¿De verdad es la IA el futuro? Quizás, pero no como esperan los CEO

A veces parece como si la IA fuera el futuro, sólo que no la IA generativa, como demuestra la incapacidad de articular porqué sí de quienes la desarrollan

Si nos basáramos en lo que leemos en la prensa y las redes sociales, parece como si la IA fuera el futuro. No hay nada de lo que no sea capaz la IA. El trabajo de músico, ilustrador, cineasta, o incluso el de profesor, contable, o, por supuesto, periodista, están al borde de la extinción. Y si preguntáramos a la gente que aboga por su uso nos dirían que es natural. Que no podemos parar el avance de la tecnología. Que es como debe ser.

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Incluso si obviáramos que no existe tal cosa como un avance objetivo de la tecnología que debamos aceptar sí o sí, esto supone evidentes problemas. Pero para pensarlos, primero cabría preguntarse cómo funciona esta tecnología.

De acuerdo. ¿Cómo funcionan las IA? Básicamente, cogen los inputs que les da un ser humano, y hacen una réplica de aquello en lo que están especializado utilizando esos inputs para contrastarlos con las palabras clave de su base de datos. Si a una IA que genera imágenes le decimos «mujer», «rubia» y «ojos azules», nos dará una imagen de una mujer rubia de ojos azules. Busca algo en su base de datos imágenes que tengan los tags «mujer», «rubia» y «ojos azules» y crea una imagen mezcla de una cantidad determinada de esas imágenes.

Es lo que hace OpenAI. Es lo que hace ChatGPT. Es lo que hace toda IA generativa. Coge nuestros inputs y nos devuelve la respuesta que estamos buscando. En el caso de OpenAI, mezclando muchas imágenes; en el caso de ChatGPT, recurriendo a una cantidad limitada de textos. Pero en esencia, hacen lo mismo.

Hasta aquí, está bien. Pero esto nos genera dos problemas. El primero, ¿de dónde extraen esas bases de datos?, y el segundo, ¿qué función tiene si ya hay seres humanos que lo hacen?

La primera de las preguntas es algo que la gente involucrada en estas preguntas siempre han esquivado responder. Mira Murati, CTO de OpenAI, al ser cuestionada al respecto de cuáles eran las fuentes de información de su IA, afirmó que «no estoy segura al respecto de eso». Y responde de esa manera no por estupidez, sino por algo mucho peor: sabe que no puede confirmar que el contenido que utiliza su tecnología no sea robado.

La segunda de las preguntas es algo que tampoco saben responder, por eso lo hacen con vaguedades. Reid Hoffman, billonario que ha invertido en la startup Inflection AI, afirma que la IA «será un copiloto para todas las profesiones» y que ayudará «a extender la creatividad» y ayudará a los estudiantes «a crear papers mucho más interesantes».

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Por supuesto, todo lo que dice son vaguedades. Absurdos. Un estudiante tiene que escribir papers que demuestren su conocimiento sobre un tema y la capacidad para investigarlo, no que sean interesantes. La IA ya se utiliza en muchas profesiones creativas, sólo que no para generar nuevo contenido, sino para acabar con las partes más tediosas del trabajo, como eliminar el ruido de fondo de una pista de audio o recortar una imagen. Y la creatividad no se «extiende» porque alguien introduzca términos para generar algo: la creatividad se extiende produciendo obras creativas.

Incluso si aceptáramos que es aceptable sustituir a seres humanos por máquinas para hacer ciertos trabajos, algo a lo que sólo parecen dispuestos los CEO de grandes tecnológicas, aún tendríamos otro problema. La IA es tendente a generar alucinaciones.

Las alucinaciones de IA es el suceso en el que la tecnología percibe patrones que no existen o que, si somos extremadamente amables, no son perceptibles por un observador humano. Esto produce que cree obras sin sentido o que, al menos, se antojan diferente a lo que se les ha pedido. Según Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, esto no es un problema porque se puede solucionar. ¿Cómo? Invirtiendo billones de dólares en reconstruir el negocio de los chips y las IA, además de encontrando una revolución energética que lo haga posible.

Estas declaraciones no son ya sólo vagas, es que además son ridículas. Cualquier tecnología que requiera cambiar todo el paisaje industrial a nivel planetario y un salto energético que no sólo no está en el horizonte, sino que además es posible que sea imposible, sólo puede definirse como ridículo.

El mayor drama de las IA es que se sostienen sobre declaraciones vagas. Fantasías adolescentes de tecnócratas pueriles, malvados, estúpidos, o cualquier combinación de esas tres. Porque, además, hay algo aún peor que todo esto: la IA no tiene ninguna utilidad conocida.

