había escrito él hasta la sinvergonzonería máxima para sacar el dinero a los niños de los 90: ‘Goosebumps presents’.

Cada capítulo de ‘Pesadillas’ estaba basado en un libro original de unas 120 páginas. Pero desde Scholastic pensaron que aún podían ganar unos dólares más lanzando a la venta libros más pequeños basados en los episodios televisivos y en los que RL Stine solo pondría el nombre en la portada, pero no escribiría ni una sola palabra. El primer experimento, en febrero de 1996, fue un pequeño libro de 57 páginas basado en ‘Terror en la biblioteca’. Y la máquina de hacer billetes dio un giro más.

Casi veinte

Uno podría creer que nadie caería en un engaño tan obvio, pero lo cierto es que se llegaron a publicar 18 libros entre febrero de 1996 y febrero de 1998 de la mano de distintos autores, como Carol Ellis (experta en escribir libros por encargo de sagas como ‘Cheerleaders’ o ‘Zona Límite’), Megan Stine (no relacionada con RL Stine y que acabó haciéndose un hueco escribiendo biografías para niños) o Francine Hughes (que venía de adaptar a novela ‘Space Jam’ y ‘Beethoven 2’). Vamos, un fiasco con todas las de la ley.

Es posible que estéis pensando en el motivo por el que estos libros existían. Y, bien mirado, tiene sentido: se trataba de una época sin streaming, en la que no había casi lanzamientos en VHS de episodios televisivos. Si te había gustado mucho un capítulo, tenías que darte prisa y grabarlo o esperar a que volvieran a emitirlo. Estos libros, que contenían imágenes a todo color, eran una manera de mantenerlo vivo en la memoria. En la época dorada de las novelizaciones de cualquier tipo a nadie le pareció una rareza. ¡Ah! La parte buena es que, como se hacían con guiones y no con los episodios finales, podías ver (bueno, leer) algunas escenas inéditas. Algo es algo.

‘Pesadillas’ cuenta en la actualidad con más de doscientas novelas que han convertido a RL Stine en millonario. Eso sí, no parece que en este día del libro muchos vayan a salir al Retiro esperando encontrarse con las adaptaciones literarias de las adaptaciones televisivas de estas novelas para niños. Pero al menos ya sabéis que existen: ¡No todo el mundo lo hace!

‘Las gemelas de Sweet Valley’ y sus más de 600 libros: una saga imposible de abarcar

Lo que no sabe todo el mundo es que sus aventuras vienen de una saga literaria que trascienden los 88 capítulos televisivos para alargarse a lo largo de más de 600

‘Las gemelas de Sweet Valley’ es un hito de la televisión noventera: de hecho, su éxito fue tal en España que llegó a emitirse al mismo tiempo en TVE y Antena 3. Lo que no sabe todo el mundo es que sus aventuras vienen de una saga literaria que trascienden los 88 capítulos televisivos para alargarse a lo largo de más de 600 números entre novelas principales, spin-offs, sagas adultas y clubs secretos. Aprovechando el día del libro, vamos a echar un vistazo a una saga interminable que nunca, jamás, podrías llegar a leer entera (salvo que te dedicaras en exclusiva a ella): ‘Sweet Valley’.

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Libros a go-go

Francine Pascal lleva cuarenta años detrás de la vida de Jessica y Elizabeth, dos gemelas que empezaron yendo al instituto y cuyas vidas han dado unos cuantos giros desde que en octubre de 1983 se iniciara todo con ‘Doble amor’, una novela en la que las dos hermanas pelean por el mismo chico, Todd Wilkins, que después se convertiría en el novio de Liz. La idea original de la autora fue hacer una telenovela en formato libro para adolescentes, y vaya que si lo consiguió. Al menos en longitud.

