La obra de arte de James Franco que era, literalmente, nada… Y que vendió por 10.000 dólares

Sus cuadros no podían ser un bonito bodegón o un autorretrato: tenía que ir un poquito más allá. Y aquí es donde entra ‘Aire fresco’, obra magna para algunos, tomadura de pelo para la mayoría.

Empiezo a pensar que los actores famosos tienen demasiado tiempo libre entre manos. Y no por la huelga, que es más que justa y necesaria, sino porque en un momento u otro todos terminan creyendo que tienen dotes para la escritura o el arte… y nadie les dice que paren. Es el caso de James Franco, que a lo largo de su extensa carrera ha publicado un libro de historias cortas autobiográficas, sacado un disco con su banda Daddy, dirigido varios documentales… y, por supuesto, se ha hecho pintor. O algo así.

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Pintor que pintas con amor

“Llevo pintando más de lo que he estado actuando”, afirmó cuando en 2006 sus cuadros se mostraron por primera vez en Los Angeles. Pero como fan del suicidio artístico de Shia LaBeouf, por supuesto, sus cuadros no podían ser un bonito bodegón o un autorretrato: tenía que ir un poquito más allá. Y aquí es donde entra ‘Aire fresco’, obra magna para algunos, tomadura de pelo para la mayoría.

En 2011, James Franco abrió una especie de local artístico llamado Museo del Arte No Visible junto al equipo artístico conocido como Praxis. Es exactamente lo que estáis pensando: obras inexistentes con bellas descripciones que, se supone, debían abrir nuestros ojos “a un mundo paralelo lleno de imágenes y palabras”. Con la excusa de que “quizá es más real que el mundo real”, Franco puso a la venta una obra que, la verdad, no mentía.

‘Aire fresco’ era, literalmente, un trozo de aire fresco. O sea, nada. La descripción decía “El aire que estás comprando es como comprar un tanque de oxígeno sin final. Puedes llevar esta pieza de arte contigo si la compras”. Y hubo una señora, Aimee Davison, que picó el anzuelo (porque no se puede describir de otra manera): sacó 10.000 dólares de su tarjeta de crédito y compró un buen montón de nada.

Cuando le preguntaron por qué se había gastado tal dineral en semejante tomadura de pelo, ella contestó “Me identifico con la ideología del proyecto y particularmente por la frase ‘Intercambiamos ideas y sueños como divisa en la Nueva Economía‘”. Muy bonito, pero la divisa real fueron los 10.000 dólares que se gastó en la tontería.

A favor de James Franco hay que decir que no se quedó el dinero, sino que lo reutilizó para llevar el Museo de Arte No Visible a otros lugares de Estados Unidos. De hecho, estoy bastante seguro de que pudo rehacer su obra desde cero en un periodo de tiempo cortísimo. La magia de ser un artista, supongo.

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Aquella vez que Salvador Dalí pidió un elefante bebé como pago por diseñar un cenicero

La idea original del artista era dárselo a los niños de Figueres pero acabó recalando en el zoo de Valencia, donde le llamaron Noi (cambiándole su nombre original, Surus).

Hubo una época en la que Salvador Dalí era mucho más que un pintor y escultor español: se convirtió en todo un icono pop. Apareció en programas americanos donde la gente debía adivinar su identidad, se convirtió en un famoso de talla internacional en un momento en el que España necesitaba como fuera ponerse en el mapa. Con esa carta blanca bajo el brazo, el artista se dedicó a cometer las astracanadas más grandes que os podáis imaginar. Entre ellas, pues lo típico, pedir un elefante bebé a cambio de diseñar un cenicero.

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Elefante fumón

Aunque ahora podamos coger un avión casi con la normalidad de quien coge un Alsa, en los años 60 era una cosa exclusiva de ricos y gente que había ahorrado toda una vida para hacer un viaje de ensueño. En esos vuelos se podía fumar (no hace tanto de ello: en ‘Misión imposible’ lo hacen y en algunas aerolínas aún quedan los ceniceros como vestigio de otra época) y Air India, en ese periodo de ostentación, quiso destacar de las demás.

¿Cómo? Pidiéndole al artista de moda, Salvador Dalí, que les diseñara su propio cenicero único. Se trataba de un trozo de cerámica blanca sostenido por elefantes que en el borde tenía una serpiente verde. Precioso a su manera. Tanto, que Dalí supo que podía pedir como pago lo que quisiese: 100.000 dólares y un elefante bebé. La idea original del artista era dárselo a los niños de Figueres pero acabó recalando en el zoo de Valencia, donde le llamaron Noi (cambiándole su nombre original, Surus).

Bueno, esto es lo que pasó, pero la prensa india insistía en que la idea de Dalí era atravesar los Alpes con él. En aquel momento el elefante medía un metro veinte y pesaba 250 kilos. Francamente, no parece que hubiera aguantado muy bien la caminata. Cuando el elefante llegó a Figueres, el artista paseó por las calles con él antes de ir a comer y dejárselo a los camareros del Hotel Durán mientras él disfrutaba de un menú de cordero, pescado, marisco y melón con jamón.

Toda historia tiene su final, y en este caso son dos finales más o menos tristes: el elefante, que llegó a España en 1968, murió a mediados de los 70 sin poder acostumbrarse al clima ibérico. En cuanto a los ceniceros, se hicieron quinientos para primera clase y regalos de Air India, y hoy por hoy se venden por Internet a unos 10.000 euros, una décima parte de lo que pidió Dalí. Eso sí, sin elefantito incorporado. Algo hemos avanzado.

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