Como ya hemos dicho, la IA es perfecta para sustituir a seres humanos. Más allá de eso, no hace nada que no haga un ser humano. Para poder hacerlo —teóricamente, porque incluso si Altman tuviera razón, no existe ninguna prueba de que la IA pudiera hacer nada diferente a lo que hace ahora, pero con menos o ninguna alucinación—, tendría que tener algo que no puede tener: comprensión del lenguaje natural. Creatividad. Entendimiento. Consciencia.

Es decir, incluso si Altman tuviera razón y encontráramos un modo de generar la cantidad de energía y reconstrucción industrial sin literalmente agotar los recursos del planeta y destruir el clima definitivamente, quiere invertir decenas de billones en crear una versión peor de un cerebro humano. Algo que ya existe y que no requiere potencialmente destruir el mundo como un supervillano de cómics para ser producido.

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Con esto es fácil concluir que la IA no sirve para nada. Y no. Tiene usos. Como ya hemos indicado, cada poco aparecen funciones que hacen la vida más fácil de profesionales de toda clase, ahorrándoles hacer tareas tediosas y muy complejas para un ser humano. Pero no es eso lo que buscan Altman, Murati, Hoffman u otros como ellos. Buscan poder sustituir a cada trabajador cualificado por uno no cualificado al que pagarle una fracción de lo que pagaban a cada uno de ellos. Nada más.

Porque eso es para lo único que sirve la IA generativa en el ámbito empresarial. Hace un trabajo peor que los seres humanos y para hacerlo teóricamente sin fallos aberrantes sin llegar siquiera a poder hacer lo que hacen los humanos, harían falta dos revoluciones, una tecnológica y otra científica, a día de hoy consideradas imposibles. Todo esto según sus propios promotores.

Por eso la IA es el futuro. Lleva siéndolo tres décadas. Lo que no es el futuro es la IA generativa, salvo que algo cambie de forma tan radical que será por sí mismo algo que pasará a los libros de historia como uno de los mayores descubrimientos de la humanidad. Y si para tu invento necesitas que primero ocurran milagros cósmicos, se nos antoja que, quizás, no sea precisamente el futuro de nada.

Disney va a por todas: sus ejecutivos están presionando para adquirir una gran editora de videojuegos

Bob Iger está en una encrucijada: los directivos de Disney están presionándole para comprar una gran compañía de videojuegos, quiera o no

Disney estuvo dentro de los videojuegos incluso antes de que todas las compañías quisieran lanzarse a hacer adaptaciones de todas sus obras. Ya desde los 80s han tenido sus propios estudios, sus adaptaciones de gran presupuesto, presentándose como una superpotencia del videojuego. Lo más curioso de todo ello es que, a partir de los 00s, algo cambió en su política al respecto del videojuego. Dejaron de prestarles atención, malvendiendo estudios y cediendo licencias con un desinterés impropio. Al menos, hasta ahora.

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Según ha informado Bloomberg, en Disney está ocurriendo una pequeña revolución interna. Los ejecutivos cercanos a Bob Iger, el CEO de la compañía, están presionando al mismo para que compre una gran editora de videojuegos. Entre las mismas, el nombre que resuena con más fuerza es EA, siendo este el nombre propuesto por algunos de estos ejecutivos.

En cualquier caso, esto no parece que sea algo que vaya a ocurrir pronto, rápido o sin trauma. Bob Iger está en su segundo mandato al frente de Disney, y si bien el primero de estos mandatos estuvo lleno de grandes adquisiciones —fue responsable de las compras de Pixar, Marvel, Lucasfilm y 21st Century Fox—, su segunda etapa está caracterizándose por la austeridad. Buscando hacer movimientos menos arriesgados, es lógico que los directivos tengan que estar presionándolo, ya que no es una clase de movimiento que sea de esperar por parte del CEO de la compañía.

Actualmente, la política de Disney es licenciar sus IPs a compañías externas. Ejemplos recientes son sus trabajos con Square Enix con Marvel’s Avengers, Ubisoft con Star Wars: Outlaws o Electronic Arts con los éxitos Star Wars Jedi y el aún por venir Black Panther. Éxito que explica porqué sus directivos estarían presionando para su compra: también podrían explota sus licencias para su sección fílmica. Algo que nos hace preguntarnos si Bob Iger finalmente cederá a la presión de los directivos. Y sobre todo, cuándo.

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