Originalmente, Pascal quería contar su historia como una serie de televisión, pero, cuando su sueño se hizo realidad, acabó odiando el resultado final. Tampoco es que “su” historia sea totalmente suya: bajo el nombre de Francine Pascal se esconden un montón de escritores fantasma que han sumado capítulos a la historia durante décadas a un ritmo fulgurante. Desde octubre de 1983 hasta julio de 1998 hubo un libro de ‘Las gemelas de Sweet Valley’ cada mes, hasta un total de 143 repletos de amores, citas dobles, dimes, diretes y hasta novios muertos que vuelven en forma de espíritu. Chúpate esa, ‘Anatomía de Grey’.

Además de los libros de la saga original, una vez al año se publicaba una novela especial llamada ‘Super Edition’: hubo doce ejemplares en los que se dejaban los amoríos a un lado para centrarse en terremotos, avalanchas, viajes a Cannes, incendios forestales y acosadores online. Además, se publicaron nueve números de los ‘Super Thrillers’, repletos de asesinatos, Protección de Testigos, política y secuestros: las gemelas de Sweet Valley no se aburrían, no.

Spin-offs a cascoporro

Y aquí empieza la locura: las ‘Magna Editions’ contaban cosas que ya habíamos visto pero desde otro punto de vista (del cerdo se aprovecha todo) y ‘Super Stars’ eran historias sobre los personajes secundarios (Lila, Bruce, Enid, Olivia y Todd) que se unían a los de ‘Sweet Valley Twins’, una saga de 118 libros que se publicó al mismo tiempo que la original y que transcurría unos años antes (lo de la continuidad va a ser un lío, ya os vamos avisando). Las tramas iban desde encontrar el ingrediente secreto para hacer galletas hasta niñas enfermas de cáncer o profesores jugando con ellas al Holocausto nazi. Casi nada.

Este spin-off tuvo, a su vez, catorce ‘Super Editions’, con historias como “las gemelas van a un parque de atracciones pero no se hablan”, “Jessica vive el mismo día una y otra vez hasta que encuentre su espíritu navideño” o “las gemelas van a París y creen que su cuidadora es una asesina”. Ah, sí, y nueve ‘Super Chillers’ en los que había fantasmas, bolígrafos mágicos y máscaras malditas (en un argumento absurdamente plagiado de ‘Pesadillas’). También tres ‘Magna Editions’, 23 novelas de ‘El club del Unicornio’ y dos de ‘Team Sweet Valley’, donde las gemelas hacen gimnasia y voleibol.

Y dirás “Bueno, pues ya está, ¿no?”. Por supuesto que no. A partir de 1990 se publicaron 70 libros más de ‘Sweet Valley Kids’, que presentaban a los personajes en su época de niñas, con siete ‘Super Snooper’ y cinco ‘Ediciones Superespeciales’ incluidas. Y cuando la saga original terminó en 1998 con la graduación de las gemelas, empezó otra más: ‘Sweet Valley Junior High’, que contaba historias de ambas el año antes de que empezara todo: 30 libros más a la saca y más tentetiesos cronológicos.

Pero además de hacia atrás, la saga seguía también hacia delante: ‘Sweet Valley Senior Year’ tuvo 48 novelas desde 1999, pero seis años antes, en 1993, ya habían empezado sus aventuras universitarias en ‘Sweet Valley University’, que contó con 63 títulos, incluyendo 18 ‘Thriller Editions’. Después de la universidad, en 2001, ‘Elizabeth’ siguió durante seis novelas a una de las gemelas huyendo a Londres y enamorándose de un millonario mientras aclaraba los motivos de la ruptura con su hermana.

Diez años después, en 2011, Francines Pascal lanzó ‘Sweet Valley Confidential’, que transcurría, casualmente, una década después. Finalmente, la autora decidió poner punto y final (por ahora) con una saga de seis libros, ‘The sweet life’, que contaba la historia de las gemelas a los treinta años: matrimonios, hijos, estrellas de reality y mucho más para culminar estos 604 libros (repetimos: ¡604!) que muchos ni siquiera intuímos cuando, en 1994, se estrenó la serie de televisión. ¿A que ahora te da menos pereza empezar con esa macro-saga de aventuras de nueve entregas? De nada.